Le rotearon el santuario a Bernardita
Es clarísimo que el local, la música y todo lo que significa su instalación en ese lugar, es una afrenta comercial y la escenificación del “rotaje” cultural frente a sus recuerdos de infancia.
Durante estos días ha circulado en las redes sociales un video en el que una mujer, enojada, comienza a insultar a gente en un pub en Maitencillo. Entre lo que reclama, se entiende que está molesta por la música a todo volumen que viene de ese local, el que está al lado de su casa.
Al parecer, el ruido era insoportable para ella. Pero no era sólo el ruido. Era algo más. Era algo que iba más allá de una entendible molestia cuando se pretende ir a un balneario a descansar. Es un desagrado por la ruptura una tranquilidad más profunda que uno que otro sonido que resulte insoportable un par de días. Una tranquilidad que se mantenía entre ella y los suyos, su familia, sus primos, con los que, por años, fue a esa misma casa, conversó las mismas anécdotas, y compartió lo que deseaba compartir.
Al contrario de esos gloriosos días, ahora se veía obligada a formar parte de un terreno común con quienes consideraba extraños. De hecho, en medio de su arrebato, dice que no sabe de dónde vienen, porque, claramente, a su entender, no eran de ahí, no los había visto nunca. Ese pub había logrado que la armonía fuera rota por personas que veía con desconfianza, y que ni siquiera había divisado todos esos veraneos de años y años.
Esto, si lo pensamos, podría ser paradójico si es que identificamos a la mujer con un sector social y un tipo de ideas. Y la razón es porque la molestia no es a raíz de una expropiación o la imposición de un gobierno o sistema de izquierda la colectivización de ciertos territorios, sino del triunfo del capital, del acceso a lo que no se tuvo hace años, debido a créditos, endeudamientos o lo que sea. Es el capitalismo ultrón, o lo que llamamos neoliberalismo, lo que llevó a esa gente ahí. Es lo que algunos llaman arribismo lo que los llevó a merodear los lugares sagrados para otros, los” santuarios”, los recuerdos familiares que estaban guardados solamente para ciertas personas.
Y es que el capitalismo exacerbado logra agudizar los conflictos. Ya no hay lugares sacros, guardados sólo para comunidades; ahora el acceso no está resguardado para las familias fundadoras, sino para quienes puedan, de una u otra forma, comprar esos símbolos del pasado, pasando sobre lo que alguna vez fue intocable.
Ahora, no queda tan claro que la gente que estaba en ese pub, mientras Bernardita gritaba a los cuatro vientos su molestia, sea muy diferente a ella. No se sabe si hay una significativa diferencia de clase. Pero sí es clarísimo que el local, la música y todo lo que significa su instalación en ese lugar, es una afrenta comercial y la escenificación del “rotaje” cultural frente a sus recuerdos de infancia. Por eso, como decimos en un comienzo, no es solamente una tranquilidad veraniega la que se ve quebrada, sino algo mucho más profundo.
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