Opinión

Ataque a Irán: Lo que la TV y analistas no dicen sobre los acuerdos Abrahámicos

La nueva repartición del espacio imperial sitúa a Israel como la potencia de Medio Oriente que, para consolidar su lugar, requiere del establecimiento de los Acuerdos Abrahámicos.

Los objetivos del ataque a Irán, me parece, son tres. En primer lugar, consolidar el dominio de los Acuerdos Abrahámicos que provee de un intercambio securitario y económico fundamental entre Israel y los países árabes, en particular, las petromonarquías y que había sido la fórmula “trumpista” de su primera administración que Irán, justamente, en la medida que, gracias a la mediación china, había reestablecido las relaciones diplomáticas con Arabia Saudita que se habían cortado en el año 2016, impedía una “normalización” con el régimen sionista.

Un aspecto importante: dichos Acuerdos fueron formulados por el trumpismo en su primera administración pero contó con el rápido interés árabe porque estos Acuerdos fueron el momento reaccionario orientado a aplastar cualquier posibilidad de la primavera árabe desencadenada hacia finales de 2010. En este sentido, dichos Acuerdos son el momento reaccionario con el que la región termina por neutralizar su insurrección popular. 

En segundo lugar, y en contra del discursito “emancipador” que ya conocemos de los estadounidenses cada vez que atacan, invaden o intervienen un país, esta arremetida va contra de la posibilidad de la organización popular que, en los últimos meses (en realidad en las últimas décadas), ha protestado firmemente contra el régimen favoreciendo un supuesto “cambio de régimen” que ponga una nueva versión del sha en el poder, persiga a líderes políticos, organizaciones sociales y neutralice la verdadera irrupción popular en las esferas del poder.

Conjurar al proletariado iraní significa establecer las garantías políticas que permitan consolidar los Acuerdos Abrahámicos entre Israel y los países árabes sin presiones de Irán. Significa controlar Irán completamente y someterlos a los intereses israelíes.

En tercer lugar –y esta es la cuestión decisiva- el ataque a Irán tiene por objetivo la consolidación de Israel como única superpotencia de Medio Oriente que, como tal, no tenga rival alguno que pudiera desafiarle, tal como ocurre hoy con Irán.

Es importante esta última consideración porque ello conecta con lo que está ocurriendo a nivel global en la nueva articulación del capitalismo que excede con creces a los gobiernos de Trump y Netanyahu: la globalización que conocíamos se agotó económica, política e ideológicamente. Hoy, ingresamos a su reverso “nacionalista” donde los imperialismos dan paso a una globalización de segundo grado en que lo que parece estar en juego es la repartición de la Tierra en diversos espacios imperiales diferenciados: América Latina quedaría para la influencia de los Estados Unidos, Taiwán para China, Ucrania para Rusia y, por cierto, Medio Oriente para Israel.

La nueva repartición del espacio imperial sitúa a Israel como la potencia de Medio Oriente que, para consolidar su lugar, requiere del establecimiento de los Acuerdos Abrahámicos.

A partir de estos tres objetivos –que me parece extraño que los analistas no lo hayan puesto de relieve- Estados Unidos podrá consolidar el flujo petrolero desde Irán a Venezuela. Sin embargo, ese flujo no es el aspecto decisivo si acaso no pasa por convertir a Israel en la potencia imperialista tal como éste viene desplegándose desde su fundación en 1948 pero, sobre todo, desde la guerra de los 6 días en 1967.

En este escenario se entiende porqué la cuestión palestina resultaba decisiva: la irrupción palestina del 7 de Octubre de 2023 sobre los Territorios Ocupados por Israel desde 1967 marcó un momento de suspensión del curso de los hechos que consolidaba a los Acuerdos Abrahámicos y reducía la cuestión palestina a un simple aspecto demográfico, invisibilizándola.

Si a eso se suma el apoyo iraní a las milicias palestinas y libanesas (Hezbollah) y la aparición de los Huthíes que boicotean mínimamente el flujo del capital global, Irán se convertía en el punto de condensación del problema regional, es decir, del problema sionista. Con ello, la cartografía regional de ese momento impedía la consolidación de los Acuerdos Abrahámicos; impedía, a fin de cuentas, el proyecto neofascista de la nueva fase del capital: que Israel se pudiera constituir en la única superpotencia regional.

Las opiniones vertidas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan necesariamente la visión de LVQS.

Rodrigo Karmy
Sobre la autora / el autor
Rodrigo Karmy
Doctor en Filosofía. Académico de la Universidad de Chile.
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