La furia de Roberto

El primer denunciante de abuso sexual contra un sacerdote jesuita chileno, cumplió 15 años intentado que la Compañía de Jesús se haga responsable del daño que le hizo el sacerdote fallecido Juan Miguel Leturia y del que le provocaron las autoridades de esa congregación desoyendo sus quejas y actuando a sus espaldas, según afirma, para obstruir el avance de la Justicia. Un exsacerdote jesuita revela en este reportaje los antecedentes que entregó a fiscalía y que apuntan a la responsabilidad de importantes personeros jesuitas en acciones de encubrimiento, entre ellos los exProvinciales Eugenio Valenzuela, Juan Ochagavía y Fernando Montes. El abogado del caso, Juan Pablo Hermosilla, afirma que la justicia no ha estado a la altura: “Es evidente que al Estado chileno se le hace perseguir a los poderosos”.


Roberto Espinoza (*) fue la primera persona, de que se tenga registro público, en denunciar abusos sexuales cometidos por un sacerdote jesuita en Chile. Primero, ante sus superiores; luego, ante la justicia. Sin embargo, dice el abogado, quince años después y a pesar de que ha aportado contundente evidencia de maniobras de encubrimiento por parte de la jerarquía de esa congregación, la investigación que sigue la Fiscalía Regional Metropolitana Sur por estos hechos, avanza lentamente. Parece detenida.

Hace unos meses Juan Pablo Hermosilla, el abogado que lo representa en nombre de la Fundación para la Confianza, lo acompañó, junto a José Andrés Murillo, a una reunión con el actual Provincial de los Jesuitas: Gabriel Roblero; Francisco Jiménez, delegado del Provincial para la Prevención de Abusos y coordinador del equipo de Vocaciones; el sacerdote Pablo Peña y la abogada María de los Ángeles Solar. El objetivo de la cita era intentar acercar posiciones y buscar un acuerdo que incluyera reconocimiento por parte de la Compañía de toda su responsabilidad en los abusos cometidos en su contra por el sacerdote Juan Miguel Leturia, incluyendo el encubrimiento por parte de los superiores de la Orden.

En un momento ante la repetición del lenguaje políticamente correcto que ha venido escuchando por años, Roberto perdió la paciencia. “¡Ustedes son unos conchadesumadre!”, les gritó entre otros insultos.

-Jiménez me dijo que las cosas habían cambiado, que ahora los colegios pasaban por una especie de inspección técnica y yo le dije: “Eres abogado, estudiaste filosofía, teología, sicología ¿y no sabes distinguir el bien del mal? O sea, tú eres huevón”-, recuerda Roberto en entrevista vía Zoom, desde España, donde hoy reside.

Hermosilla revela que algunos jesuitas se han quejado por la furia que Roberto descarga sobre ellos.

-“¿Y qué esperan?”, les digo. Está enojado con razón. No por los abusos, no por preguntarse cómo cresta tuvieron un depredador sexual que abusó de decenas, tal vez cientos de niños, en el sur y en Santiago y lo iban trasladando de un lugar a otro. No por eso. Por la reacción que tuvieron después, cuando él les planteó la denuncia, que fue una forma de pedirles ayuda: ustedes lo maltrataron, trataron de comprarlo y le taparon toda la información. Lo menos es que esté enojado, pero hasta el día de hoy ellos no logran comprender la magnitud del daño que le provocaron los errores o actitudes intencionales de la institución. Los jesuitas han hecho como si se hubieran puesto colorados, como si lo lamentaran, como si hubieran reparado, pero no es cierto.

Hermosilla agrega que la justicia también está en deuda. “Es evidente que al Estado chileno se le hace perseguir a los poderosos. Y los jesuitas lo son doblemente: tienen el poder religioso y además forman parte de la elite. Hay una doble impunidad que explica la epidemia de abusos que hubo en la Iglesia Católica en Chile: la que promueve la institución y la del Estado, que mira para otro lado”.

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LA HUINCHA DE LETURIA

Juan Miguel Leturia llegó como rector del Colegio San Mateo de Osorno, en 1988. “El loro”, como lo conocían los alumnos, era de esos curas “choros” que se preocupaba de sus problemas y se emborrachaba con ellos. Pero pronto comenzaron a correr rumores sobre ciertas actitudes extrañas que tenía con algunos estudiantes.

Un día le dijo a Roberto y a otro de sus compañeros que habían sido “escogidos” para visitar la rectoría cuando quisieran, sin pedir permiso. Los citaba para hablar de la importancia de practicar deporte y un día les manifestó que debía medir sus extremidades para un estudio de “biotipo” que realizaba. Roberto tenía 13 años. El sacerdote sacaba de su bolsillo una hincha amarilla, de sastre, y les medía. Comenzaba con la contextura de brazos y pie, pantorrilla y muslos y los pesaba. Después de un tiempo, les notificó que había llegado la hora de medirles los genitales y que para eso, debían excitarse. Para que pudieran cumplir su mandato, les hablaba de los senos de una profesora y les mostraba imágenes de revistas que tenía en su oficina, incluyendo algunas de hombres fisicoculturistas. Las mediciones las hacía en su oficina o en su dormitorio, pues vivía en la residencia jesuita del colegio.

Las mediciones se hacían dos a tres veces por semana y el rector sacaba a los alumnos escogidos desde la sala de clases, a vista y paciencia de profesores y de otros sacerdotes con quienes Roberto se cruzaba camino a sus aposentos, como Thomas Gavin y Alejandro Pizarro, quienes asumieron posteriormente la rectoría del colegio.

Leturia a veces sacaba a Roberto al patio, solo para conversar. Le preguntaba sobre sus sentimientos íntimos y así indagaba en la relación con sus padres, hermanos y amistades.

-Los primeros tocamientos en la zona genital eran muy sutiles, pero luego me dijo que él debía de asir mi pene, pues era la manera correcta de tomar las medidas del pene en erección. Decía que él conocía muy bien la técnica-, recuerda Roberto.

Leturia anotaba las medidas anatómicas en una libreta negra desgastada con decenas de nombres. La medición del pene las anotaba en una columna, bajo la sigla “OG” (Órganos Genitales).

-Para nosotros era imposible pensar mal de alguien que era el rector del colegio y que además era mi guía espiritual y confesor. Éramos niños, adolescentes en formación. Yo tenía una cierta vulnerabilidad sicológica. Mis padres se habían separado y yo no acababa de digerirlo. Ellos tenían muchos recursos, pero eran padres ausentes. Yo me crié con empleados. Leturia se metió por ahí en mi sicología, en un proceso largo de manipulación. Él no era un violador que se excita con la resistencia que opone la víctima. Era un abusador que disfruta controlando tu siquis, explotando tus heridas-, relata Espinoza.

Un día Intempestivamente, Leturia dejó la rectoría y Roberto perdió contacto con él. Sin embargo, en 1990 el cura empezó a escribirle cartas y a mediados de ese año, comenzó a visitar la ciudad y se quedaba en la residencia del colegio. El muchacho tenía 15 años y cursaba primero medio. Leturia retomó la práctica de sacarlo de clases para hacerle mediciones.

Ahí empezó a darme abrazos más efusivos y besos en las mejillas y a veces en la boca, a pesar de que yo le pedía que no lo hiciera. Debo reconocer que le tenía cariño. No entendía todavía que las mediciones eran lascivas, especialmente porque eran muchos los compañeros a los que se las hacía. Él nos hacía pensar que era normal-, recuerda.

Roberto repitió primero medio y estuvo fuera del colegio hasta cuarto, pero Leturia se las arreglaba para encontrarse con él en reuniones sociales. El joven seguía participando en el movimiento laico CVX, que coordinaba el profesor Óscar González. Éste les preguntó a los jóvenes una vez, incluido a Roberto, por las mediciones de Leturia, debido a quejas de apoderados. Entre ellos, había una connotada familia osornina que lo acusó de abusar de sus hijos. Roberto lo supo porque eran amigos de sus padres y éstos le preguntaron si a él le había pasado algo similar. El joven lo negó. Sentía vergüenza.

En el interín, como parte de las actividades de la CVX viajó a retiros –“Ejercicios espirituales”- en el Colegio San Ignacio de Alonso Ovalle,  se alojó en la residencia contigua al establecimiento, tenía como guía a Leturia.

-Hoy creo que los Ejercicios son una forma de manipulación sectaria. No cualquiera participa. Uno se inscribe, pero ellos deciden quién va. Los Ejercicios obligan al silencio total y te dirigen a una introspección profunda. La rutina es rezar, escribir, escuchar, reflexionar y solo te vinculas con tu guía espiritual, el único con quien puedes hablar. Con él tienes una especie de confesión ampliada, siguiendo las guías y pautas preestablecidas. No se espera que uno vaya con espíritu crítico, sino que de obediencia. En general, participan los que pintan para curas. La coacción que ejerce el líder espiritual es social, sicológica y espiritual. Yo hice varios ejercicios y cuando estuve con Leturia, se metió a mi habitación y me atacó-, dice Roberto.

Leturia entró desnudo e intentó forzarlo a tener relaciones sexuales. Roberto tuvo que defenderse y empujarlo para evitar que consumara la agresión. Luego, el cura se disculpó por carta y por teléfono. Roberto lo perdonó.

-Tenía con él una afinidad intelectual muy alta. Él sabía cómo medirse. Cuándo aparecer como el acompañante intelectual, espiritual y cuando actuar de otra manera-, recuerda.

El último encuentro ocurrió cuando Leturia había sido trasladado al Colegio San Ignacio de El Bosque, mientras el rector era Fernando Montes (revisa su respuesta aquí).

-No alojé en el colegio, pero en una visita, durante el día, me invitó a nadar. Mientras nos sacábamos el traje de baño para vestirnos, se sentó a mi lado y empezó a preguntarme por mi familia y los dolores que él sabía que yo tenía. Me abrazó y me dijo que no me preocupara porque yo era su hijo. Ahí empezó a darme besos en el cuello, en la cara y en el pecho. Me dijo: “Hijo, te quiero”, “esto es amor de padre, siente que te estoy pariendo”. De repente me dio un profundo beso en la boca y sencillamente me quedé congelado, en shock. Me siguió besando hasta que llegó al pene.

Por esa misma fecha, recuerda, el rector Montes sorprendió a Leturia borracho y abusando de un compañero de curso suyo. Tampoco olvida que no denunció el hecho a la justicia.

-Montes y otro sacerdote sacaron a mi compañero de ahí y lo llevaron en otro lugar. Sé que en ese tiempo, los apoderados se quejaban de la conducta de Leturia y de Jaime Guzmán, pero Montes no se daba por enterado. Cuando los he increpado por esto, dicen no recordarlo-, cuenta Espinoza.

Roberto dice que siguió viviendo por muchos años con vergüenza, culpándose por haber permitido que el sacerdote accediera a su cuerpo, sin que él sintiera atracción hacia él, ni tuviera orientación homosexual.

-Sentía que tenía un tatuaje en mi pecho y no me lo podía quitar. Caí en depresión. Me atormentaba haber sido cobarde, darme cuenta de que había sido manipulado. Creo que comportamientos erráticos que tuve en la juventud, mi mal humor, se explican por esto. Sentía repulsión hacia mí mismo-, relata.

En 2005, cuando cumplió 30 años, se enteró de las denuncias por abuso sexual contra Jorge Lavanderos. A pocos meses de la canonización del Padre Hurtado, se armó de valor y viajó a Chile.  una vez allí, se presentó ante el Provincial Guillermo Baranda (revisa su respuesta aquí) para denunciar a Leturia, quien seguía, hasta entonces, ejerciendo sus labores sin restricción. Baranda lo insultó y le reprochó querer dañar la imagen de la Compañía, que sabía que su interés era pecuniario. En un momento dio por terminada la reunión y según cuenta Roberto, lo tomó fuertemente del brazo y lo condujo hacia la puerta. “Me sacó a empujones”, recuerda.

Entonces Roberto redactó una denuncia y la dejó estampada ante el fiscal Xavier Armendáriz-Un fiscal asistente le tomó declaración por teléfono.

La denuncia contra Leturia fue publicada en La Tercera, en septiembre de 2005, junto a una declaración pública de Baranda, en que afirmaba:

La Compañía de Jesús (…) está haciendo una investigación interna exhaustiva y colaborará con la justicia en todo lo que corresponde hacer según el ordenamiento jurídico vigente. La Compañía de Jesús está tomando todas las medidas necesarias para facilitar el esclarecimiento de la verdad. Los abusos sexuales a menores constituyen un acto gravemente inmoral y un delito. Queremos manifestar a la opinión pública y a todos los que han puesto su confianza en la Compañía de Jesús, que haremos todo lo que esté a nuestro alcance para aclarar esta situación.

Sin embargo, el denunciante fue denigrado puertas adentro y puertas afuera.

-Me hicieron mierda. El senador Gabriel Valdés, quien no me conocía, salió a hablar pestes de mí. Guillermo Baranda, los curas y hasta mis compañeros de curso me desprestigiaron e instalaron la idea de que yo quería sacar plata-, relata.

¡LO LOGRAMOS!

El fiscal Armendáriz determinó que por la fecha de ocurrencia de los hechos, le correspondía tramitar el caso a la justicia antigua, al 19 Juzgado del Crimen.

Roberto contrató un abogado chileno para que lo representara y éste se contactó con Alfredo Etcheberry, quien entonces representaba a los jesuitas. La Compañía suspendió a Leturia y lo recluyó en la residencia jesuita, junto al Colegio Alonso Ovalle, pero sin informar ni interna ni públicamente la razón de la medida.

-A través de ese abogado me ofrecieron una indemnización millonaria. Yo pregunté: “¿Y van a haber sanciones a los responsables?” “No pues”, me dijo mi abogado. “El dinero es a cambio de cerrar el caso”. Yo me negué, no acepté el dinero (…) La jueza del tribunal del crimen no me citó. Entonces decidí presentarme por cuenta propia en el tribunal. La actuaria no me quería interrogar. Tuve que ponerme pesado para que lo hiciera. Y después la titular del tribunal, la jueza, me hizo pasar a su oficina y me dio a entender que yo quería sacarle plata a la Compañía. “Señora jueza”, le dije, “si estoy aquí, es porque me negué a aceptar la indemnización que me ofrecieron en forma ilegal y quiero que esto se investigue”- recuerda Roberto.

Menos de tres meses después la jueza sobreseyó el caso por falta de méritos. Por simple casualidad, el día que se tomó esa resolución el abogado Juan Pablo Hermosilla hacía antesala en el mismo tribunal y se encontró con el abogado Etcheberry, a quien conocía porque había sido socio de su padre.

Le pregunté en qué andaba. Yo ni siquiera sabía del caso, todavía no existía la Fundación para la Confianza. Me dijo: “Es que hay una acusación contra los jesuitas. Vine a pedir el sobreseimiento y creo que lo voy a lograr”. Al salir, me dice: “¡Lo logramos! Sobreseimiento y archivo”, levantando los brazos en actitud de triunfo. Yo no procesé bien el tema en ese momento. Con el tiempo, me di cuenta de que su papel como abogado había sido echarle tierra al caso-, relata el abogado.

En diciembre de ese año, la Corte de Apelaciones confirmó por unanimidad el sobreseimiento.

Tras esperar cuatro años, sin saber qué había pasado con su denuncia ante la Compañía, Roberto invocó su condición de ciudadano español para solicitar desde Barcelona, directamente al Vaticano, el resultado de las indagatorias.

-Algunos meses más tarde, me llegó una carta de Eugenio Valenzuela (quien había reemplazado como Provincial a Baranda) informándome que Leturia había recibido una condena eclesiástica, por causa de mi denuncia, pero en un proceso en el cual nunca me tomaron testimonio, ni me informaron, aunque el propio Código Canónico lo dispone. Además, le dieron unas penas ridículas, que además no se cumplían tampoco-, dice.

La sentencia religiosa que se había dictado según la comunicación, ya en 2006, dada por probada la denuncia de abusos contra Leturia. Esta disponía que el cura solo pudiera contactarse con adultos y que se recluyera en la residencia en Alonso de Ovalle, con prohibición de salir, salvo que fuera acompañado por otro sacerdote.

No obstante, según reveló el periodista Oscar Contardo en su libro Rebaño, Leturia participaba en un chat de contacto homosexual, en que se identificaba como estudiante del colegio San Ignacio y con el nombre de Roberto. Contardo entrevistó a un hombre que, en edad adolescente, fue contactado por Leturia. El sacerdote lo recogió en una estación de metro y lo llevó hasta la residencia jesuita sin que nadie se lo impidiera. Según el testimonio, no tuvieron sexo, pero el hecho revela que el sacerdote podía salir solo e ingresar a su dormitorio acompañado de adolescentes, sin restricciones.

En 2011, Leturia murió. La homilía para despedirlo estuvo a cargo del Provincial Eugenio Valenzuela:

“Como a muchos de ustedes, él fue el primero que me llevó a un retiro y me enseñó a reconocer el rostro de Dios. En los tiempos de mayor despliegue y plenitud fueron muchos a los que fue conduciendo y acompañando en su caminar. Él sentía que su mayor vocación era la de ser pastor. Encontramos en él a un hombre brillante, extraordinariamente simpático, que sabía hacer bromas a los demás sin herirlos, sino que desencadenando en cada uno la alegría y el amor a sí mismo. Juan Miguel fue un maestro en el arte dar los Ejercicios Espirituales”, fueron sus emocionadas palabras.

Solo el más entendido puede haber deducido lo que se ocultaba entrelíneas en esa homilía. “Estamos frente a un misterio”, dijo Valenzuela, “el misterio de las contradicciones que se dan en nuestra vida, el misterio de un hombre que hizo mucho bien que queremos celebrar y al mismo tiempo un hombre herido, que cometió errores”. Nada, a ojos de ese Provincial, que Dios no pudiera perdonar. “A Juan Miguel, Jesús lo redime”, dijo.

Roberto, su víctima, no se rindió. Por mucho tiempo intentó contratar a un abogado que lo ayudara a buscar justicia, pero todos los profesionales que contactó rehusaron el encargo. “Si digo que fueron 50, es poco”, relata.  

Finalmente, con el apoyo de la Fundación para la Confianza, pidió a la Fiscalía Metropolitana Sur que investigara el posible delito de encubrimiento por parte de la Compañía de Jesús en su caso y los otros abusos sexuales cometidos por sacerdotes de la Orden.

“Tengo absoluta certeza de que los ex Provinciales Cristián Brahm (revisa su respuesta aquí), Juan Díaz, Guillermo Baranda, Eugenio Valenzuela, Fernando Montes y Juan Ochagavía encubrieron los abusos de Leturia. Ellos deberían responder ante la justicia”, dice Roberto.

FOTO: HANS SCOTT/AGENCIAUNO

EL QUE OBEDECE, NO SE EQUIVOCA

Patricio Álvarez (*), exsacerdote jesuita y exalumno del colegio San Mateo de Osorno, fue compañero de generación de Roberto y hasta 2014, participó en el círculo de confianza de Eugenio Valenzuela, desde donde fue testigo y protagonista de los actos de obstrucción que denuncia el abogado. A mediados de 2019 testificó todo lo que sabe a la fiscalía y que ahora ratifica en este reportaje.

Para entender la conducta de la jerarquía jesuita, explica, hay que mirar el mapa de relaciones que se conformó en los últimos 40 años. Tras el Concilio Vaticano II, en que la Iglesia decidió “abrirse al mundo”, muchos sacerdotes, especialmente jesuitas, colgaron la sotana. Las vocaciones en Chile disminuyeron ostensiblemente, hasta que a partir de 1975 comenzaron un sostenido repunte, bajo la influencia de los Provinciales Juan Ochagavía Larraín (revisa su respuesta aquí) y Fernando Montes Matte.

 -En esa época entraron a la Compañía Juan Díaz Martínez (revisa su respuesta aquí), Renato Poblete Ilharreborde (sobrino del fallecido capellán del Hogar de Cristo), Jorge Costadoat, Eduardo Silva (actual rector de la Universidad Alberto Hurtado), Eugenio Valenzuela, Guillermo Baranda y Alejandro Pizarro. Montes y Ochagavía fueron sus provinciales y maestros de novicios (cargos que ambos ocuparon), las personas que más influyen en la formación de un sacerdote jesuita. Esta es la generación que asumió cargos de jerarquía, a partir de 1990. Por ejemplo, Valenzuela fue nombrado encargado de Vocaciones y se paseó por todos los colegios jesuitas de Chile detectando candidatos a cura y en 1998, como Maestro de Novicios, se convirtió en el formador de esos mismos muchachos ¿Quién lo nombró encargado de Vocaciones? Juan Díaz ¿Quién lo nombró, Maestro de Novicios? Guillermo Baranda. Luego Valenzuela reemplazó a Baranda como Provincial y, a su vez, designó a Baranda encargado de Educación. Es un árbol familiar-, afirma Patricio.

Patricio fue uno de los aspirantes “descubierto” por Valenzuela, quien fue su guía espiritual primero y después Maestro de Novicios. Ahora, alejado de la vida sacerdotal, se mantiene en terapia sicológica para superar el abuso de conciencia que vivió bajo su alero.

-Hice Ejercicios Espirituales con él, desde el colegio. Entré al noviciado en 1999 y allí el Maestro de Novicios es descrito como el mejor hombre que pone la Compañía para esta misión. Como superior de la comunidad, es quien manifiesta la voluntad de Dios, quien te enseña las fuentes ignacianas, a estudiarlas y vivirlas, es el referente bajo el cual se forma tu identidad. Gran parte de la rutina diaria las vivíamos con él: clases, comidas, vacaciones, e incluso horas de esparcimiento en las noches. Él entraba nuestra intimidad. Uno es invitado a hacerse dócil al acompañamiento del Maestro para ganar en disponibilidad y transparencia con la Compañía. Está embestido de gran poder y la Compañía nos invitaba a poner en sus manos completamente nuestras vidas. Siempre nos decían: el maestro se puede equivocar, pero el que obedece no se equivoca-, relata.

El Provincial de entonces, Juan Díaz, dice, refrendaba así que debían tener una “confianza radical” en el Maestro.

-Así fue como Valenzuela inoculó su presencia en mí con mensajes castradores y culposos. Se burlaba de mí y criticaba constantemente mi dimensión afectiva, de cómo me sentía respecto de las mujeres, mi familia, mis amigos y mi cuerpo. Solo con terapia sicológica pude darme cuenta de que Eugenio Valenzuela se apropió de mi vida más allá de lo que conscientemente era capaz de ver. Él tenía mucha habilidad para instalarse en tu intimidad y manejar tu conciencia, hasta transformarse en un sujeto incuestionable. El contexto y la cultura jesuita reforzó ese lazo, validando su poder frente a nosotros-, recuerda.

Patricio cuenta que conocía los rumores sobre las mediciones de Leturia desde que cursaba sexto básico en el Colegio San Mateo de Osorno, pero que para él adquirieron una dimensión real cuando una vez ya egresado, fue invitado por el sacerdote a conversar con él en su habitación.

-En esa ocasión, sacó un laptop y me pidió medir el tamaño de mis brazos y mis piernas. Tuve que bajarme los pantalones. Accedí con algo de extrañeza y temor. Me dijo que lo hacía para un estudio y que un tiempo más íbamos a tener que repetir las mediciones. No volví a ir, pero me di cuenta de que era verdad lo que decían mis compañeros. Aún así lo normalicé. Estábamos acondicionados para no dudar de los superiores y para culpar al Mal Espíritu de las dudas que nos nacían. También nos callamos la visita que varios compañeros hicieron a Leturia a su residencia en el Colegio San Ignacio de El Bosque, en Santiago, en 1989, donde se embriagaron y durmieron con él. El Provincial Christián Brahm nombró a Leturia rector del Colegio San Mateo en Osorno. Él debería testificar y decir si sabía entonces de su alcoholismo y pederastia, o si estaba al tanto cuando, después, lo mandó al San Ignacio de El Bosque, donde era rector Fernando Montes. Juan Ochagavía y Montes, como provinciales antes de Brahm, deberían haber tenido información importante, valiéndose de las estructuras de información interna como son las “Cuentas de Conciencia”, los “Informes de Gobiernos” (ad gobernandum), las reuniones con la Consulta de Provincia y los encuentros formales e informales con jesuitas y laicos; y por el acceso a la carpeta personal que tiene de cada uno de los miembros de la Compañía-, relata.

Según Patricio, la “inteligencia” sobre la conducta e intimidad de cada sacerdote es sofisticada y eficiente. “El Provincial lo sabe todo”, subraya.

Juan Díaz Martínez, sucedió a Montes en la rectoría del San Ignacio de El Bosque y también fue, en esa condición, superior de Leturia. Cuando asumió como Provincial en 1996, lo envió a Estados Unidos a un tratamiento sicológico.

No obstante, a su regreso de Estados Unidos, Leturia siguió realizando su vida pastoral con total normalidad, sin que la Compañía tomara ningún resguardo para prevenir de sus inclinaciones en los colegios que trabajó.  “Hasta el 2004, por lo menos, seguía en contacto con niños, y participaba invitado por las autoridades jesuitas a las actividades oficiales”, afirma.

“Es muy difícil creer que Díaz y Montes no hayan estado al tanto de su tratamiento, ni del resultado de esa terapia”, dice Patricio, más cuando en una entrevista a TVN dijo años después que en esa terapia había descubierto que conductas que para él no tenían connotación sexual, para otros sí podían tenerla.

Solo en 2005, tras la denuncia de Roberto, Leturia fue recluido en la residencia ignaciana, que se comunicaba entonces por un patio interior al colegio ubicado en el centro de Santiago. Incluso fue nombrado “capellán” de la enfermería de ese establecimiento. Ningún sacerdote ni miembro de la comunidad jesuita fue informado en ese entonces de lo que ocurría con él.

-El Provincial Guillermo Baranda recibió la denuncia de Roberto y le encargó la “investigación previa” a Juan Ochagavía. Lo sé, porque en el contexto de mi formación sacerdotal, en 2005, le comenté a Ochagavía en un Ejercicio Espiritual que me preocupaba el tema, pues había escuchado rumores de que mi excompañero tenía motivaciones económicas. Cuando terminamos de hablar, me dijo: “¿Por qué no escribes una carta con tu versión y yo la mando a Roma?” Recuerdo sentir que estaba forzando el contenido al redactar esa carta, que estaba construyendo una versión sin evidencias. Estaba ratificando una muy mala opinión de él, porque sus padres eran separados, porque en algún momento lo habían expulsado del colegio, para favorecer el interés de la institución-, explica

Según Patricio, mucho tiempo después de la denuncia de Roberto se informó “de manera interna” la condena que le aplicó el Vaticano, “pero públicamente no se informó nada”.

Incluso, con el tiempo, la restricción sacerdotal inicial se relajó y se le autorizó a celebrar diversas ceremonias, si algún adulto lo solicitaba, y su libro “Misión y Gracia”, era promovido en las páginas oficiales de la Congregación.

Para 2010, cuando recién Valenzuela reconoció a Roberto que Leturia había sido sancionado canónicamente, el sacerdote estaba enfermo de cáncer.

-Lo fui a ver al Hospital Clínico de la Universidad Católica. Él no podía hablar. Tenía la garganta corcheteada, así que se comunicaba por señas y escribía en una pizarrita. Como lo vi con su laptop, para alegrarle el día, le dije: “Oye loro, ¿miremos fotos de mi Facebook?” Me pasó el computador y vi que tenía abiertas varias páginas de porno gay. No tengo nada contra los homosexuales, nada, pero eran páginas de pornografía dura. Le hice un gesto como diciéndole: “¿Y esto?” Él solo se encogió de hombros. “loro, te voy a borrar el historial (de búsqueda)”, le dije. Y lo hice.

Patricio se dirigió entonces a las oficinas de Valenzuela, su Maestro novicio que ahora era Provincial y le contó lo que había pasado.

-Él me respondió: “Sí, pucha, yo mismo tuve que resetearle el computador aquí en la residencia”. Yo no se lo reseteé, solo le borré el historial de búsqueda. ¿Por qué lo hizo? No lo sé. No sé tampoco qué pasó con la libreta de la que habla Roberto, pero cuando me midió a mí anotó sus descripciones en una planilla Excel, en su computador.

CUATRO ENCUBRIMIENTOS

Patricio relata que su conflicto con la Congregación comenzó en 2012, cuando fue nuevamente manipulado para participar de un encubrimiento. Una profesora del colegio jesuita de Valparaíso, que había sido designada por el Provincial Valenzuela para dirigir la unidad de Prevención de Abusos, según los protocolos que la propia Compañía había creado, le pidió a Patricio transmitir que un ex alumno acusaba al sacerdote Raúl González de haberlo violado reiteradamente, en 1999.

-Cuando le conté, Valenzuela ya sabía. Me pidió que acompañara y contuviera a la profesora, y que a fines de ese año le iban a pedir el cargo, pero que no le dijera nada. Argumentó que ella no tenía condiciones para manejar este tipo de situaciones. Aunque me sentí incómodo y obligado a hacer algo que no me parecía, no fui capaz de manifestar mi desacuerdo. También informé de estos hechos a Guillermo Baranda, antecesor de Valenzuela y que entonces dirigía la Red Educacional Ignaciana. Él respaldó la instrucción que me dio el Provincial. Valenzuela, además, nombró promotor de este caso a Juan Díaz, quien había sido Provincial en los años en que el denunciante había dio violado. Menciono sus nombres, porque los nombres de las víctimas cambian, pero los de los responsables se repiten-, explica.

Patricio relata que conversaba cotidianamente con esa profesora y que ella, muy agobiada, le pedía que hicieran “algo más” por la víctima. Patricio informaba a Valenzuela todo lo que hablaban.

-Él me daba a entender que estaba administrando el caso, pero yo sabía que en el fondo yo le estaba sirviendo de informante. Una voz interna me alertaba que no era correcto, que me convertía en parte del delito, pero no fui capaz de verbalizarlo. Me alineé con la institución. Es todo súper cochino, porque te instalan el chip desde el noviciado. Fui utilizado de manera perversa para ponerle un dique a algo que tenía que tener un curso. Cuando Valenzuela sacó a la profesora de su cargo, nos encontrábamos en la calle. Nos saludábamos, pero yo no tenía el valor de hablarle. En manos de Eugenio Valenzuela, le hice algo que no se merecía. Fui un conchesumadre-, confiesa.

El exsacerdote cuenta que desde fuera es imposible comprender códigos internos, que una cosa es lo que los jesuitas dicen en sus declaraciones públicas y otra muy distinta las que dicen dentro. Para graficarlo, Patricio comparte una carta que envió el Provincial Valenzuela en 2010 solo a Superiores y Vicesuperiores, para dar cuenta de la denuncia sobre abusos sexuales que había recibido de una adolescente contra de un aspirante a sacerdote, protegido suyo. Los hechos habían ocurrido en el Santuario del Padre Hurtado, cuando la joven tenía 14 años.

“Quiero compartir con ustedes una información más amplia sobre (esta) situación (…) para que estén al tanto de lo sucedido y de los pasos que estoy dando (…) Necesitaremos del esfuerzo y la solidaridad de todos en su momento. Les pido mantener esta información en estricta reserva hasta el momento en que yo se los indique (…) He nombrado al padre Juan Ochagavía (el mismo que investigó las denuncias contra Renato Poblete y el que estuvo a cargo del caso de Roberto) como instructor de esa investigación. La joven no quiere hacer una denuncia ante la justicia penal y tampoco quiere que se haga pública la situación. Debo respetar su decisión. Es la primera persona por la que debemos velar y por quien debemos rezar (…) Para los pasos que estoy dando, he consultado a la curia en Roma y a abogados penalistas en Chile. Estamos observando las normas del derecho canónico, del derecho penal chileno, las de la Iglesia chilena y las que recién hemos reactualizado en el manual de las comunidades que acaban de recibir. Confío en que estamos haciendo lo que debemos”.

Al renunciar a la Compañía, Patricio tomó el testimonio de una amiga de esa denunciante, que la acompañó el día que denunció los hechos ante el Provincial Valenzuela.

-Entraron juntas y la amiga fue testigo de cómo Valenzuela responsabilizó a la joven por lo ocurrido, de provocar a su atacante por usar jumper. Luego le pidió a la testigo que saliera de la oficina y se quedó solo con la niña, que tenía 16 años. Esa testigo me dijo: “Me quedé esperándola. Mi amiga salió llorando”. La joven no quiso llevar el caso a la justicia. La Compañía de Jesús nunca le informó lo sucedido a su familia, ni a los tribunales. Hasta el día de hoy, se defiende diciendo que no pueden hacer más, si las víctimas no llevan sus casos. Yo puse todo esto en el Ministerio Público, a comienzos de 2019 ¿y tú crees que ha pasado algo?-, dice Patricio.

Como laico, intentó también retomar el contacto con la profesora de Valparaíso, pero había fallecido. Una amiga suya lo condujo hasta la víctima y tras largas conversaciones, lo persuadió del volver a presentar la denuncia.

-Lo acompañé cuando reactivó la denuncia. Él siguió todos los protocolos de la Compañía.  Presentó su caso ante el sacerdote Larry Yévenes, en 2018. En esa cita, Yévenes le contó la difícil vida que llevaba su abusador en la residencia, que tenía que hacer labores domésticas. Entonces, esta persona que iba con todas las ganas de seguir gritándole a la Compañía su dolor, finalmente desistió. No digo que todos lo usen mal, pero si hay algo en que los jesuitas adquieren habilidad, es en penetrar el mundo interno de las personas. Algunos de ellos, sin duda, han hecho uso de este recurso propio de la Compañía para abusar de conciencias, para abusar sexualmente y para manipular luego estos procesos-, comenta.

Como en el caso Leturia, Raúl González recibió una medida disciplinaria, pero la justicia no actuó.

La tupida red de contactos que la Compañía de Jesús tiene en esferas de poder en la sociedad chilena es una segunda capa de protección, dice el exsacerdote.

-Yo me acuerdo que en la casa San Roberto Belarmino, que está detrás de la Universidad Alberto Hurtado, Renato Poblete, que vivía allí, hacía reuniones privadas con personas influyentes. Por allí pasaron los cardenales Francisco Javier Errázuriz y Ricardo Ezzati; Juan Emilio Cheyre, cuando era comandante en jefe del Ejército; Eduardo Frei, Ricardo lagos, y Michelle Bachelet, cuando eran candidatos a la Presidencia; políticos, jueces y periodistas-, relata.

Un cuarto caso en el que Patricio acusa encubrimiento es en el de dos sacerdotes jesuitas alemanes que estuvieron en Arica a mediados de los años 80 y llevaron a niñas chilenas pobres a ese país, donde uno de ellos las violó. El Provincial de la época era Cristián Brahm. El caso se hizo público en 2010, por un reportaje de la televisión alemana.

-Me acuerdo clarito que cuando el caso estalló, el Queno Valenzuela se quejó: “Pero cómo la Provincia alemana levanta un caso así y no nos informa”. En la declaración pública que hizo la Compañía se ratificó que no tenían información. Años después, me puse en contacto con el protagonista de ese documental y me reveló que había venido a Chile en 2010 y que se había entrevistado personalmente con Valenzuela y Juan Díaz, a quienes entregó los antecedentes. Me dijo que ellos le prometieron mantenerlo informado del avance del caso, pero la última vez que hablé con él, en 2019, no había ocurrido. La respuesta del actual Provincial, cuando le pido cuenta por estos hechos, es que pusieron los antecedentes en conocimiento de una comisión diocesana que se armó en Arica, que también los entregaron al Ministerio Público y que si las víctimas no denuncian, no pueden hacer más-, dice.

Patricio opina que si la Congregación hubiera apoyado realmente a los denunciantes, la justicia sí hubiera avanzado:

-Raúl González estaría preso y todos los otros casos en que Eugenio Valenzuela pidió silencio a los Superiores. Roberto ha sido el único que no se ha rendido, porque no ha acontecido la justicia que él demanda. Te dicen: “Leturia ya tuvo sanción y está muerto”. No sé por qué la Compañía omite las responsabilidades de quienes tomaban decisiones: Baranda, Montes, Valenzuela, Pizarro. Yo le he dicho esto al Provincial actual, pero no se hace cargo. Me responde que crearon una oficina, que han sancionado. Y lo horroroso que pasó tras bambalinas, se queda tras bambalinas.

UN TESTIGO, APENAS

Roberto tuvo que esperar varios meses para ser citado por la fiscal Yazmín Salech, que acumula todas las denuncias contra sacerdotes jesuitas y solo se le reconoce la condición de testigo. Para la nueva justicia, él no es una víctima reconocida. En Osorno hay otra causa radicada en la justicia antigua por los abusos que sufrió, con pocas posibilidades de avanzar, considerando que el principal inculpado está muerto.

-Es cierto que los jesuitas son los que más han reconocido los abusos de sus sacerdotes, pero han condenado a los fallecidos o a un señor de 96 años que usa pañales. A los vivos que han encubierto, no. A Guillermo Baranda, Fernando Montes, Cristián Brahm, Juan Díaz, no los van a tocar-, afirma.

Fuentes del Ministerio Público explican que en Chile no se puede investigar el encubrimiento como un delito separado de aquél que le da origen, como ocurre en Estados Unidos. Y tratándose de casos ocurridos antes de 2000, le corresponde investigarlos a la justicia antigua.

La misma fuente señala que a pesar de que el conjunto de denuncias contra jesuitas podría estar prescrito, por la fecha de su ocurrencia, se están investigando para esclarecer la verdad jurídica. Dada la repetición de nombres de Provinciales y otras autoridades que podrían haber intervenido para impedir la acción de la justicia, la fuente admite que la legislación chilena permite la investigación de los casos como si se tratara de una “asociación ilícita”. No obstante, la exigencia para estas situaciones es más alta que en situaciones previstas en leyes “especiales”, como la que sanciona el narcotráfico. “En este momento se están analizando los informes remitidos por la policía y los testimonios. No se puede descartar nada respecto de los delitos que se podrían configurar”, asegura la fuente, a condición de anonimato.

-En 2019, cuando la caja de pandora de las denuncias se destapó, la Compañía expulsó a Leonel Ibacache y a Jaime Guzmán, pero Guzmán tenía denuncias desde 2010 y las había tramitado Valenzuela (hace una semana, la Compañía informó que no había llegado a acuerdo reparatorio con cuatro exalumnos, a quienes Guzmán tomaba fotos desnudos y las publicaba en el diario mural del colegio). Al final se termina conociendo que su carpeta tenía más de 70 casos. Lo expulsan y se lavan las manos, pero ¿qué Provincial lo nombró rector en Puerto Montt en 1982? ¿Quién lo nombró Superior en Valparaíso? Durante siete años coincidieron en esa ciudad Jaime Guzmán, como Superior, Ibacache (que venía con denuncias de abusos en Antofagasta, Puerto Montt y Santiago) y Raúl González. Tres abusadores sistemáticos, viviendo siete años juntos en Valparaíso. Me cuesta creer que la Compañía no hubiera recibido denuncias-, afirma Patricio.

-Eugenio Valenzuela, como Provincial, dejó a Juan Ochagavía a cargo del caso Leturia y situaciones de Guillermo Baranda. Le pidió a Fernando Montes que se pusiera en contacto con los primeros que lo denunciaron a él mismo (Valenzuela). Montes le dijo a uno de ellos, Adib Atala, “A ti también te gustó”-,revela.

El caso de Roberto es “un ejemplo limpio” de una institución más preocupada de ocultar que de aclarar, dice el abogado Juan Pablo Hermosilla.

-La mejor evidencia es que en el primer contacto que tienen con él, Alfredo Etcheberry, el abogado de la Compañía, le dice que están dispuestos a indemnizarlo a cambio de su silencio, y luego, consigue sobreseer y archivar la causa. Roberto habló con el Provincial de la época y lo trató mal. ¿Qué fue ese maltrato sino un acto de intimidación, para que se volviera a callar? Perdón, señor Fernando Montes, usted era rector del Colegio San Ignacio de El Bosque, usted supo de los abusos de Jaime Guzmán y veía las fotos de los niños desnudos que el cura publicaba en el diario mural, delante de su oficina. Usted no hizo nada y nunca ha pedido perdón. En el caso Leturia, la Compañía lo sacó de Osorno, donde sabía que abusaba de niños y lo trasladaron a Santiago, donde continuó haciéndolo y no hicieron nada por impedirlo. Esto no es solo inmoral ¡Es una conducta delictiva! No comparto la interpretación de que estos hechos estén prescritos, pero aún si lo estuvieran, la justicia debe aclarar la verdad histórica. Si no puede condenar a Fernando Montes por haber encubierto, al menos exponga que lo hizo, porque es una forma de reparar a las víctimas-, concluye el abogado.

Revisa a continuación las declaraciones y la respuesta de la Compañía de Jesús a este reportaje:

(*) Roberto Espinoza y Patricio Álvarez aparecen en este reportaje con nombres cambiados, a petición suya y en resguardo a su anonimato.

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