PAÍS DILUIDO: Sobre la “tragedia” de los temporales como producción político-mediática
Las ciudades de un país chatarra, la chatarra de las ciudades diluidas por un país igualmente disuelto. Cuando, en su caracterización del movimiento del capitalismo, Marx decía que “todo lo sólido se desvanece en el aire”, el invierno chileno -acaso lo que queda de él- podría redefinirlo en el sentido de que toda chatarra se diluye en el agua.
Un poco de lluvia, incluso menos de la normal en lo que precipitaba tradicionalmente en el país, y el país se diluye. Los techos, muros, puertas, todo filtra. El agua entra, excede sus canales -habitualmente secos- disuelve la existencia de caminos, negocios, semáforos, la cartografía urbana muta: la ciudad deviene un conjunto de lagos, ríos, charcos y el frío se desliza por la piel mientras la luz se corta, el agua se pudre y los medios producen pánico con imágenes de periodistas con botas colocando el micrófono ahí donde la lluvia golpea sobre la chatarra.
Porque se trata de chatarra, tanto como luce como si no lo fuera como cuando es arrasada por las aguas. Las ciudades de un país chatarra, la chatarra de las ciudades diluidas por un país igualmente disuelto. Cuando, en su caracterización del movimiento del capitalismo, Marx decía que “todo lo sólido se desvanece en el aire”, el invierno chileno -acaso lo que queda de él- podría redefinirlo en el sentido de que toda chatarra se diluye en el agua.
Por supuesto, la chatarra no se aloja en todo el país por igual. Se distribuye por zonas específicas que nunca son las comunas más ricas y que todos los años, como si de un mito se tratara, repite la catástrofe. Porque el advenimiento de la lluvia en invierno y la proliferación de los fuegos en verano, no son otra cosa que la irrupción de la Naturaleza.
Pero no se trata de la Naturaleza a secas, como si ésta existiera de suyo, sino de la representación producida por la visión oligárquica y que ha dominado el país por siglos.
Tal visión no aparece bajo el modo de la armonía sino más bien, de la violencia, la fuerza, la fatalidad. Y si se trata de fatalidad, habríamos de subrayar que, los propios medios y el discurso oficial en general, recalca que la disolución del país en medio de las lluvias constituye una “tragedia”.
Detengámonos en esta palabra. “Tragedia” designa una pieza escénica en la que se enfrentan dos fuerzas antinómicas, la naturaleza y la cultura, la familia y el Estado para ponerlos en términos de la Antígona de Sófocles. Dos fuerzas cuyo conflicto se resuelve en una culpa atribuida al destino. Tal como Edipo, acostándose sin querer con su madre, cuando se da cuenta de ello no puede más que destruirse los ojos para no contemplar el horror que la fuerza del destino le ha hecho cometer.
Así la Naturaleza aparece como el reducto de lo mítico y, al inscribirse como una tragedia, se le representa como una fatalidad: lo que ocurrió no podía sino ocurrir. Y sobre todo, es normal que ello ocurra. Y lo es porque es una “tragedia” que se repite una y otra vez: los seres humanos no pueden controlar su destino, porque la Naturaleza les arrasa. Por cierto, la concepción de la Grecia antigua en la que escribe Sófocles sobre la Naturaleza respecto de la nuestra es totalmente diferente.
Pero, en la noción de la misma, ésta sigue ciñéndose a una fatalidad que sería incontrolable y, respecto de lo cual, como bien había advertido Pedro Lemebel en una nota al respecto, año tras año se repite lo mismo.
Lo “mismo” es del orden del mito y, si se quiere, del mito del orden. Sólo hay orden ahí donde no puede sino repetirse “lo mismo”. Mas, donde tiene lugar dicha repetición tiene lugar una culpa. Algo hizo un pueblo que molestó a los dioses, algo transgredió un tabú y entonces el castigo adviene.
Curiosa escena la que tenemos aquí: si lo circunscribimos al contexto de los últimos años de la política chilena, nos encontramos con que el relato oligárquico dice exactamente eso: la revuelta popular transgredió los principios de la “democracia” y, por eso, debe ser castigada. Un castigo no solo político también, y sobre todo, cósmico: es la Naturaleza la que inscribe el castigo e inunda al país chatarra que no puede salir del orden mítico y del mito del orden.
Ese mito del orden, que se repite año tras año y que porta consigo el desbande del agua (lluvias) y del fuego (incendios), es parte de la máquina política del ordenamiento “portaliano” que la oligarquía ha intentado no solo restituir, sino consolidar en los últimos años.
Que el país disuelto como una tableta efervescente en un vaso de agua sea producto de lo que los medios corporativos llaman “tragedia”, introduce, por tanto, una doble operación: repetición y castigo; si se quiere, condena por haber hecho algo o, simplemente por ser algo (pobres por ejemplo).
Pues las “tragedias” discriminan por clase: los ricos mantienen sus comunas “seguras” con acaso un semáforo cortado o un par de días sin luz; los pobres pueden perder su entera vivienda e irse albergues por un plazo indefinido.
En otros términos, deberíamos subrayar la operación política de los medios corporativos al enmarcar el proceso de lluvias en Chile como una “tragedia” puesto que, al hacerlo, introducen el acontecimiento inevitable de un tiempo circular propio del mito. Pero de un mito salvaje, destructor, castigador y que, por tanto, exige sacrificio y orden.
Nuestros dioses son crueles, y asoman su garra en la voz de los medios corporativos que, necesariamente alineados con la estrategia de “emergencia” del gobierno, ofrecen pánico a la población y consuelo en la escenificación “trágica” frente a la cual solo cabría esperar el conformismo.
Este es el quid del asunto: si todos los días se contempla al país diluirse entre los canales -no de agua sino de TV-, ello redunda en el conformismo más abyecto, dado que la situación se escenifica editorialmente como una “tragedia” frente a lo cual no sólo nada se puede hacer, sino que necesariamente expresa nuestro castigo.
País castigado por su clase dominante, país capturado por una narrativa trágica que devuelve la ferocidad del mito ahí donde cabría no anegarnos ni diluirnos, sino chapotear y jugar entre las gotas.
Si el orden oligárquico chileno, que hoy despunta triunfante después de la victoria de Kast y su megarreforma, introdujo, vía Diego Portales, una noción feroz de Naturaleza -una noción “trágica” que exige su control y, por tanto, la función policial-militar sobre la República, la poesía chilena cristalizada en Gabriela Mistral asumió otra noción de Naturaleza: no una concebida como pecado y tragedia, sino como gracia y armonía.
Poema de Chile traza el canto del huemul (no del cóndor) precisamente porque este es gracia y no fatalidad o pecado.
Por otro lado, la “ilustración obrera” de Luis Emilio Recabarren en su libro La Materia eterna e inteligente nos ofrece una noción de la Naturaleza -cristalizada en la noción de ”materia”- totalmente lejana a la cuestión mítica de la violencia: la materia, dice Recabarren, puede organizarse sola sin ayuda de ningún principio formal que la conduzca y le de forma.
Tanto Mistral como Recabarren, bajo nociones diferentes, desafían la noción “trágica” que la oligarquía chilena inoculó en torno a la Naturaleza y que hace que no solo no podamos experimentar a una simple lluvia como gracia sino que, además, tiene el efecto político de reafirmar el orden en una escena de “emergencia” donde las autoridades ven confirmadas sus absurdas predicciones: ¿ven? -dijo el ministro Quiroz- para eso estamos haciendo recortes, para los momentos como éste en que debamos hacernos cargo de la emergencia.
En otros términos la idea “trágica” de Naturaleza reafirma el rol personalista de la autoridad y restituye no solo el orden del mito sino también y sobre todo, el mito del orden.
Las opiniones vertidas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan necesariamente la visión de LVQS.


