Cultura B

Jorge Cerezo, artista curado del espanto: “el Larry con Quiroz quieren una sociedad culposa, no dejan a la gente ser feliz”

Los periplos de Jorge Cerezo transitan entre la resistencia política, la cultura underground, la bohemia, el arte contemporáneo, y la actividad académica. A fines de los ‘80, junto a Gonzalo Rabanal y Patricio Rueda, formó el mítico colectivo Los Ánjeles Negros[sic]. Si, con jota, e informado personalmente a Germain De La Fuente el préstamo. Cerezo sobrevoló con alas de cholguán y vestiduras de franela las pellejerías de una patria hipócrita, revolviendo entornos marginales a través  del arte conceptual y la  performance, para subrayar con desparpajo las distancias entre arte, cultura y sociedad desde la dictadura, durante el largo proceso de transición a la democracia negociado por las élites de la época.

Jugaba a las bolitas, era fanático de la pichanga, y bueno para pelusear, aunque aplicado. En su adolescencia iba a una iglesia de la zona sur de Santiago, donde influido por las ideas de la teología de la liberación difundidas por el padre Rafael Maroto, Jorge Hernández Esguep comenzó a militar en el Movimiento de Izquierda Revolucionaria. Cerezo era su “chapa”, la sigue usando como nombre de artista nocturno. Recalca con ironía sutil: “no es que el MIR sea una iglesia”. La mojigatería le es lejana, aunque es fiel beato de la chacota, la sobremesa larga, y la discusión a lo Jalisco Zapata.

Los periplos de Jorge Cerezo transitan entre la resistencia política, la cultura underground, la bohemia, el arte contemporáneo, y la actividad académica. A fines de los ‘80, junto a Gonzalo Rabanal y Patricio Rueda, formó el mítico colectivo Los Ánjeles Negros[sic]. Si, con jota, e informado personalmente a Germain De La Fuente el préstamo. Cerezo sobrevoló con alas de cholguán y vestiduras de franela las pellejerías de una patria hipócrita, revolviendo entornos marginales a través  del arte conceptual y la  performance, para subrayar con desparpajo las distancias entre arte, cultura y sociedad desde la dictadura, durante el largo proceso de transición a la democracia negociado por las élites de la época.

Su obra recurre al humor negro, y al pastiche entre la cita erudita y la cultura popular, como mecanismo de análisis crítico sobre el poder y sus relatos que pasan jabonados ante miradas distraídas. Aunque su trabajo ha sido expuesto en espacios de consagración mundial como el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía en Madrid, y su nombre sacado a colación en sesudos cenáculos de esgrima intelectual, Cerezo pareciera no codiciar tanto la fama ni el éxito. Como un bribón de los buenos, estilo Pedro Navaja, Robin Hood, o Mackie Cuchillo de “La ópera de tres centavos” de Brecht (para esnobs relamidos) no le preocupa morder el polvo si sorpresas le puede dar la vida.  

Cuando se estaban desafiliando del MIR con Rabanal y Rueda ¿cómo era el contexto cultural que estimuló el nacimiento del colectivo de arte los Ánjeles Negros?

-Más que desafiliarnos, tomamos distancia. El MIR tenía un aparato cultural, comunicacional, y de reflexión no menor: los murales, la gráfica popular, la imprenta, la fotografía, revistas, espacios de encuentro y discusión. Más de una vez me tocó diagramar un número de El Rebelde. Había una generación que venía ya del Taller Urbano y teníamos una mirada crítica. Entremedio había grupos que nacían, se desarrollaban, y morían. Los Dadá, los Fiskales Ad-Hok, Santiago Rebelde, el garaje Matucana 19… era un espacio cultural potente. Un underground chileno mirado con sospecha por algunos movimientos de izquierda. No entendían a los new wave, ni a los punkis.

¿Quiénes eran esos recelosos?

-Esa izquierda conservadora de los 80, la misma que nos vomitaba a los Ánjeles Negros y a Las Yeguas del Apocalipsis. Eran los del charango y las palomas, identificados en la letra de Los Prisioneros: solo eran “una mierda buena onda”. Esa canción es precisa, a mucha gente le dolía en esa época. Se juraban intelectuales revolucionarios y no entendían quienes eran esos punketas. Éramos parias, sospechosos, delincuentes, y neofascistas.

¿Qué los llevó a agruparse en un colectivo artístico? 

-Una sensibilidad desde la ironía hacia la delincuencia visual y la parodia. Propusimos un trabajo desde la intervención urbana con economía doméstica y precaria. No veníamos de la élite, ni teníamos para conseguir cinco aviones y lanzar panfletos sobre el cielo de Santiago como el CADA.

¿En qué consistía esa delincuencia visual de clase trabajadora?

-La impronta disruptiva y al margen de lo legal, ligada a la gráfica y la acción directa, con collages e intervenciones en que la cultura nocturna era llamada a ocupar espacios urbanos abandonados. Sin pedir permiso interveníamos y desaparecíamos dejando la cicatriz de nuestras manos ligeras. Queríamos desacralizar el espacio del arte por el puro placer de la provocación. No buscábamos la fama, pero ocupábamos la prensa sensacionalista para mostrar nuestro trabajo.

¿Y por qué les gustaba jugar a parecer “chicos malos”?

-No es que jugáramos a ser malos, sino que el espacio cultural es arribista y clasista. De repente aparecíamos estos rotos de población, de San Miguel o Pudahuel, a ocupar espacios. Para sobrevivir había que tener una posición de chico border, de bandidos buenos, onda Pedro Navaja. En realidad éramos unos panes de Dios… ellos no entendían nuestro arte degenerado.

¿Cuál de sus acciones de arte les generó mayores dificultades?

-Cuando nos invitaron a un evento del Instituto Chileno-Francés de Cultura, venía Georges Rousse de estrella. Llegó, se deprimió, y se fue. A ese desaire, respondimos irrumpiendo en su conferencia, llevándole un féretro con una reproducción de “La Libertad guiando al pueblo” atravesada por un puñal, con la bandera chilena en rojo y negro. Después intervinimos el paso bajo nivel de Lira con Alameda. Era un basurero, transitaban autos y traficaban drogas. En una muralla hicimos una trama de puñales y en la otra una de pistolas, pusimos cuatro animitas en la entrada: a Carlos Ibáñez Del Campo, a San Sebastián, San Cristóbal, y el testimonio de una trabajadora sexual,  además de imágenes de nuestros rostros simulando la gráfica de prontuario policial. Como llegaron los pacos a echarnos y había prensa, el Chileno-Francés reaccionó tirándonos la pelota. 

El humor negro como táctica de resistencia al descaro neofascista

¿Cómo definirías una ironía?

-Expresando lo contrario de lo que realmente se piensa.

No le preguntes a lA…

-El gobierno actual es una ironía pinochetista, dicen lo que no hacen. Construyeron una zanja de 30 metros para una frontera de miles de kilómetros, ¡la luna se llama América!  La ironía se entiende después de interpretar la realidad, es una estructura de pensamiento crítico que trata de desmenuzar la situación que se vive. Como en los versos de Nicanor Parra: “Hay dos panes/ Usted se come dos/ Yo ninguno/ Consumo promedio: un pan persona”. La “metáfora” de Kast es otra ironía… se gana más robando que trabajando. Uno trabaja con esa poética y la va estirando como chicle.

En ese sentido, ¿cuándo llevaron la ironía al extremo en sus performances?

-En una intervención que hicimos en la cárcel de mujeres en San Joaquín para un 8 de marzo, mientras se estaba conmemorando el Día Internacional de la Mujer. Celebraban el triunfo de Patricio Aylwin en la Plaza Italia mientras habían compañeras detenidas. Entonces, vamos a la cárcel y colocamos el grabado de una niña con traje de primera comunión. Era una impresión gigantesca, con el título “Santa o Puta”. Hacíamos parodia de un Estado que había cometido genocidio. Era una ironía que ya en democracia todavía existieran mujeres encarceladas injustamente ¡si la alegría ya había llegado!

¿A raíz de que se separaron como colectivo?

-Nunca nos hemos separado realmente… solo nos hemos disuelto, para después reagruparnos. Podríamos volvernos a reunir en cualquier momento.

¿Qué diferencia percibes en la figura del “artista político”, si comparas la contracultura de los ’80 con los circuitos artísticos actuales?

-El concepto de “artista” no era un título. En esa época nadie “quería ser” artista. Éramos agentes culturales que trabajábamos por la liberación del país. Las hacíamos sin Fondart, con economía doméstica se construía todo. Hicimos resistencia de olla popular. Uno extraña esa solidaridad que había… ahora tú inventas un proyecto y te preguntan “¿cuánto pagai?”; o si no hay plata: “¿qué gano yo?”.

¿Hace falta sentido del humor en el arte contemporáneo?

-Más que si hay humor en el arte contemporáneo, yo me preguntaría si estamos todos en este mundo prefabricado de Ikea. Todos buscan hacer la obra perfecta, que acomode, no moleste, y que sea inteligente. Nadie se arriesga en nada, todos quieren acomodarse.

¿Porqué crees que la gente se ofende fácilmente con el humor negro, la ironía, y el sarcasmo?

-Por problemas de comprensión lectora, falta de referentes en su bagaje cultural, y porque no está acostumbrada a que la incomoden. Quieren todo el alimento molido, no quieren masticar nada. No quieren mover ni un músculo, ni una neurona. Quieren que todo sea lineal. No tienen posibilidad de lectura a contrapelo. Vivimos en una sociedad gregaria donde todos siguen la moda.

Desde la izquierda, ¿piensas que también hay deuda con el humor, por temor a no ser lo suficientemente inclusiva en su discurso público?

-La izquierda debería tener mucho más humor para reírse de sus propias derrotas. ¡Qué mejor que reírse y tener humor sobre nuestras propias faltas! Debería ser derecho mínimo cagarse de la risa al menos una vez al día. Si no, estás cagado.

¿Qué te motivó a exponer “La Belleza Compulsiva” en la Posada del Corregidor?

-Es un proyecto que pensé a partir de un análisis de la memoria. Patricio Guzmán en “Nostalgia de la luz” (2010) decía que la memoria tiene una condición gravitacional: los recuerdos se van conectando como planetas en órbita. Después, leyendo a Hal Foster, me pareció fundamental su interpretación sobre las vanguardias de comienzos del siglo XX, específicamente la manera en que el dadaísmo y el surrealismo se relacionaron con el psicoanálisis freudiano, mientras se desarrollaba el capitalismo industrial facilitado por el Estado moderno.

¿Y qué monos pinta Goya ahí?

-Pensando en las ideas del humanismo, el progresismo, la revolución, la igualdad y la fraternidad, caigo en que América Latina también fue parte de ese proceso. Gracias a la Revolución Francesa fue apresado el Rey de España y el continente americano se levantó en armas. Ahí recordé a Goya, que dejó testimonio del sufrimiento del pueblo español ante la llegada de la Ilustración, entró en locura. Era un progresista que quería cortar las cadenas medievales de España y las colonias. Lo acusaban de «afrancesado», pero se dio cuenta de los horrores de la guerra. Auschwitz fue otro genocidio, con cuerpos sometidos al exterminio.

Lo que variaron fueron las técnicas, el impulso fue el mismo….

-Esos gestos compulsivos en la historia de la humanidad, que repite la misma acción de matanza sobre sí misma, son los que reviso en la exposición. Nos han adormecido a través de la pantalla, vemos todos los días otra masacre más: en Palestina, bombardeos en Ucrania, matanzas en África, etc. Seguimos en 1936 y el poder aún convierte en carne molida a la humanidad.

Resulta provocadora esa dimensión espectacular que irradia la guerra como industria…

-Hal Foster recuerda un episodio de la Primera Guerra Mundial. André Bretón y Louis Aragón estaban de soldados enfermeros, re-cagados de miedo porque llegaban cuerpos mutilados, sangrando, y los dos nerviosos tratando de atender gente. Les piden que se tranquilicen, que todo lo que estaban viendo era una película, con actores, en un gran cine. Eso me conmocionó.

¿Te identificaste con los surrealistas y su interpretación del marxismo?

-Me siento más identificado con los dadaístas que hicieron parodia del discurso decadente del Tercer Reich. Estos episodios escabrosos llevan a tomar posición no solo desde el lugar del inconsciente onírico o el hiperrealismo, sino a través de una mirada analítica.

La estás troskeando…

-Yo no reproduzco, trato de visibilizar en imágenes y palabras lo escabroso del espacio al que nos hemos acostumbrado. Pero no evidentemente, lo peor que le puede pasar a una obra es ser literal. Ante este consumo de la guerra, trato de darle un giro, jugar a esta parodia de desplazamiento con este brillo ordinario de estas joyas chinas que no cuestan nada, y pongo en el pedestal del arte, para ironizar el placer de esa identidad popular, provocando una crueldad tragicómica.

Inteligentes los chinos… observan los hábitos del consumidor latino y comprenden a la perfección sus preferencias, incluso anticipándose a las tendencias del “mainstream”, ¡podríamos secuestrar a uno!

Los chinos nos fotocopian, son capaces de reproducir todos los imaginarios posibles de las bellezas que salen de esa compulsión. Han cubierto todo el mercado. Son una gran fábrica del deseo capitalista. En 60 años pasaron de ser agrícolas a convertirse en la proyección de lo que tú quieras. Lo tienen todo. Podís pedir un elefante y te lo mandan, o una aguja. El mercado chino es como el sombrero del mago: metes la mano y puedes sacar un conejo, o cualquier cosa que se te ocurra.

Fetichismo del genocidio e indolencia de la mirada

¿Cómo te explicas el placer y la identificación popular que provocan las imágenes de la guerra y el crimen en el consumo cultural contemporáneo?

-Está en el ADN de la humanidad esa crueldad. Algunos dicen que uno nace así, otros que se construye. El cuadro que más me impresiona de Goya es el del soldado francés fumando pipa mirando una hilera de ahorcados. Él vivió la invasión napoleónica en España, hace dos siglos. De ese mundo análogo, al pasar a la época de la reproducción de la imagen, después del grabado, con la fotografía y luego las vanguardias, persistió la satisfacción por el crimen y la guerra como espectáculo masivo. La estética de la guerra es también la estética del fascismo. Esa crueldad no es de una sola persona, ni dos, o tres, es sistemática. En la atmósfera de los campos de concentración no es que hubiese solo crueldad, yo creo que había maldad, intrínseca en el sujeto.

¿En qué medida piensas que esa “maldad” repercute desde lo individual a lo colectivo?

-Hannah Arendt explicaba lo que significa que no es el sujeto, sino el conjunto de sujetos el que produce esa crueldad, y la produce como consumo. La gente necesita construir al otro como enemigo,  es la potencialidad del crimen y de hacer desaparecer al otro. “¡Vamos a la plaza pública a ver cómo le cortan la cabeza al sospechoso!”. El pueblo disfruta de esa sangre, les encanta ver rodar cabezas.  Pasamos de los 24 cuadros por segundo de la imagen digital a la imagen continua. Nos sentamos frente a ese monitor, y vemos cómo bombardean el mundo, hacen explotar a la gente, torturan, graban…

Y se sacan la selfie con las personas del bando enemigo como trofeo…

Este consumo cultural ha adormecido. Vemos cómo las Torres Gemelas han sido bombardeadas una, dos, tres, siete veces y podemos reproducir el video otras mil más. Ya es la imagen del espectáculo, de lo sublime. Una poética donde la naturaleza humana, devastadora, pretende construir esta estética del horror y del miedo. Pero hemos perdido tanto el miedo con la saturación que ya estamos anestesiados delante de la pantalla. Y nos sorprendemos cuando la naturaleza chasquea los dedos, y borra una ciudad entera. Se cae un glaciar por el calentamiento global y creemos que somos totalmente inmaculados, seres únicos, pero capaces de cometer genocidios.

¿Crees que a estas alturas es necesario pensar la violencia como forma de comunicación y producción de identidad?

Eso es lo que nos habita, o nos hacen habitar. Necesitan una sociedad adormecida, donde los ciudadanos vivan aterrorizados, y esté prohibida la alegría. En Chile tenemos al Larry con Quiroz, son “el gobierno de los fomes”, de los grises. Quieren una sociedad culposa donde tienes que tener terror y no dejan a la gente ser feliz. Nos transmiten con la guerra, el precio de los combustibles, la delincuencia…

¡Dios, Patria y Familia!

Si, pero no nos hablan de fiesta. Por eso se echa de menos lo que fueron las fiestas Spandex, se siente nostalgia del underground ochentero, o de Pedro Lemebel encantado de la celebración dieciochera. La gente podía ser feliz y se liberaba. Eso es lo que hace falta. Como dijo Pedro Lemebel en una entrevista: “la gente merece celebrar, porque este país no tiene carnaval”. 

Antonio Urrutia Luxoro
Sobre la autora / el autor
Antonio Urrutia Luxoro
Escritor y crítico cultural.
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