Carlos Siri, el nuevo rostro de la ideología de la autodefensa
Nadie podría estar en desacuerdo con que lo que sufrió Carlos Siri, dueño de la Antigua Fuente, durante el Estallido Social es bastante inaceptable. Su local fue atacado una y otra vez. Era casi un objetivo de quienes rompieron por romper sin saber por qué lo hacían (aunque algunos trataran de explicárselo).
Nadie podría culparlo de haber agarrado odio hacia todo lo que representara el Estallido y los vestigios que dejó en su fuente de soda. Sin embargo, sí se puede cuestionar su actuar político y el discurso que ha levantado a raíz de su situación personal.
Siri, hoy, ya no es solamente un emprendedor al que las protestas del 2019 le destruyeron lo construido. Es, principalmente, un personaje que, debido a su experiencia, ha levantado una manera de hacer política que valdría la pena poner en duda o al menos manifestar discrepancias.
La primera pregunta al respecto sería, ¿es sano que, debido una situación personal, se enarbole una idea de toda la sociedad? Es decir, ¿es saludable para el estado de la democracia que un sujeto y quienes lo respaldan hagan de la excepción en la que debió actuar un ejemplo a seguir? ¿Es prudente que sea elevado como un héroe cuando su actuar se debió a la falta de una policía articulada y meticulosa que aplicara la ley de manera seria?
No lo creo. Incluso, me parece complicado que la figura de Siri sea aplaudida. Es preocupante que la idea del “hombre solitario armado” sea romantizada por quienes dicen defender el orden y la ley, cuando realmente están parapetados en sus parcelas mentales y no tienen ninguna idea consistente de lo común.
¿Por qué lo digo? Porque ahora ese hombre, según sus miedos, apoya candidatos y hasta es considerado como un líder de opinión. ¿Está mal que opine? Claro que no. El problema es cuando una situación en particular como ésta, sin mayor raciocinio político contundente detrás, se convierte en una energía militante en contra de todo aquello que representa-o debería representar- lo que te opones o crees que te opones.
Siri hoy es celebrado por haber transformado su miedo u odio en militancia. Su historia es llevada al cine no para contar lo que un comerciante sufrió durante el acontecimiento político más complejo de los últimos treinta años, sino para idealizar una manera de ciudadanía, un “heroísmo” que esconde una fascinación por la excepcionalidad armada y la autotutela como norma vital para la existencia.
Este comerciante hoy representa una idea de país que va en contra de toda construcción normativa consistente. A Siri no le importan la ley ni el orden, sino seguir defendiendo ese miedo u odio que, si bien a un comienzo fue explicable, ahora es un dogma, un discurso, una ideología de la autodefensa que ya no es un asunto excepcional, sino una manera de ver todo ámbito.
Una ideología que parte de la premisa más peligrosa de todas, que es el “ustedes empezaron”, y que puede dar pie a justificar todo tipo de barbaridades en beneficio de la defensa propia ya no como un asunto circunstancial, sino una acción premeditada.
Carlos Siri no es un héroe ni nada que se le parezca. Es una persona que padeció los ataques a su local. Pero el haber sido víctima de algo jamás es una virtud. Es sólo haber sido víctima de algo. Curioso que quienes han cuestionado el victimismo como herramienta política, en este caso, no lo noten.
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