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Regreso del Talibán al poder consolida el fracaso de Estados Unidos en Afganistán

Tras 20 años de ocupación militar, Washington acelera la retirada de sus tropas de Kabul casi al mismo tiempo en que los extremistas islámicos recuperan el control de la capital.


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La noticia internacional de este domingo (15/8), y que probablemente seguirá destacada durante las próximas semanas, es la recuperación del control de Afganistán por parte de las fuerzas Talibanes.

Los extremistas ya habían recuperado su dominio en el norte del país y en los alrededores de Kabul, y este fin de semana avanzaron sobre la capital, sin encontrar resistencia del ejército afgano – que todavía cuenta con algo de apoyo de la OTAN (Organización del Tratado del Atlántico Norte), pese a que Estados Unidos viene retirando sus tropas del país hace ya algunas semanas, y de hecho la reacción de Joe Biden a los hechos de este domingo fue de enviar 5 mil hombres a la región, no para impedir el avance de los talibanes sino que para garantizar la seguridad de los militares estadounidenses que todavía no logran salir.

Quien sí pudo escapar fue el ahora expresidente afgano Ashraf Ghani, quien encontró refugio temporal en Tayikistán, dejando el país y su capital en manos del grupo fundamentalista musulmán, al menos momentáneamente.

La recuperación del poder de los talibanes en Afganistán es la concretización de algunas derrotas de los Estados Unidos y de la OTAN en el país que fue ocupado por casi 20 años, desde la guerra iniciada cerca de un mes después de los atentados a las Torres Gemelas en 11 de septiembre de 2001.

La promesa una vez que el país pasó a ser controlado militarmente por Occidente era la de fortalecer el sistema democrático y justamente extinguir a los grupos fundamentalistas islámicos.

No se logró ni una cosa ni la otra. Los talibanes fueron echados de la capital y se mantuvieron lejos del poder central durante algunos años, pero siguieron dominando algunas regiones del interior del país, apoyadas por algunas etnias hegemónicas en el norte y el sur de la capital. Siguieron realizando ataques esporádicos que cobraron la vida de miles de militares occidentales y muchos más civiles afganos.

Mientras tanto, el sistema democrático que la OTAN prometió instalar en el país nunca fue tal. Los tres comicios realizados en el país bajo la tutela de Occidente tuvieron participación de menos de un tercio de los votantes, lo que resultaba en gobiernos de legitimidad cuestionada. En las tres ocasiones, el Talibán reivindicó el éxito de sus llamados a no votar.

En realidad, hubo victorias de los dos lados: en las ciudades controladas por la OTAN la participación electoral no fue tan baja, pero eso era básicamente Kabul y alrededores, en el país profundo, donde el Talibán mantenía su dominio, no hubo votación. Por lo mismo, los tres gobiernos afganos elegidos por ese sistema jamás contaron con aceptación en todo el país.

Además, tampoco se fortalecieron otras instituciones del país. El Poder Judicial y otras instancias dependían igualmente de la presencia de las fuerzas de la OTAN para hacer valer sus decisiones, lo que significaba que no eran aceptadas en todo el país.

Trump y Biden igualmente derrotados

Donald Trump salió de forma oportunista a culpar a Joe Biden por los hechos de este fin de semana, pero en su administración, tras más de una década y media de ocupación, el Pentágono y la Casa Blanca ya defendían la idea de retirada de tropas del país asiático.

De hecho, en 2018 el mismísimo Trump buscó establecer una tregua con el Talibán para retirar las tropas estadunidenses. La idea no fue adelante, pero Washington tomó otras decisiones: bajó el presupuesto para financiar la ocupación militar y emplazó a sus aliados en la OTAN para reforzar su presencia en el país – lo que tampoco contó con mucho apoyo.

Con la llegada de Biden, quien prometió durante su campaña que el país se retiraría de Afganistán, las fuerzas estadounidenses en la región pasaron a ser comandadas por el general Austin S. Miller, cuya postura desde un principio fue la de defender el retiro estadounidense del conflicto.

“La guerra civil (en Afganistán) es un camino que puede ser visualizado. Esto debe ser una preocupación mundial”, dijo Miller en una entrevista. Pero fue un eufemismo: lo de “guerra civil” era en realidad la recuperación del poder por parte del Talibán, que desde el 2020 ya avanzaba hacia la capital del país.

En abril pasado, Biden anunció el repliegue de las fuerzas estadounidenses. Inicialmente, ese movimiento estaba previsto para empezar en septiembre, pero al final se adelantaron los tiempos, y el retiro empezó el pasado mes de julio. Rumores afirman que esa decisión trató de adelantarse a la retomada de Kabul por parte del Talibán, que ya se veía venir: los talibanes capturaron más de la mitad de los 398 distritos del país en las últimas semanas, según reporte reciente del diario The New York Times.

En julio, cuando se anunció el inicio de la retirada, la vocera de la Casa Blanca, Jen Psaki, evitó hablar de derrota, pero sí asumió que “no vamos a tener un momento de misión cumplida (…) esta fue una guerra de 20 años que no se ha ganado militarmente”.

Pero fue peor que eso. El resultado tras esos 20 años es comparable con lo obtenido por los Estados Unidos en Vietnam, otro país asiático donde los militares yankees sufrieron una dura derrota en 1975, tras 11 años de lucha contra el comunismo – en realidad, Washington apoyaba a los grupos anticomunistas desde 1955, pero el envío de tropas solo empezó en 1964, tras el asesinato de John Kennedy e la llegada al poder de Lyndon Johnson.

El regreso del Talibán y sus consecuencias

El Talibán que retoma el poder en Afganistán tras casi dos décadas alejado de Kabul por la ocupación de la OTAN es el mismo que impuso un régimen fundamentalista, el cual regresa fortalecido por una victoria contra una de las más grandes potencias militares del planeta.

Entre las características del régimen están la persecución y exterminio de seguidores de otras religiones e incluso de musulmanes que no siguen las ideas radicales del grupo. En ese sentido, las que más sufren son las mujeres, sometidas a leyes que imponen terribles restricciones a sus libertades y castigos aún peores a las que traten de romper las reglas.

Pero el mayor riesgo de un Talibán fortalecido es la posibilidad de que pueda expandir su poder y sus ideas fundamentalistas y misóginas a otros países vecinos. Los mayores problemas en ese sentido son justamente los que enfrentan Tayikistán, donde se refugió temporalmente el exmandatario Ghani, y sobre todo Pakistán, uno de los países más debilitados política y económicamente por la pandemia de Covid-19 y que recientemente ha cerrado sus fronteras con Afganistán justamente para tratar de evitar posibles conflictos.

China también tendrá que encarar problemas con esa situación. Pese a que no ha sufrido una derrota como los Estados Unidos, el país cuenta con fronteras terrestres con Afganistán e incluso ha tomado posición en la frontera, con el objetivo de frenar la influencia de radicales islámicos en la provincia de Sinkiang, la más cercana a esos límites.

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