Votar de nuevo por Bachelet sería un fracaso
Deberían trabajar de todas las formas posibles para no llegar a ese momento en el que tendrán que llamar a Bachelet para pedirle ayuda.
Michelle Bachelet / Agencia Uno
En días en que Evelyn Matthei aparece todas las semanas en los matinales como si Providencia, la comuna que preside, concentrara todos los problemas que aquejan a la ciudadanía nacional, más un oficialismo que no se ha detenido a pensar su proyecto ni tampoco si hay alguien que pueda encabezar algo en el futuro, algunos, debido a los números de las encuestas, han pensado, nuevamente, en Michelle Bachelet.
Si se mira someramente, claramente la figura de Michelle es interesante por lo que representa. Es, sin lugar a duda, un nombre emblemático en la historia reciente de Chile no sólo por ser la primera mujer en llegar a La Moneda en dos oportunidades.
También lo es porque su segundo gobierno, con aciertos más o aciertos menos, demostró que aquello que la transición determinaba como lo sensato podía ser desarmado, desarticulado o al menos corregido, y que eso que algunos llamaban “lo posible” era más bien una imposición ideológica de unos y un autoconvencimiento de otros-como la Concertación- de que cualquier paso más allá de era caer a un abismo.
Bachelet es una figura fuerte, grande, una mujer que usó la manoseada herramienta del carisma primero para retrasar la primera derrota del concertacionismo en los comienzos de este siglo, y después para correr- o intentarlo- ciertos límites que parecían impenetrables según el relato transicional. Por lo que parece lógico que haya quienes quieran, una vez más, servirse de ella para poder o bien darle un segundo aliento a esta nueva coalición que aún pareciera no cuajar del todo. Es una tabla de salvación ante una derecha desesperada por ocupar la casa de gobierno usando todo tipo de artilugios y dichos altisonantes.
Pero ¿es buena idea? Si se trata de detener a un sector que cree tener la posta en su poder, sin aún haber hecho ni una sola autocrítica sobre su último fatídico gobierno, claro que sí. Pero lamentablemente- o afortunadamente- la política no es sólo un espacio de contención para atajar alternativas que se creen peligrosas (aunque, a veces, es lo único que hace), sino que sirve, o debería servir, para proyectarse más allá, generar algo más sólido o al menos líderes que tengan en su horizonte aquella solidez como proyecto. ¿Puede Bachelet dar paso a ello postulándose una vez más? Lo dudo.
La candidatura de la expresidenta, en esta ocasión, lo único que lograría sería retrasar el curso de nuevos liderazgos o de algunos no tan nuevos que podrían encabezar un nuevo gobierno bajo coordenadas similares a las que se ha movido este intento de coalición. Sería, independientemente del resultado de las presidenciales, una derrota para el progresismo por no poder haber hecho dos cosas indispensables en el ejercicio de lo público, que son gobernar y, al mismo tiempo, delegar hacia el futuro, darle continuidad a lo que se está haciendo.
Es cierto, no hay tal proyecto para delegárselo a alguien. Este gobierno ha sido, debido a las circunstancias históricas, un administrador de las complejidades que dejó el estallido, en vez de un gran creador o impulsor de medidas que aminoren las secuelas diarias de un mercado omnipotente en la ciudadanía/clientela. Pero eso no puede evitar pensar un poco más el escenario electoral. No puede negar la posibilidad de agilizar el movimiento de nombres que encabecen la administración o la futura construcción de algo.
Esto deberían saberlo quienes están en el epicentro de la discusión política. Deberían trabajar de todas las formas posibles para no llegar a ese momento en el que tendrán que llamar a Bachelet para pedirle ayuda. Porque esperar y esperar que ella se pronuncia y que, por lo mismo, el futuro de un sector dependa de su decisión, es un fracaso estruendoso.
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