Nasha Natasha: Matrioska de color latino
Martín Sastre es el director del documental que causa furor en Netflix y que se basa en el fenómeno de la uruguaya Natalia Oreiro en tierras rusas. El hecho de que sea un documental promocional no quita valor al relato, el que destaca por sus elecciones estéticas y los momentos de la artista en soledad, con el vasto paisaje ruso como compañero de ruta.
Martín Sastre es el director del documental que causa furor en Netflix y que se basa en el fenómeno de la uruguaya Natalia Oreiro en tierras rusas. El hecho de que Nasha Natasha sea un documental promocional no quita valor al relato, el que destaca por sus elecciones estéticas y los momentos de la artista en soledad, con el vasto paisaje ruso como compañero de ruta.
¿Por qué Natalia Oreiro causaría locura en una zona tan lejana como Siberia? ¿Por qué nos interesaría saber cómo es una gira de una sudamericana por tierras rusas? Esas preguntas busca responder Nasha Natasha, documental que Netflix exhibe con la rara premisa de una cantante de nuestros lares siendo ídola en la geografía rusa.
Las imágenes dan contexto de esta relación de amor con las fans y que viene desde la época en que esas mujeres vieron Muñeca Brava (1998), hace muchos años y hoy veneran a su protagonista conservando intacta su admiración hacia la uruguaya. El documental fue rodado en 2014, se estrenó en 2016 y recién llegó a Netflix este 2020, para comprobar que el fenómeno sigue igual que ayer en ese alejado país.
Producido por Andy Kuschevatzky, esta biopic recorre la construcción de su carrera musical, su origen y logros. Pero, sobre todo, el fenómeno en el que se convirtió en Rusia. Las cámaras de Martín Sastre, quien ya había dirigido a Oreiro en Miss Tacuarembó (2016), siguen a la cantante y su equipo (músicos, bailarines, staff de producción); a bordo de aviones, trenes, en backstage, sobre el escenario, durante sus encuentros con las fans, en el silencio del hotel.
Como Oreiro es una de las principales productoras, el guión la resalta en su mejor lado todo el rato, dejando fuera algunas conjeturas que estos formatos permiten y que refieren a la configuración de dudas sobre la relación con su pareja o el ser madre viviendo en aviones. Bajo este contexto, esas zonas grises se dejan fuera, lo cual no es malo, pero achica las posibilidades de tensión; y por el contrario, en todo momento observamos a la cantante como una gran profesional, entregada a su público ruso y llena de carisma. Como el público objetivo son su base de fanáticos, se ofrecen imágenes nunca vistas y fragmentos de esos conciertos en tierras tan lejanas; con un público culturalmente diferente pero unido en entusiasmo y devoción por las canciones de Natalia.

Para nosotros, es muy curioso decir que en Rusia, Uruguay no es sinónimo de fútbol, ni mate, ni parrilladas, sino que de Natalia Oreiro. Hoy por hoy es su mejor embajadora. Ha sido una revelación comprobar que una artista de nuestras raíces haya traspasado tanto las fronteras y fascinara en Europa del Este; cuán matrioska autóctona pintada con los colores de nuestra cultura sudaca. Luchadora, soñadora, trabajadora. Fervor y fanatismo, más su familia y material de archivo, son los elementos que se hilvanan con una narración sensible y que no aburre. Si tuviéramos que destacar dos elementos de este rápido visionado, son la transformación de esta gran artista y lo revelador de los testimonios de esas mujeres tan distintas a nosotras, y a las que, sin embargo, Natalia/Natasha cambió sus vidas.


