Opinión

La máscara de Musk

El futurismo cibernético de Musk (que es el de Bezos y Zuckerberg) es el anex-sionismo, despliegue de alta tecnología para, al igual que Israel lo hace en Palestina, apropiarse de la tierra. Adiós liberales. Sigan en su universo paralelo.

En la ceremonia de asunción de Donald Trump, el multimillonario Elon Musk –que pertenecerá al gabinete más estrecho de Trump- hizo un discurso en el que realizó el signo nazi con su mano derecha. ¿Qué se juega en ese signo? Ante todo, la condensación de una historia que hoy queda al desnudo: la historia colonial que inventó al racismo y que se anudan en tres nombres: Sudáfrica, Israel y Estados Unidos.

“Sudáfrica”, porque Musk nació en Pretoria, hijo de madre canadiense y padre sudafricano, durante la época del apartheid. “Israel” porque la industria tecnológica sobre la que invierte Musk encuentra en el Estado sionista un lugar prominente en la medida que éste constituye la Sudáfrica del siglo XXI al profundizar políticas de apartheid y segregación contra los palestinos tal como la Sudáfrica lo hacía con la población negra; Estados Unidos, porque es ahí donde el racismo no ha dejado de desplegarse desde el exterminio de los pueblos nativos hasta el apartheid institucionalizado contra los ciudadanos afroamericanos durante el siglo XX que hoy, persiste, y conecta a la Sudáfrica “blanca” con el Israel “judío”. 

El cuerpo de Musk, con esos arreglos de botox, ese rostro blanco y el entusiasmo por el futuro que verá solo conquista espacial mientras asistimos a la pudrición de la Tierra (gracias a esa misma futurología que nos ofrece Musk) es el significante racista, el dispositivo que puede impulsar el nuevo proyecto de toma de tierra cuya colonización espacial y la igualmente nueva política de anexión territorial del planeta, transformará profundamente la cartografía de la tierra.

El triunfo de Trump es el de la Sudáfrica y el de Israel, pero todos ellos son el triunfo del “blanco” en el preciso momento de su agonía. Un momento en que la promesa liberal se ha quebrado y su escatología imperial que exportaba al capital denominado “democracia” con el que los Estados Unidos habían terminado por conquistar el mundo, se ha terminado. Condensado en ese momento del año 2020, bajo la presidencia del presidente más viejo de la historia estadounidense que no hizo más que perpetuar el agotamiento de la promesa que Trump 1 ya había dejado expuesto, las tropas estadounidenses se retiraron de Afganistán.

Musk es un racista. Pero lo relevante no es lo que él sea sino los significantes que pone en circulación.

Musk llega con Trump después de un año de exterminio israelí en Gaza. Exterminio que utilizó Inteligencia Artificial, la misma que recibirá 500 mil millones de dólares de inversión por parte de la administración Trump, según acaban de anunciar. Pero resulta interesante la homofonía del término “Musk” con la palabra inglesa “Mask” (Máscara).

¿Musk es máscara de algo? ¿Qué es lo que oculta de la máquina trumpista, qué es lo que su cuerpo cruzado en la escena no nos deja ver? Probablemente nada. Musk es la “Musk-ara” que oculta el vacío de una máquina agotada. Su futurología es abismo, su entusiasmo, guerra, su sonrisa sadismo.

Todos los síntomas de que Trump no es simplemente un Presidente más, sino el signo del colapso epocal, el mismo que experimenta Israel con el sionismo –a propósito de que el triunfo trumpista trae consigo al sionismo cristiano a la primera línea del poder. Trump firmó una serie de resoluciones que, al igual que Israel, convierte a EEUU en un verdadero “enemigo de todos”.

Utilizo esta expresión porque es la que utilizó Cicerón alguna vez para designar a este extraño personaje que merodeaba entre las aguas pero que no pertenecía a ningún país, imperio u ordenamiento jurídico: el pirata. La nueva era, la que Trump anuncia con la “Musk-ara”, es la era de la piratería. Es decir, la era de la intensificación del pillaje planetario cuyo modelo resulta ser Israel que inspira a los nuevos piratas sobre la nueva política en curso: la política de anexión territorial.

El futurismo cibernético de Musk (que es el de Bezos y Zuckerberg) es el anex-sionismo, despliegue de alta tecnología para, al igual que Israel lo hace en Palestina, apropiarse de la tierra. Adiós liberales. Sigan en su universo paralelo. La nueva era fascista ha comenzado hace rato, pero uds. hablaron de “populismo” para tranquilizar a las academias y a la propaganda. Adiós liberales. Sigan en su universo paralelo: los nuevos fascistas son uds. mismos; deriva interna de un liberalismo agresivo que portó siempre la violencia de la acumulación consigo y que se configuró a partir del arcano colonial cuya figura última era la de la piratería.

Las opiniones vertidas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan necesariamente la visión de LVQS.

Rodrigo Karmy
Sobre la autora / el autor
Rodrigo Karmy
Doctor en Filosofía. Académico de la Universidad de Chile.
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