Cultura B

Claudia Rodríguez: “Si hubiese nacido en otro país, habría sido la primera filósofa travesti”

La activista y escritora repasa su vida, sus comienzos como escritora y sus obras, que permanecen en el circuito alternativo.

Hace años escribe y vende sus textos, donde las protagonistas son las heridas que ha sufrido, tanto ella como sus compañeras, en una sociedad que margina y precariza a quienes nacieron distintos. A pesar de ese tiempo, ahora esos fanzines han captado más la atención porque Claudia Rodríguez fue distinguida por la autora argentina Camila Sosa, como “la mejor escritora travesti”.

Ante esa valoración, la chilena que la también travesti trasandina es muy generosa y aclara que más que escritora ella es activista. “Empecé a escribir porque ante la falta de oportunidades quería buscar una forma de tener voz”.

Tu obra, aunque es muy comentada, no se encuentra en el circuito tradicional. ¿Has tenido conversaciones con alguna editorial? ¿Alguna se ha manifestado interesada en publicarte?

-Aún se encuentra en los bordes y yo lo prefiero así  y vender mis kits de textos por Instagram y  facebook. Allí ofrezco los fanzines Manifiesto horrorista, Enferma del alma, Cuerpos para odiar y el más conocido, Dramas pobres. Lo de las editoriales no ha resultado.

¿Por qué?

 -He tenido conversaciones, por ejemplo, con una editorial española pero recibí el clásico comentario de que la poesía no se está vendiendo. Además, me dijeron que la poesía que hago es precaria, con faltas de ortografía y redacción. Bueno, es que las travestis no escribimos y estos son los primeros textos travestis. También suelo hacer textos cruzados o diagramados en distintas posiciones en las páginas, lo que dificulta la publicación.  Nunca me había cuestionado lo de las faltas de ortografía y redacción, ya que en el taller que hice con el poeta Diego Ramírez, eran consideradas en sí mismas poéticas.

Claro, daban cuenta de tu historia de vida…

-El cuento es que ahora tengo 54 años, soy una activista vieja. Soy una de las que comenzó con el activismo travesti, que en Chile surgió a la vuelta de la “democracia”. En esos años se hizo pública la primera organización homosexual, el Movilh histórico, al que me uní sin saber mucho de qué se trataba. La verdad, es que buscaba un espacio en dónde podría encontrar pareja pero, por el contrario, se convirtió en el centro de mi iniciación como activista. Fue una suerte de universidad donde pude encontrar sentido a mi existencia y acceder a cosas que en la educación formal nunca pude alcanzar.

¿Cómo era tu vida antes de esa experiencia?

 -Vivía en una burbuja. Mi familia era de un pueblito llamado Lanco y mis padres llegaron a Santiago con tres hijos buscando mejor futuro. Eran analfabetos y mi papá comenzó a trabajar de obrero y mi mamá, dueña de casa, tuvo tres hijos más. Vivimos en campamentos, en lugares que habían sido parcelas de gente adinerada.  Había árboles frutales y animales y mi mamá criaba gallinas. Un ambiente muy rural. Luego, nos fuimos cambiando porque mi papá decidió participar en las tomas y se organizó con gente que venía de diversos puntos del país y, por lo tanto, tenían otras costumbres, comidas distintas. En mi casa siempre había humo, porque mi mamá tenía un bracero… Con el tiempo empezaron a aparecer calles, los cables en el cielo, radios y luego, aparatos de televisión. Y entonces, vino el golpe militar.

¿Cómo lo viviste siendo tan niña?

-Aun no entraba al colegio, pero de todas formas fue impactante porque mi familia tenía temor. Mis padres estaban siempre preocupados de que estuviésemos cerca, de que mi hermano, que le gustaba tanto el fútbol, llegara temprano a casa. Mi madre se amargaba la vida con tantas angustias y, más encima, aparecían cuerpos de trabajadores fusilados en la calle, por la Avenida Américo Vespucio.  Temíamos que a mi papá le pudiera pasar algo. Mucho, mucho miedo.

¿Cómo fue tu experiencia en el colegio?

-Fue compleja porque en ese ambiente de campo en el que yo vivía era una más del grupo de niños que se juntaban a jugar, sobre todo en verano. Como había río, nos bañábamos…Todos éramos pobres y nuestras madres nos hacían shorts con un pedazo de género como trajes de baño.  Cuando entré al colegio me di cuenta de que era diferente porque había que ser o niñito o niñita y al ser considerado niñito, tenía que usar uniforme con cotona.  Además, me cortaron el pelo como Hitler, lo que para mí fue terrible. Me enfrenté a la niñez masculina siendo bien amanerada. Sufrí de burlas por correr de la forma en que corría y comencé a enamorarme también de mis compañeros. Fue una infancia bastante solitaria, porque para no sufrir tanto, me aislaba. Mis hermanos, para que me hiciera “hombre”, me golpeaban y se enojaban porque me decían tereso o colipato. Para ellos era como si se los estuviesen también insultando. Esa situación continuó en la educación media.

En los noventa empezó lentamente a cambiar la mirada en la sociedad. ¿Cómo viviste todo ese proceso?

-Aún hay sanción social por ser homosexual, más aún si se es amanerada. Lo importante fue el inicio de la lucha de la organización homosexual a partir de los derechos humanos. Cuando yo entré a la organización, el escritor Juan Pablo Sutherland, que era parte del directorio, sostuvo que los derechos humanos también son derechos sexuales y, por lo tanto, derecho homosexual. Eso me partió la cabeza porque me di cuenta de mi necesidad de educación al respecto. En la enseñanza media nunca escuché algo así. Empecé a trabajar con el tema de los derechos humanos y me capacité.

-Egresaste de trabajo social e hiciste un diplomado sobre género.

-El diplomado lo hice antes de entrar a la carrera. Fue en la universidad de Chile a través de un cupo destinado a dirigentes comunitarios. Ahí pude estudiar, a los 31 años. Para acceder a trabajo social, en cambio, me endeudé infinitamente, pero fui la única de la familia que entró la educación superior. Es que el proyecto de vida que mi mamá tenía para nosotros es que una vez que supiéramos leer y escribir comenzáramos a trabajar. Fueron las activistas lesbofeministas las que me dijeron “¡Estudia Claudia! Yo hacía mucho trabajo por la comunidad travesti pero sin profesión me veía imposibilitada de encargarme de proyectos. Una hacía el trabajo de la calle, pero los informes eran responsabilidad de los profesionales.  La capacitación me dio la posibilidad de, además de vivir como travesti de día, participar en reuniones en el Ministerio de Salud y que mi familia me reconociera como yo quería que me reconociera. De a poco, las compañeras travestis también empezaron a aparecer de día, sin tener que ocultarse. Antes no salían al parque, no tomaban sol, ni iban a playa, por ejemplo.

-Toda esta historia de vida es un eje en tu trabajo literario.

-Por falta de oportunidades en la organización yo decidí buscar otra forma de tener una voz y por eso empecé a escribir. Fui la primera travesti que participó tanto en el diplomado como en los talleres de Diego Ramírez, y en ambas instancias se ponía mucho el acento en la biografía.  También han sido clave las historias de las compañeras travestis y a partir de estas, toco temas como el cuerpo, el trabajo sexual, el poder, la relación con la familia, el sida…Una vez, Margarita Pisano dijo que la mujer no existe la historia, porque ésta está escrita por hombres y para hombres. Entonces llegué a la conclusión de “si la mujer no existe en la historia, menos existen las travestis”. Ahí encontré una veta, en el activismo, y me impulsó a preguntar a la comunidad cuál ha sido nuestra historia. ¡Quién mejor que nosotras mismas para escribirla con todos nuestros problemas!

-¿Eso es lo que te diferencia de otros escritores de la comunidad LGTB?

-Podría ser porque de alguna manera Pedro Lemebel y Juan Pablo Sutherland me hacen la pregunta sobre qué tenemos que escribir las travestis, si temas políticos, de nuestras precariedades, un poco de dónde provenimos, cómo aportamos a la construcción de estas ciudades, de estos pueblos… Yo creo que las que componen la comunidad travesti tenemos que escribir sobre lo que nos pasa y allí se conjugan todos esos elementos, la biografía, nuestras experiencias, la violencia que se sufre… Personalmente me viví toda la dictadura militar, que quiso borrar todo…Entonces también hay que reescribir.

¿Qué te parece que la escritora travesti argentina Camila Sosa, haya dicho que la chilena Claudia Rodríguez era la mejor autora travesti?

-Fíjate qué bueno. Ella es súper generosa. Gracias al activismo travesti feminista y no feminista de las compañeras argentinas se ha difundido esta poesía. Hay con ellas reflexiones comunes como por ejemplo decir travesti y no transgénero ni transexual. Es un concepto político porque hace referencia a una clase más baja y que a pesar de que existe organización y difusión y hasta políticas públicas, sigue siendo la precarización nuestro tema principal.

Camila Sosa

– ¿No te has atrevido con estilos como la crónica?

-No tengo esa formación tan académica y entonces me paseo. Digo que es un poema, pero realmente es un escrito en prosa. Me interesa mucha que tengan doble lectura. Una vez leí un texto de Ema de Ramón que decía que la literatura de la mujer tiene un lugar distinto al del hombre. Mientras los hombres escriben desde el mundo, la mujer lo hace desde la cocina y del dormitorio. A mí me parece que lo poético es escribir desde el dolor y que para leer a mujeres hay que hacer segundas, terceras y hasta cuartas lecturas de un mismo texto. Me interesa que mis poesías tengan también varias lecturas. Por ejemplo, digo que las travestis se mueren jóvenes, de sida, sin saber de felicidad ni haber escrito nunca una carta de amor. ¡Tantas cosas estoy diciendo con esa reflexión! Todo eso es poético, desolador y triste.

-¿Crees que si hubieses nacido en otro escenario, tu obra sería la misma?

-No, a veces pienso que si hubiese nacido en otro país, en uno en que se valore y proteja la infancia y que se invierta en políticas públicas dirigidas a la construcción de un mundo mejor, hubiese tenido acceso a ser, a bailar, cantar, investigar y escribir. Yo creo que hubiese sido filósofa. A lo mejor la primera travesti filósofa. Hubiera escrito de la religión, del cosmos, pero como eso no se dio, escribo sobre las heridas, la memoria, las injusticias, el odio. Aunque también escribo de la esperanza y las buenas amistades que me han permitido sobrevivir. Como aprendí de las feministas, hay que renunciar al poder y poner el cuerpo para luchar para que otras generaciones puedan vivir mejor, aunque no sea una la que disfrute esa ganancia.

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