Opinión

La tragedia portaliana y la comedia de los pueblos

El portalianismo es un fantasma que no ríe porque petrifica a los sujetos bajo el erario de la culpa y la responsabilidad. La irrupción de los pueblos ha sido, de diversas formas, la fiesta de la imaginación que despetrifica y, por tanto, destituye a todo sujeto supuesto saber de su trono. En este sentido, esta irrupción porta consigo el deseo y la insoportable burla al poder.

                                         

A veces, lo que se presenta como contrario puede guardar más semejanza que lo que se cree. En este caso, se trata de dos tesis, aparentemente contrapuestas: por un lado, la tesis que sostiene que la revuelta de octubre fue el medio para realizar el fin de la Nueva Constitución vía la CC; por otro, la tesis que sostiene que, precisamente por eso, la Nueva Constitución nacería atravesada por una “violencia” constitutiva que la haría carente de legitimidad. Ambas tesis, en realidad son una que difieren simplemente respecto de la valoración atribuida a la revuelta de octubre.

O bien, ésta habría sido necesaria para abrir el proceso constituyente o bien, ésta haría que el proceso estuviera viciado desde el principio. En cualquier caso, las dos tesis, en rigor, se basan en el mismo supuesto: la revuelta habría sido reducida a ser un simple “medio” orientado a lograr un “fin”. Para la primera tesis, el “medio” se justifica por el “fin” que cumple; para la segunda el “medio” hace que el “fin” esté viciado. Sin embargo, para ambos, la revuelta queda reducida a un “medio” y exigida al “juicio” que la conmina a justificar o no un supuesto “fin” del que sería antecedente.

La pregunta que habría que formular es si el momento de Restauración oligárquica no habría comenzado desde el momento en que se aceptó la reducción de la revuelta a ser un simple “medio” circunscrita a un “fin”. Las aporías planteadas acerca de la “violencia”, es decir, si ésta se justifica o no se justifica, tienen que ver exactamente con aceptar, implícitamente, este supuesto.

El derecho y la consecuente “juridificación” del lenguaje, constituyó la episteme orientada a circunscribir el acontecimiento, reduciéndolo a “violencia” y confiscándolo al interior de su maquinaria de “medios” y “fines”. Juristas, filósofos, abogados, economistas, en suma, moralistas de diferentes sectores, pero de una misma articulación –articulación portaliana obsesionada por el “orden”, pivote oligárquico que hizo de la República de Chile una República del orden– no escatimaron esfuerzos en territorializar dicho acontecimiento y gobernarlo para ensamblar el portalianismo de los nuevos tiempos, el nuevo katechón que deje intacto el ensamble entre Estado y Capital (una nueva máquina de contención y neutralización).

El problema, por cierto, no es seguir insistiendo en la máquina “medios-fines”, sino justamente rendir honores al octubrismo y evadir su lógica.

Quizás, se trate de soltar esa máquina, desasirla y atender al problema crucial: la revuelta no estaba para “justificar” nada porque ella misma carecía de cualquier finalidad más allá del devenir destituyente que ella produjo. La revuelta no tiene un “para qué”. Ninguna “obra” a cumplir, ningún “fin” a realizar. Su devenir “medialidad pura” (Benjamin) la vuelve irreductible a las operaciones de la máquina jurídica y su dialéctica de “medios-fines”. Y no se trata de “pureza” como algunos reclaman, sino de la forma más extrema de mixtura e imaginación, del instante en que el portalianismo del último pacto oligárquico (1980) sucumbió a la fiesta de los pueblos. Fiesta en el sentido más profundo del término: destrucción, danza, canto, resistencia y enfrentamiento, organización, solidaridad y, sobre todo, un dionisiaco erotismo que urdió las tristes pasiones legadas por el portalianismo neoliberal por las pasiones festivas que resultan ser inéditas para el portalianismo histórico. Todo se abraza en un mismo devenir, todo irrumpe en un mismo oleaje. La sombra de Portales es evadida y su fantasma parcialmente destituido.

El punto crucial es precisamente el que concierne a la fiesta. ¿Qué sabe este país, en su imaginario oligárquico de la “fiesta”? El fantasma portaliano sustituyó la fiesta por la liturgia, es decir, la irrupción del deseo por la repetición del monumento sacrificial. Pero, más aún: el fantasma portaliano privó al pueblo de la risa. Para la oligarquía, la risa popular resulta insoportable y siempre debe ser conjurada. No hay fiesta sin risa, pero no hay ninguna de las dos sin un mínimo de destrucción.

¿Qué es la comedia sino una dosis perfecta de destrucción consistente en suspender el uso de la personalidad y mostrarla como una simple máscara? ¿Qué es la comedia sino el instante en que todo sujeto es destituido por una carcajada? Es fundamental atender al rasgo cómico de la revuelta: su potencia justamente consistió en la destitución del “sujeto supuesto saber” que descansa siempre en el trono del poder; destitución que implicó desnaturalizar la idea de que dicho sujeto era eterno, sagrado e inamovible y mostrar que era contingente, profano y completamente removible.

Al desacralizar al “sujeto supuesto saber” la revuelta lanzó una carcajada y mostró a los “serios” gobernantes como estúpidos oportunistas, ridículos burócratas puestos por el FMI que no conocían el país que gobernaban. En cuanto la revuelta no puede remitirse al género “trágico” sino al “cómico”, su efecto inmediato fue el de la suspensión de toda máscara, la burla a la “seriedad” que tanto colma el discurso portaliano sobre el cual descansa (¿descansa?) este país. Precisamente por esto, quienes insistieron en circunscribir su cómica “violencia” al interior de la dialéctica moralizante de los “medios y fines” apaciguaron la mayor potencia que la revuelta había traído al mundo: las pasiones festivas, alegres. De izquierda a derecha, el partido portaliano normalizó las pasiones y confiscó al espíritu de la “comedia” al interior de la “tragedia”. Con esta operación, se inició la cacería en torno a la atribución de “culpa”.

Digamoslo así: el portalianismo es un fantasma que no ríe porque petrifica a los sujetos bajo el erario de la culpa y la responsabilidad. La irrupción de los pueblos ha sido, de diversas formas, la fiesta de la imaginación que despetrifica y, por tanto, destituye a todo sujeto supuesto saber de su trono. En este sentido, esta irrupción porta consigo el deseo y la insoportable burla al poder.

No habrá restitución del poder sino se restituye la hermenéutica respecto de la supuesta “demanda” que portaba la revuelta. Y el poder encuentra restitución justamente cuando la reduce a ser un “medio” que, supuestamente, encontraría en la Nueva Constitución su “fin” o realización. Sea que esta “obra” sea “buena” (legítima, diversa, plural y, por tanto, justifique a la revuelta) o “mala” (partisana y, por tanto, desenvuelva un proceso trunco).

La cuestión decisiva, entonces, pasa por revindicar la insoportable comedia de la revuelta y entender que su potencia no pudo jamás reducirse a la máquina “medios-fines” del poder, que la revuelta siempre restó de ella, en el conjunto de organizaciones –formas de vida- que no fueron subsumidas por el Acuerdo del 15 de Noviembre, sino más bien, ellas mismas pudieron parcialmente profanarlo, transformarlo, usarlo y, hasta cierto punto, llevar esa insoportabilidad a la misma escena constitucional.

Posiblemente sea el momento para confiar en la fórmula de Nietzsche cuando decía que el criterio por el cual uno podía decir que había entendido un texto cuando reía con él. ¿Será posible, entonces, una Constitución que extrañamente ría, una Constitución cómica? Algo ha esbozado Willy Thayer: una “constitución menor” –dice- es el resto no subsumible al propio texto constitucional – a su lengua- que, sin embargo, altera y abre incesante otras lecturas y lenguas posibles. Quizás, en eso consista la inserción de la comedia en el seno de la tragedia y de la revuelta en el seno de la Constitución: no en “asimilarla” o “conciliarla” bajo la máquina de “medios-fines” sino en exponer su eterno conflicto, su irreductible tensión. Que el fantasma portaliano no renueve una nueva fase oligárquica, depende enteramente de ello.

Las opiniones vertidas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan necesariamente la visión de LVQS.

Rodrigo Karmy
Sobre la autora / el autor
Rodrigo Karmy
Doctor en Filosofía. Académico de la Universidad de Chile.
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