Salvar a Israel: La condena de Netanyahu como estrategia anti-trumpista
Salvar a Israel, condenar a Netanyahu, parece ser la fórmula progresista. Pero justamente por eso, constituye una fórmula que opera inmunizando al Estado sionista y a las potencias atlánticas (Europa y EEUU) que ayer y hoy han sido parte activa de la nakba.
Todos están por Israel, aunque odien a Netanyahu. Las armas fluyen, el genocidio no se detiene, las proclamas de buenas intenciones abundan por doquier. Algunos incluso siguen llorando por los niños de Gaza. Pero la nakba continúa impertérrita. El progresismo europeo –acaso cabe situar incluso a Macron ahí- parece intentar una propuesta diferente al mero genocidio. Sabe que si Netanyahu cumple con la colonización total de Gaza el neofascismo mundial no hará más que saborear la victoria; aspiran a que, por tanto, los principales países europeos, que históricamente han auspiciado impunemente el genocidio, puedan ser los que le impongan límite.
Para eso, parecen haber elaborado una burda salida: salvar a Israel al precio de Netanyahu. Todo debería ser un triunfo de la “humanidad”. Pero Netanyahu está lejos de tal representación: está acusado en la Corte Penal Internacional y todos los países suscritos están obligados a aprehenderlo si acaso el gobernante pretendiera pasearse por los países.
Cuando Netanyahu se paseó, los mismos que parecen querer su cabeza, permitieron su impunidad. Quizás, el giro mediático y político de algunos gobiernos, esencialmente europeos y progresistas, resida en una estrategia anti-trumpista (anti-fascista) que ofrezca una salida distinta al genocidio sionista: salvar a Israel y condenar a Netanyahu.
La devastación solo puede consumarse si Netanyahu sacrificado. Porque, de lo contrario, no habrá ganado la “humanidad”.
Las grandes corporaciones mediáticas han comenzado a pavimentar el camino mostrando, hasta cierto punto, a Netanyahu bajo la investidura del mal o, al menos, a Gaza como lugar de un genocidio. El progresismo europeo (y estadounidense, vía CNN) intenta desplegar la nueva narrativa como estrategia anti-trumpista. Macron se apresura a ofrecer una reunión para resolver la cuestión de un Estado palestino; Olmert –ex primer ministro israelí de tendencia liberal- aparece en Haaretz señalando que Netanyahu tiene que responder frente al derecho internacional, Sánchez –ahora si- pretende ejercer un embargo de armas a Israel. Pero las armas fluyen y se ocupan para la ocupación. Imparable.
En este escenario, cierta prensa nacional se apresura a montarse sobre navíos ajenos y con su característico arribismo, reproduce sin más la narrativa dominante. Por cierto, especulo a partir de ciertos signos. Propongo una hipótesis plausible. Trato de leer huellas que pudieran problematizar lo que parece “bueno” y ver sus sombras. Así, quizás estemos en un momento de re-arme de un progresismo agónico que encuentra fuerzas mínimas frente al trumpismo mundial y sus adalides locales.
Un segmento de las oligarquías, que en los años 90 abrazaron la llamada “socialdemocracia” para hacer crecer al neoliberalismo sin tapujos, ha sido desafiado por las ultraderechas y ve con espanto la emergencia del racismo que, por años, ellos ejercieron en silencio. En este sentido, el neofascismo deviene como el propio espejo del progresismo, reflejo invertido de su propio cinismo.
La máquina capitalista contemporánea se anuda en torno al acontecimiento más decisivo de la época: Palestina. Para el neofascismo, Netanyahu es Israel y debe sobrevivir a él hasta la victoria total contra el absoluto enemigo “islámico”.
Para el progresismo, Netanyahu no coincide con Israel y, probablemente, se especula que deba dar un paso al costado para que el plan de los dos Estados, ese plan urdido inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial por las potencias europeas y el movimiento sionista, pero sin la interlocución palestina, pueda, eventualmente, mantener su agónica “ilusión”. Con esa ilusión, el progresismo se mantendrá a sí mismo, de ella depende, de ella se ha nutrido.
Es en el rearme agónico del progresismo europeo como estrategia anti-fascista que el Presidente Boric ha propuesto las dos medidas contra la ocupación: en primer lugar, ponerle urgencia al proyecto de ley que descansa en el parlamento, en el que se suspende la compra de bienes producidos en Territorios Ocupados; en segundo lugar, apoyar el embargo de armas llevado adelante por España y abrir una investigación que permita diversificar la compra de armamento para el Estado de Chile.
Medidas que el mandatario situó bajo un diagnóstico: el problema sería Netanyahu y su gobierno y jamás el “pueblo de Israel”. Boric fue hábil. No tocó al Estado de Israel sino a su gobierno. Su significante fue omitido y su medida justificada en favor del derecho internacional.
No sería Israel el problema sino Netanyahu. Así, los 77 años de nakba resultan obliterados, olvidados, y el Estado de Israel –incluso su “pueblo”- resulta inmunizado de toda crítica y responsabilidad[1].
Sabemos que el gobierno de Boric es el gobierno que mayor compromiso ha declarado sobre la cuestión palestina. Eso es indudable. Podemos entender, a su vez, el entramado geopolítico y las fuerzas locales del lobby sionista que presionan a un gobierno débil.
Pero la pregunta es si las dos medidas propuestas son eficaces cuando se inmuniza al Estado sionista y se trata a Netanyahu como la raíz de todos los problemas: la nakba de 1948 no fue ejecutada por la ultraderecha israelí sino por su progresismo, la guerra de 1967 se desplegó durante el mando de Levi Eshkol, primer ministro laborista.
Solo desde los años 70 –cuando se inician sus reformas neoliberales- la derecha israelí gana terreno electoral. Por eso, esta última no puede entenderse como “causa” sino “síntoma” de una colonización que se intensifica año tras año y que ha llegado al punto de colonizar a los propios colonizadores. Por eso, tampoco puede entenderse al sionismo como una ideología de “derechas” sino como una cultura de derechas donde la vocación colonial resulta común a los dos bloques políticos[2].
Salvar a Israel, condenar a Netanyahu, parece ser la fórmula progresista. Pero justamente por eso, constituye una fórmula que opera inmunizando al Estado sionista y a las potencias atlánticas (Europa y EEUU) que ayer y hoy han sido parte activa de la nakba.
Y cabe agregar que salvar a Israel y condenar a Netanyahu, de suceder, sería algo importante sin duda, pero menor si acaso las fuerzas sionistas no se retiran de los Territorios Ocupados y Palestina no entra en un proceso real de descolonización. Convertir a Netanyahu en el chivo expiatorio y reducir todo el operar israelí a su gobierno es otra forma se perpetuar la nakba. Esta última, se consuma con o sin Netanyahu. Para los palestinos nunca hay salida. Tienen que inventarla. Por eso resisten.
[1] ¿Qué pueblo sería este que, según todas las encuestas desarrolladas desde que se inició el genocidio, desea el genocidio? ¿qué gobierno sería éste que habría aparecido de la nada para desear el genocidio?
[2] Furio Jesi Cultura di destra. Con tre inediti e un`intervista.Ed. Nottetempo, 2011, Milano.
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