Los otros “sapos” de Lo Hermida
11 Septiembre del 2016/ SANTIAGO Barricadas y enfrentamientos con Carabineros se registran en Avenida Grecia a la altura de la población Lo Hermida en la comuna de Ñuñoa, en un nuevo aniversario del 11 de Septiembre de 1973. FOTO: RODRIGO SAENZ/AGENCIAUNO
Durante la madrugada del 15 de octubre la casa donde dormía J fue allanada por Carabineros. El operativo que se realizó en el sector de Lo Hermida y Cousiño, tuvo un total de once detenidos acusados de atacar la Subcomisaría de Peñalolén, entre agosto y octubre, organizados mediante el grupo “Los Antiyuta 21”. Uno de los imputados conversó con este medio sobre cómo carabineros se infiltró en las poblaciones, con otros funcionarios policiales que participaron en las protestas e incluso un hombre encargado de entregar información sobre los vecinos.
Eran las 05:40 de la mañana del jueves 15 de octubre, y J (37) -quien solicitó resguardar su nombre para esta entrevista-, estaba durmiendo en la casa de su suegra en la población Cousiño de Peñalolén. Por el toque de queda no alcanzó regresar a Puente Alto, en donde vive con su esposa y dos hijas. De pronto sintió un ruido fuerte y metálico. Todos despertaron. No entendía lo que pasaba. Miró por la ventana del segundo piso, y se percató que estaba entrando un grupo del OS7 de Carabineros. Sintió miedo. Aún lo tiene.
Escuchó las pisadas fuertes y gritos mientras registraron todo. Luego de eso vino el silencio y la detención. La casa de J en Puente Alto, también fue allanada ante la presencia de su esposa y sus hijas de seis y trece años. En total fueron detenidas once personas de las poblaciones Lo Hermida y Cousiño, incluyendo tres adolescentes.
Ese mismo día por la tarde fue el control de detención en el 13 Juzgado de Garantía de Santiago, por los delitos de Asociación ilícita e Infracción a la Ley de Armas. Todos acusados de atacar la Subcomisaría de Peñalolén, en coordinación previa a través de un grupo llamado “Los Antiyuta 21”, desde el 26 de agosto hasta el 12 de octubre.
El viernes 16, y por falta de antecedentes, fue puesto en libertad. Otros nueve imputados quedaron en prisión preventiva e internación provisoria en un centro del Sename.
Han pasado cinco días desde aquel jueves. J se encuentra en la casa de su suegra, en compañía de su familia, cumpliendo la medida cautelar de arresto domiciliario total. Su rostro está cansado y ojeroso, a ratos se queda en silencio y observa hacia la puerta, la que tiene un orificio de gran tamaño como marca del allanamiento. La reja no tiene cerradura. J fuma sin parar, de cerca lo mira su esposa. El sonido de una moto lo pone en alerta, se asusta, al igual que sus hijas.
Los Antiyuta 21
J es estudiante de ingeniería en construcción y obrero. Se dedica a realizar remodelaciones y ampliaciones en la población. A pesar del miedo, quiere hablar, pero reconoce que le costará volver a confiar en la gente.
Cuenta que todo comenzó con el estallido social, en Lo Hermida y en la Cousiño se organizaron diferentes grupos que se fueron disolviendo cuando empezaron a tomar detenida a la gente. Cuando ya eran cinco y –como según cuenta J- se formaron lazos de amistad, se fusionaron y nació “Los Antiyuta 21” donde eran todos amigos.
“Nos conocíamos todos. En una primera instancia entré por un tema de luchar contra el sistema y la desigualdad. Luchar por mi familia y por mí, para tener un mejor país. Pero después me empezó a generar desconfianza, porque entraba al grupo de WhatsApp mucha gente desconocida, me distancié de los chiquillos y me salí”, recuerda.

Según antecedentes de la investigación, esta casa sería el centro de operaciones, ¿por qué se dice eso?
-Esta casa es de mi suegra, y ella explica que les dio cobijo a los muchachos (adolescentes), porque vio que venían de familias disfuncionales, y era como una mamá para ellos. El caso más explícito es el de un muchacho que andaba siempre en la calle, la mamá de él es drogadicta y el papá es alcohólico. Mi suegra en sus tiempos de juventud vivió en la calle, ella sabe lo que es eso, y como veía que estos cabros se andaban drogando dijo que no tenía problema de tenerlos aquí. Una de las mamás le vino a entregar a su hijo acá, porque vivía en un auto. Entonces como los cabros estaban aquí, se dice que este es el centro de operaciones. Y eso que cuando nos juntábamos era para echar la talla y preguntar por nuestras familias.
¿Alguna vez viste en el grupo al carabinero infiltrado denunciado por Ciper?
-En el grupo de WhatsApp entraba y salía gente. Antes de que nos detuvieran no me acordaba de él, ni de su cara, pero cuando leí el reportaje de Ciper y escuché los audios, dije “oh esta voz la conozco”, lo reconocí altiro, y empecé a hacer memoria. Y hubo un tiempo que me enojé con los chiquillos, porque les dije que no podían meter a cualquier persona en el grupo, que solamente uno conoce y el resto no. Recuerdo que les dije “¿y quién es este hueón’?”, empezó a decir que tenía familia, y yo le respondí “Yo no te conozco, no sé quién eres”, y ahí me salí del grupo. Él debe haber venido una vez a esta casa. Él era muy cercano con uno de los cabros que ahora está preso-, comenta.
J confirma que el carabinero infiltrado aportaba con dinero para las manifestaciones.
“Nos indicaba la mejor forma de atacar la comisaría. Nos decía que no publicáramos nada por redes sociales, que fueran de sorpresa, y así podríamos quemar la comisaría. Pero el grupo era para publicar todo lo que se realizaba, marchas, velatones y cacerolazos (…) El carabinero no es el único que se infiltró, puedo decir con certeza que hay más gente. Se sabe que aquí hay más de un infiltrado, hay unos que solo se presentaban en las manifestaciones para camotear y tirar cosas. Incluso incitaban a tirarle piedras a sus propios compañeros (Carabineros)”, recuerda.
Explica que para una manifestación grande del estallido social, había dos hombres que insistían “Vamos a camotear a los pacos”. A J le pareció al menos sospechoso porque solo hablaban de atacar a Carabineros. Los miró con desconfianza y le avisó al grupo que tuvieran cuidado “que parecían pacos”. Al principio no le creyeron.
-Cuando los agarramos, les quitamos las capuchas y revisamos sus cosas, tenían documentación de carabineros. Les empezamos a pegar, y salieron corriendo a la comisaría. Después cuando nos vinieron a allanar y me detuvieron, uno de los carabineros que estaba en el procedimiento, era uno de los que descubrimos de infiltrados. Incluso me dijo “¿te acordái de mí?”, yo le dije que no. Pero si me acordé de él-, recuerda.

El miedo
J apura un cigarro en el jardín de la casa, sigue nervioso, de cerca lo observa su esposa. Tiene miedo por su familia y confirma que hay personas que siguen entregando información a Carabineros, que es una de las situaciones más preocupantes en el sector. Ya no hay confianza.
“Hay más infiltrados, pero en los momentos de manifestaciones ellos también son parte, y participan no tan directamente, sin embargo lo hacen. Creen que por hablar o inventar cosas tendrán beneficios económicos. En nuestro caso si hubo sapos, hay gente que por un poco de dinero hace muchas cosas. Sospechamos de personas en particular, especialmente de un vecino del sector”, dice.
J dice que le quitaron su computador, que tendrá que congelar su carrera. No duerme casi nada en las noches, lo hace a ratos sobresaltado. Cree que en cualquier momento pueden allanar la casa o llevárselo. A sus dos hijas las apuntaron con armas.
“Cómo le explico a mi hija de seis años todo lo que ha pasado. Para ellos es normal, pero trataron como delincuente a una niña de seis años que solo juega con muñecas, y obviamente por eso no habrá ninguna sanción (…) Ellos creen que por tener a personas detenidas va a parar todo y están equivocados, esa no es la solución. Hay demandas sociales y necesidades de todos los pobladores de Chile. Uno es del pueblo, trabaja para sobrevivir y no para vivir”, concluye.



En las declaraciones se contradice entre que dejó el grupo pero seguía participando?????
Yo creo que los pacos «armaron» el caso sabiendo quienes eran los que protestaban de forma no pacífica.