Opinión

Los 11 de septiembres

Los dos 11 de septiembre se condensan en una sola imagen: el avión. Todo avión en cada escena imbricada deviene estadounidense: el Hawker Hunter mandatado por Nixon vía Pinochet, el United (o American) pilotado por un Al Qaeda formada por la CIA y el wahabismo saudí.

11 de septiembre de 1973 y 11 de septiembre de 2001 ¿qué relación tienen una y otra fecha, además, de la anécdota cuasi astrológica en la que coincide una fecha? Podríamos decir que ambos 11 de septiembre se ubican en un lugar en particular, pero asumen el lugar de una cifra histórica.

El golpe de Estado de 1973 contra el gobierno de Salvador Allende no fue solo un golpe orientado al derrocamiento de Salvador Allende. Fue, ante todo, el montaje de un espectáculo sobre el cual había que mostrar la destrucción de la república moderna.

El bombardeo de los Hawker Hunter sobre el palacio presidencial y la sobrevivencia digna del presidente y sus colaboradores en su interior, constituye el momento del fin no solo del ordenamiento inter-estatal clásico sino el principio de un nuevo orden “global” (ya no “mundial”) donde el estallido de La Moneda anuncia el advenimiento de la nueva era liderada por el capital financiero (no más por el industrial) y su gubernamentalidad neoliberal.

Por eso, el filósofo dirá Willy Thayer dirá que el golpe de Estado de 1973 constituirá el “big bang de la globalización” ahí donde la escena traumática de La Moneda bombardeada signa el fin de la revolución de los pueblos y su sumisión total a la égida del capital financiero global.

El atentado a las Torres Gemelas del World Trade Center perpetrado el 11 de septiembre de 2001 constituye un momento de inflexión decisivo para esta hegemonía apuntalada desde 1973 en el “laboratorio chileno”. Los aviones estadounidenses (a diferencia de los Hawker Hunter que apuntaban sus bombas hacia La Moneda), dirigidos por los secuestradores de Al Qaeda, se estrellan en las Torres y , lejos de constituir un “atentado” entre otros, en rigor, desplegó un nuevo montaje espectacular donde se abrió una nueva escena epocal: así como La Moneda en llamas ofrecía la destrucción de la revolución de los pueblos impulsada durante el siglo XX y el inicio del neoliberalismo con su hegemonía estadounidense, el estallido del World Trade Center muestra el momento en que tal hegemonía, llega a su fin al iniciar su mutación veloz en una guerra civil planetaria, llamada “guerra contra el terrorismo”.

Si el atentado al palacio de La Moneda fue el big bang de la globalización neoliberal ejecutado por el terrorismo de Estado bajo el imperialismo clásico, podríamos decir que el de las Torres Gemelas fue el “big bang de una guerra globalizada” que pone en funcionamiento el terrorismo de una forma imperial totalmente biopolítica. Si el atentado a La Moneda configuró un proceso en la izquierda chilena que la convirtió en “progresismo” desplazando el horizonte socialista por la pragmática democrática, el atentado a las Torres Gemelas pulverizó la ilusión democrática impulsada por el neoliberalismo que esas mismas Torres expresaban.

En este sentido, los dos 11 de septiembre son una misma cifra histórica cuya yuxtaposición dibuja la cartografía del presente. Los dos 11 de septiembres funcionan como umbrales, pasadizos veloces de una época a otra en las que no se avanza ni progresa sino se descomponen hegemonías.

Un 11 de septiembre aplastó la esperanza socialista, el otro, en continuidad del primero, desgarró la ilusión democrática de los años 90. Es ahí –en ese vacío- donde el capital intensifica su máquina en la forma del neofascismo. Porque no se trata de haber barrido simplemente con todo proyecto sino con haber despejado la cancha de los límites que, alguna vez, impuso el capital y que él mismo, en función de su propia intensidad, ha terminado por dejar de lado.

Los dos 11 de septiembre se condensan en una sola imagen: el avión. Todo avión en cada escena imbricada deviene estadounidense: el Hawker Hunter mandatado por Nixon vía Pinochet, el United (o American) pilotado por un Al Qaeda formada por la CIA y el wahabismo saudí. Todo avión es estadounidense. Esta sería la fórmula que deberíamos trabajar. No porque tal avión lo sea, sino porque todo avión se inscribe al interior de una razón securitaria con la que se ejecuta la voluntad imperial. Dos 11 de septiembre que, al final son el vuelo del terror, dispositivos de cacería, aviones que, o dejan caer bombas o se convierten en ellas. Aviones como drones conversos, Inteligencia Artificial aérea que aniquila palestinos, mujeres, niños, todo, bajo un único mandato: el terrorismo.

Justamente, ¿qué significa resistir cuando las multitudes pueblan calles, parques, plazas, irrumpen en palacios presidenciales o luchan al interior de túneles subterráneos contra las fuerzas que impulsan la aniquilación del mundo?

La resistencia no reclama un territorio como su sustracción, líneas de fugas que no se dejan amedrentar –ni localizar- por los aires asesinos. Esa resistencia que no ocupa un territorio porque está totalmente fuera de él, habita, sin embargo, un lugar. Este no pertenece ni a la tierra, ni al mar ni al aire sino a todos y a ninguno a la vez.  Este lugar, quizás, pueda llamarse imaginación. A veces irrumpe, precaria, y lanza sus mundos ahí donde los vuelos de la muerte hacen lo imposible para destruirlos.

Las opiniones vertidas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan necesariamente la visión de LVQS.

Rodrigo Karmy
Sobre la autora / el autor
Rodrigo Karmy
Doctor en Filosofía. Académico de la Universidad de Chile.
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