Carlos Larraín, el Patrón que quiere ordenar ese fundo llamado Chile
Carlos Larraín, como todo patrón, quiere ordenar el fundo. Ese gran fundo que, para él, sin tener el poder o el dinero que tuvo, sigue siendo Chile.
Carlos Larraín, exsenador y exalcalde sin haber sido elegido por nadie, volvió a la batalla electoral, ahora por la dirigencia de RN. En su discurso de lanzamiento de la lista que busca encabezar ese partido, el patrón de fundo por excelencia de la política chilena dijo un par de frases chistosas, usando siempre su fraseología patronal, esa que, según él cree, lo une con el Chile más profundo, ese que era medieval sin saberlo.
Entre risas y dichos y más dichos, Larraín, con ese tono grave y al mismo tiempo sarcástico, advertía de una gran tragedia; en sus palabras, el país estaba preso de una elite que no quería irse nunca más. Fue más lejos incluso, al punto de decir que el oficialismo estaba pensando un autogolpe de Estado, para así perpetuarse en el poder.
No se sabe cuál fue la reacción de los presentes. No se sabe si alguien le dijo algo, si hubo risas y más risas por las ocurrencias de este “simpático” caballero con exceso de imaginación y verborrea ligada a un “cuiquerío” que ya casi no existe culturalmente. Espero que sí. Espero que haya habido algún signo de alerta en la derecha por estas palabras, que se haya sopesado qué es lo que pasaría si él pasa a ser parte de la mesa directiva de Renovación Nacional, porque una cosa es ser opositor y otra es luchar en contra de molinos de viento, de caricaturas, de monstruos que no existen. Porque eso, siempre, logra que la radicalización la ejerzan quienes creen que el otro, en algún momento, se radicalizará, aunque nunca ocurra.
¿Por qué piensa así Larraín? Quizás porque sufre aquello que toda elite histórica teme: que haya otra que se tome el poder; que “nuevos ricos” se tomen para siempre lo que para ellos corresponde o les correspondió, casi por mandato divino, por haber nacido en el lugar en el que se nació. No es casualidad que haya dicho que parecía un gobierno “ocupa”, como si no les correspondiera estar donde están, como si hubiera algo más relevante que los votos para ostentar cierto poder.
Entonces, la misión de Larraín, más que un asunto estrictamente ideológico, pareciera ser un tema de clase, para “recuperar” Chile de las manos ni siquiera de la izquierda, sino de algo que le parece peor: una clase media alta, hija de la llamada “modernización capitalista”, que ha ido agarrando aires de clase alta por estar en el Estado.
Según debe imaginar, su partido está perdido entre inmigrantes que vienen del lugar incorrecto y excarabineros que no podrán jamás recuperar lo que él sí puede, porque debe estar convencido de que la contienda es más profunda que un asunto meramente político. Reducirlo a ello, claramente debe ser para él una rotería, cosa de sujetos de “medio pelo” que se pelean por tener aquello que no tienen tatuado en la piel, que es la “Patria”.
Don Carlos debe pensar que eso le pertenece a él y a los suyos sanguíneamente, sin que haya transfusión que pueda delegarlo al resto. Debe estar convencido de que el Frente Amplio y el progresismo en general son una amenaza no por tener ideas izquierdistas, sino por algo peor: porque son siúticos con ganas de parecer “gente”. Y eso a algunos les parece más sospechoso que cualquier revolución. Por algo Pinochet les pareció un militar simpático hasta que empezó a creerse uno de ellos.
Carlos Larraín, como todo patrón, quiere ordenar el fundo. Ese gran fundo que, para él, sin tener el poder o el dinero que tuvo, sigue siendo Chile.
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Muchas gracias, excelente columna, debieran irse a sus casas todos estos personajes cavernarios que sólo siguen ocupados en hacer daño. Y no sólo me refiero a la derecha, sino que tb hay unos indeseables en el partido Socialista.