Opinión

Entre granjas de bots y ChatGPT: ¿Quién está haciendo periodismo?

Y es ahí donde la responsabilidad de los medios adquiere una dimensión fundamental y democrática. Porque cuando el periodismo amplifica sin filtros, contribuye a validar discursos y proyectos de poder que se sirven de esa desinformación para avanzar. Una granja de bots puede producir volumen, instalar un hashtag, multiplicar un ataque y dar la apariencia de consenso. Pero para convertir ese ruido en realidad política necesita que alguien lo legitime.

En una época que hoy parece lejana, para ser periodista había que partir por algo elemental: informarse y abrir preguntas. Parece una obviedad, casi absurda, pero no lo es. Hoy, para ponerse ese traje, puede bastar con abrir una cuenta de Instagram, diseñar un logo en Canva, convertir lo que circula en redes en «noticia» y escribir «medio de comunicación» en la biografía.

El problema no es que cualquiera pueda publicar. El problema es confundir la posibilidad de publicar con el oficio de informar.

Tener una página web y usar IA no te convierte en periodista. Tampoco un título universitario, por cierto. El periodismo empieza bastante después: leyendo, informándose, entendiendo el contexto, haciéndose preguntas y desconfiando de las respuestas demasiado fáciles. Cuando uno aprende a distinguir entre lo que sabe, lo que cree y lo que todavía tiene que averiguar. Cuando verifica precisamente aquello que quisiera creer, llama a quien preferiría no escuchar, contrasta versiones y cambia de opinión si los hechos contradicen sus propias certezas. Y cuando, después de todo eso, publica aquello que quizás su propia audiencia no quiere leer. Informar no es confirmar lo que ya pensábamos antes de empezar a reportear.

Por eso el caso Cerimedo es tan grave como ineludible. Y abre una pregunta contundente: ¿Qué ha hecho el periodismo mientras la política aprendía a fabricar opinión pública industrialmente?

La ruta del dinero

Sabemos que el ejército de bots del argentino operaba en Chile desde la campaña del Rechazo durante el primer proceso constitucional y que su nombre aparece relacionado con distintos actores de la política chilena. Entre ellos, el Presidente Kast, quien admite conocerlo y niega haber trabajado con él. Lo que ignoramos es hasta dónde llegaron esas relaciones, quién financió determinadas estrategias, quién las conocía y si existió manipulación digital organizada en procesos electorales.

Esas respuestas debería darlas la comisión investigadora aprobada por la Cámara de Diputadas y Diputados, incluyendo entre ellas una fundamental: cuál es la ruta de ese dinero. Una que tiene, al menos, una parada obligada: el actual presidente de Codelco.

La fundación Ciudadanos en Acción, creada y liderada por Bernardo Fontaine -también miembro del equipo estratégico y económico de Kast durante la última presidencial- recibió $1.906 millones en donaciones entre 2015 y 2024. Solo en 2024, más de $209 millones provinieron del extranjero. Quién puso ese dinero lo desconocemos.

La organización desplegó campañas políticas en redes sociales y trabajó con Matías Lorca, responsable de “Canal de Mati”, una de las cuentas señaladas por difundir falsedades contra Evelyn Matthei durante la campaña presidencial.

Entonces, señor Fontaine: ¿Nos puede decir quién financió a Ciudadanos en Acción, y si parte de esa plata terminó alimentando campañas políticas y estructuras digitales destinadas a intervenir en la opinión pública?

El país necesita saber quién pagó la cuenta. Porque cuando el poder económico se cruza con una política dispuesta a utilizar cualquier resquicio tecnológico para conquistar el poder, la desigualdad deja de expresarse solamente en quién puede pagar más. Se expresa también en quién puede financiar la mentira hasta hacerla parecer realidad.

Por eso Cerimedo va más allá del personaje. Nos obliga a mirar cuáles son los límites democráticos de una maquinaria comunicacional que dispone de recursos, tecnología y redes internacionales, y es capaz de intervenir en la percepción pública antes incluso de que el periodismo alcance a preguntar qué está ocurriendo.

Y es ahí donde la responsabilidad de los medios adquiere una dimensión fundamental y democrática. Porque cuando el periodismo amplifica sin filtros, contribuye a validar discursos y proyectos de poder que se sirven de esa desinformación para avanzar. Una granja de bots puede producir volumen, instalar un hashtag, multiplicar un ataque y dar la apariencia de consenso. Pero para convertir ese ruido en realidad política necesita que alguien lo legitime.

Cuando una tendencia fabricada se transforma en “noticia”; cuando decenas o cientos de cuentas anónimas se convierten en “indignación ciudadana”; cuando un video convenientemente editado salta de X o TikTok a un matinal, la operación ya no pertenece solamente al algoritmo. Entró al periodismo.

Por eso resulta sintomático observar cómo algunos medios y periodistas descubren hoy, “oh, con sorpresa”, la gravedad de mecanismos que llevan años operando frente a nuestras narices.

Un bot puede mentir, multiplicarse y hacer pasar una operación política por opinión pública. El periodista tiene que desmantelar el engaño, no ayudar a instalarlo.

Y eso vale para todos, sea el medio empresarial o independiente. Para el que coincide sospechosamente bien con los intereses de sus propietarios, y para el que empieza a decirle a su audiencia exactamente lo que quiere escuchar.

Confirmar no es informar. Un periodista que confirma sus propias certezas y un medio las de su audiencia son dos caras de una misma trampa. Cerimedo lo entendió muy bien: construyó un imperio de bots capaces de simular, a escala industrial, una opinión pública que nunca existió.

Periodismo apurado

Estamos ante un síntoma, no una excepción. Y no aparece en el vacío. Lo hace en medio de una profesión que hoy no tiene tiempo para preguntar, o que simplemente elige no hacerlo.  Atravesamos una precarización feroz mientras se multiplican las herramientas para hacer periodismo y también las posibilidades de hacerlo mal.

Hoy a un periodista se le pide reportear, grabar, editar, hacer una gráfica, escribir el copy, subir el reel, administrar Instagram, mirar Analytics y, entre medio, si alcanza el tiempo, investigar.

Es en ese periodismo apurado, sobrecargado y con cada vez menos tiempo para investigar, donde la inteligencia artificial encuentra un terreno especialmente fértil. Puede devolvernos tiempo, sí. Lo que no puede darnos es criterio. Ejercerlo sigue siendo nuestra responsabilidad. Y también decidir si usamos ese tiempo para mejorar nuestro trabajo o hacer periodismo desde ChatGPT.

Las opiniones vertidas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan necesariamente la visión de LVQS.

Jessica Celis Aburto
Sobre la autora / el autor
Jessica Celis Aburto
Periodista. Especializada en comunicación estratégica, ecosistemas digitales y narrativas de transformación social.
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