Opinión

El brutalismo

Una reflexión sobre el concepto de Achille Mbembe y su vínculo con una sociedad que, bajo nuevas formas de poder, clasifica, excluye y deshumaniza, mientras reduce el espacio para la crítica y el pensamiento.

“La tierra tiene una piel; y esa piel tiene enfermedades.

Una de esas enfermedades se llama hombre”

F. Nietzsche

“El brutalismo” es un concepto desarrollado por el pensador camerunés Achille Mbembe en el ensayo del mismo nombre publicado en Francia el 2020 (Brutalisme, Éditions La Découverte).

En términos amplios, el brutalismo es una forma de ejercer el poder en la cual este ya no es concebido para ordenar u organizar una sociedad, sino para fracturarla y generar un excedente, una humanidad de sobra que no está considerada en el proyecto mismo del sistema neoliberal global, bien que requiera de esta “grasa” para eliminarla y precisar sus objetivos.

Esto sería lo propio de la política de nuestro tiempo: anular cuerpos disidentes, despojar territorios y acabar con el porvenir de este plus de humanidad que, por defecto y efecto, requiere de un radical proceso de deshumanización.

Ahora bien, el brutalismo en su agencia biopolítica –o “necropolítica” por seguir otros de los conceptos claves de Mbembe– busca reducir este resto a una cuantificación numérica, a abstracciones de orden datológico dentro de las cuales el flujo de lo deshumanizante alcance algo así como su constatación. Lo que sobra se cuenta, el excedente se mide, la “grasa” se categoriza; todo con el objetivo de demostrar su inutilidad social, su condición de apéndice y la irreversible política de cancelación a la cual debe ser sometido. Todo esto produce una sobreposición entre lo biológico y lo tecnológico; es decir, cómo el avance de la técnica puede subalternizar la vida en función de intereses políticos superiores: he aquí lo que podemos llamar “tecnofascismo”. Si la vida es por definición inapropiable, pues el brutalismo la devuelve sensible no solo a su apropiación, sino a su expropiación. Se apropia y se expropia en un ejercicio sistemático de colonización tecnológica que lanza, luego, a políticas de muerte que están llanas a justificar, incluso, el genocidio.

Tal como lo sostiene Mbembe, para que el brutalismo encuentre su espacio es urgente “(…) abolir lo político” (Brutalismo, 2022, p. 110. Edición española de Paidós). Pero todo va de acabar con lo político, entendiendo que cualquier reunión de individuos que se movilicen en el justo perímetro de la resistencia, debe ser expulsada del mundo y sustraída de toda intencionalidad común que transparente un desacato. Escribe Mbembe: “Nuestra época está buscando nuevas bases de clasificación de los seres vivos”, (Brutalismo, 2022, p. 116). Y estas nuevas bases, como se sostuvo, son construidas a la luz de lo útil y lo inútil, de lo que es servil o inservil al devenir neoliberal; en definitiva, un tipo de clasificación cuya fórmula es la adherencia voluntaria o la desadherencia forzosa… brutal.

Todo esto puede ser entendido, también, a partir de lo que Rita Segato denominó “pedagogías de la crueldad” (Segato, Contra-pedagogías de la crueldad, 2014), las cuales se entienden como un extensivo plan civilizatorio en donde la humanidad es sometida a una abstracción tal, que queda reducida a un puro guarismo, a una manera de ser que carece de ontología en la medida en que se construye solo desde una operación que eyecta al ser a la zona de cosificación y la indiferencia.

De plano, el brutalismo y la crueldad se anarquizan respecto de la vida, dándole una importancia igual a cero y una función, a lo más, sostenedora del sistema en tanto siempre será necesario tachar para operar, excluir para predominar, anular la existencia de muchos para precisar la hegemonía de pocos.

Entonces, ¿por qué todo este somero repaso el gran filósofo Mbembe?

Porque en Chile lo que vivimos y experimentamos en el raspaje cotidiano de una sociedad gestionada por un tecnofascismo deshumanizante es, justo, brutalismo.

Es decir, el ejercicio de un poder que clasifica, excluye y crea un margen reflejo de la más absoluta arbitrariedad; poder que densifica “áreas prioritarias” en función de su proyecto ideológico de una sociedad sonámbula y en nombre de una supuesta apertura al mundo de la IA; poder que zombifica a los individuos creando una realidad lateral en la que no es necesario pensar, ni ejercer la crítica ni, menos, llegar a tener la delirante idea de que las humanidades sirven para algo que rebote como ”producto” y rente en la inmediatez de la inopia neoliberal.

País brutal, brutalista y brutalizante que en su nuevo diseño de ultraderecha que viene de clavar banderas con una megareforma tributaria y que expresa sus deletéreos valores económicos, entendió que la batalla que llega implica insertar el espéculo y abrir el cuerpo social extirpando los órganos críticos. Y para esto aparecen los que se ven a sí mismos como oráculos de la sensatez, haciéndole el trabajo al kastismo, cuadrándose con todo el espanto.

Desde Sebastián Edward a Pablo Ortúzar se arriesgan juicios tan toscos como que “Esta crisis no es tan sorprendente si se tiene en cuenta el daño hecho por el avance del irracionalismo posmoderno durante los 80 y los 90” (P. Ortúzar, La Tercera, 16 de agosto, 2026). No sé si Ortúzar habrá entendido que el posmodernismo y la categoría posestructuralista no son lo mismo; estoy seguro de que asume que pensadoras/es como Butler, Foucault, Fraser, Deleuze, Derrida, en fin, son posmodernos –creyendo, a su favor, que realmente las/os ha leído– cuando ellas y ellos mismos se declaran más bien herederos de Althusser y que el “posestructuralismo” es un mote puesto por los norteamericanos a la recepción de la French Theory. En fin, la filigrana artificial y básica de quien lanza bravatas “anti-woke” sin la honestidad intelectual para decir que, en serio, han leído la obra completa de aquellos que de manera facilista y elemental, se adelantan en clasificar burdamente.

Chile: país donde el brutalismo encontró su espacio y en donde sus sacerdotes celebran sus liturgias anti “posmodernas”, con cinismo más o cinismo menos, favoreciendo sin un asomo de complejo sus propias áreas prioritarias.

Las opiniones vertidas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan necesariamente la visión de LVQS.

Javier Agüero Águila
Sobre la autora / el autor
Javier Agüero Águila
Dr. En Filosofía. Académico Universidad de los Lagos Fondecyt Regular nº 1260178.
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