Opinión

Happening con K

Trump quiere conquistar el mundo. Y si esto implica dar cuenta de una revisitada y más ionizada ideología del “patiotraserismo”, pues no se detendrá ni habrá organismo internacional alguno que pueda frenarlo, precisamente, porque líderes como el presidente de nuestro país, junto a decenas de otros en todas partes han coreado, mientras agachan la cabeza y sin complejos, el vergonzoso “yes man”.

La palabra happening se entiende en lengua inglesa como suceso, acontecimiento, algo que irrumpe. Desde la década de los 50 se ha vinculado a un tipo de expresión artística en donde lo que primaría es la participación de los espectadores (o “las masas”), intentando generar una inversión de la clásica díada artista/público –las intervenciones de Spencer Tunick, por ejemplo, pueden ser comprendidas dentro de esta definición–.

Ahora bien, el happening no tiene por qué hacer reír necesariamente, ni dar felicidad ni distribuir placeres; en tanto intervención e improvisación, éste puede ser una contingencia triste. Y esto es, justo, lo que pensamos que es el “Chile actual”: un páramo gris, un presente opaco, una árida palabra que en su devoción a alinearse (Chile pasa desde ahora a ser un país alineado) con las pulsiones expansionistas de la primera potencia mundial, no solo permuta su dignidad y soberanía, sino que deviene un secano ideológico presto a licuarse en ese acuerdo –que ya en sí mismo contiene el pulso imperial de quien lo dirige– llamado el “Escudo de las Américas” y al cual Trump indicó formalmente como una acción destinada a “Defender la soberanía hemisférica”.

Creo que nunca se había escuchado una expresión tal: “soberanía hemisférica”. La soberbia contenida en estas dos palabras, el nuevo marco mitológico que pretende desplegar, así como la dopamina militar, política y económica que busca diseminar en todo el continente no había tenido, ni siquiera en las décadas de los 60-70, este nivel de densidad y potencial realización.

Este happening en el desierto, este instante de irrupción penosa, no es un juego. Kast, al adherir a este acuerdo, no hace ningún gesto simbólico ni tampoco improvisa, es una decisión política de subalternización que excede el tiempo que lleva en el poder. Y esto porque ya desde antes de ser presidente su subordinación a lo que indicara la “doctrina Donroe” ya venía lubricada por ese happening de la fealdad que significaba, y significa, adherir sin rémoras a lo que sea que emane de EEUU.

Su sometimiento era esencial o, al decir de Tomás de Aquino, quiditativo (“quod quid erat ese, o sea: esto por lo cual tiene que ser algo”. Del ente y de la esencia. Libro I).

Entonces la subordinación, las rodillas en el piso y el rictus devoto, no tiene nada de happening en el sentido de acontecimiento imprevisible. Y este zelota de Donald Trump en el que ha devenido el presidente Kast, no hace más que imprimirle contexto y proteína al intento deliberado, por ridículo y de dibujos animados que nos parezca, del mismo presidente de Estados Unidos por conquistar el mundo.

No es otra cosa, el asunto no se desplaza a ningún otro significante político: Trump quiere conquistar el mundo. Y si esto implica dar cuenta de una revisitada y más ionizada ideología del “patiotraserismo”, pues no se detendrá ni habrá organismo internacional alguno que pueda frenarlo, precisamente, porque líderes como el presidente de nuestro país, junto a decenas de otros en todas partes han coreado, mientras agachan la cabeza y sin complejos, el vergonzoso “yes man”.

Jacques Rancière escribe que la democracia “[…]se sostiene y encuentra un modo de reconciliarse con las anomalías y los monstruos que secreta” (En quel temps vivons-nous ?, 2017). En este sentido, se piensa, que al día de hoy los monstruos son los personajes del happening que urden su deseo expansivo e imperial sin medidas, sin límites, sin un ¿hasta dónde? Y el mundo se transforma en una caudal de aguas servidas en el que los totalitarismos devenidos monstruos –creados por la fórmula representativa– han encontrado su escenario perfecto para desatar su violencia.

Ahora, no olvidemos que, y parafraseando al gran sociólogo Max Weber: “La dominación supone primero la voluntad de que querer ser dominado”; o en la misma línea, al decir de Étienne de La Boétie, lo que experimentamos como un happening de lo ominoso, es una “servidumbre voluntaria”.

Mundo triste, país triste, presente triste, cuerpos tristes.

Qué más quisiera decir todo lo contrario, pero no soy funcionario ni de la Casa Blanca ni de La Moneda.

Las opiniones vertidas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan necesariamente la visión de LVQS.

Javier Agüero Águila
Sobre la autora / el autor
Javier Agüero Águila
Dr. En Filosofía. Académico Universidad de los Lagos Fondecyt Regular nº 1260178.
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