lunes, julio 15, 2024

¿Una Reina importa más que una Constitución?: Una reflexión personal

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I
 
Para mí, la semana en que murió la Reina fue una semana de reflexión. Creo que les pasó lo mismo a muchos británicos. No solo hablo de esa minoría patriota coleccionista de recuerdos cursis que sentía la pérdida como si fuera de algún familiar. También creo que afectó a muchos de nuestra mayoría silenciosa. Siempre algo apática y desconectada de la cosa “pública”, de todas formas se notó la desaparición de la Reina como un cambio. Algo que siempre había estado ya no estaba, obligándonos a pensar en el paso del tiempo en la vida propia como unos cuantos pequeños Milan Kunderas. 
 
En mi caso, esta reflexión fue gatillada por algo bastante más directo: muchos chilenos me preguntaban insistentemente por los ritos funerarios de la monarca. Sobresaltados por las ceremonias evidentemente anticuadas, repetían: ¿Qué es esta cosa de tener una familia real en pleno siglo XXI? Confieso que me sorprendió su sorpresa, sobre todo porque los funerales fueron durante las Fiestas Patrias locales, el día nacional donde se celebra la chilenidad alzando la bandera -en teoría hasta hay multas para los que no la izan-, una celebración nacionalista que también se hace en pleno siglo XXI.
 
En Gran Bretaña no tenemos un día nacional ni somos muy proclives a izar la bandera. La Reina fue nuestro símbolo patrio, como lo son el día nacional y la bandera en otros países. De la misma forma en que la importancia de la bandera no es la tela de colores, sino las celebraciones familiares, Elizabeth Windsor -la persona de carne y huesos- importaba poco, pero representaba esa unidad familiar y de amigos. Incluso personas que detestan el simbolismo de la bandera, se toman un “terremoto” y celebran el 18, para pasarlo bien con sus seres queridos. De la misma forma, personas que odian las monarquías, igual se juntan por sus ritos nacionales que los unen con sus seres queridos. 
 
Pedro Lemebel lo expresó mejor: “No tengo mucho que ver con los nacionalismos. La bandera dejó de emocionarme en la dictadura, lo mismo la canción nacional. No tengo nada que ver con eso, pero sí me gusta ver a la gente pobre y sencilla feliz. Porque este país ha sufrido mucho. En ese sentido esta fiesta me causa ese placer”.
 
Leyendo eso no puedo dejar de pensar en las celebraciones por el jubileo de platino de Isabel II, el septuagésimo aniversario de su reino que fue este mismo año. Había varios feriados y celebraciones organizadas, con calles cerradas, en todos los rincones del país. Un periodista estadounidense le preguntó a una típica abuelita inglesa con collar de perlas, que fue presidenta del comité de organización de una de las fiestas, sobre cómo veía ella la importancia de la Reina. Quedó atónito con la respuesta: “Acá no creemos mucho en la familia real”, contestó firme, “pero es importante hacer cosas que unan al pueblo”. 
 
Quizá lo que más definen los verdaderos símbolos patrios -los que han llegado a ser orgánicos y no únicamente impuestos desde arriba- es que hasta los que se oponen a ellos participan en su ritualidad. Ahí está Lemebel mirando contento al pueblo emborrachándose el 18. Allá la banda de manifestantes que -con un compromiso bastante tierno- se dedica a hacer fila junto con los realistas más patriotas para las procesiones del ahora Carlos III, solo para gritarle “Not my King” [No es mi Rey].
 
Si el 18 chileno fuera una solemne celebración de los próceres militares, o si la realeza británica tuviera algo de poder político real, entonces estos serían actos subversivos, pero en realidad son puramente performáticos. Precisamente, porque estos símbolos se han vaciado de todo contenido político real, hanllegado a ser patrimonio de la nación entera y no solamente de una sección de ella.

Pero, ¿pueden ser verdaderamente apolíticas una bandera o una corona? ¿Pueden separarse tan completamente de sus respectivas historias sangrientas, racistas y coloniales para dejar de ser símbolos de la subyugación de un grupo por otro, transformándose más bien en algo de verdadera unidad? En estos tiempos de confusión constitucional en Chile, creo que esta reflexión sobre la monarquía británica tiene algo de sentido.
 
La verdadera unidad solo se consigue cuando los opositores a una institución están también incluidos dentro de su órbita, y aquello solo se logra si dicha institución es abierta a múltiples interpretaciones. Esta regla explica el tan manipulado concepto de la “casa de todos”, que es la marca de una Constitución exitosa también.  
 
El fenómeno de la “polisemia” -que una misma palabra tenga distintos significados- permite lograr esta transversalidad: así la cruz cristiana puede simbolizar al mismo tiempo el conservadurismo elitista del Opus Dei y el progresismo revolucionario de la Teología de Liberación. Entonces, cada cristiano puede ver su visión del mundo interpretada en el mismo símbolo, a pesar de la brutal historia de Torquemada y su Santa Inquisición. 
 
Aunque al anti-comunismo chileno le cueste entenderlo, la hoz y el martillo también representan una multiplicidad de ideas: desde el impaciente revolucionismo de un Trotsky, hasta el reformismo profundamente democrático y gradualista de un Enrico Berlinguer. Esta misma variedad que se ve en el cristianismo es la que mantiene vigente el símbolo comunista, a pesar del genocidio de Stalin. 
 
La lección acá es clara. Un símbolo -que nace desde una pequeña sección de la sociedad, incluso una que es violentamente excluyente- puede eventualmente transformarse en algo compartido, si es suficientemente amplio. Pero este proceso -habitar la casa propia, por así decirlo- implica forzosamente una dilución del contenido político de ese símbolo. He ahí la ventaja de una Reina por sobre una Constitución.  
 
II
 
El proceso gradual de vaciar de su poder político a las monarquías europeas dejó la expresión de la soberanía popular en parlamentos democráticamente elegidos. En contraste, la repentina eliminación de las monarquías –revolución y nueva Constitución mediante– dejó presidencialismos americanos, donde los poderes prerrogativos de la monarquía del siglo XVIII quedaron en las manos de un Presidente democráticamente elegido. Entonces, los países con monarquía quedaron –irónicamente– con un liderazgo político real ejercido de forma más colectiva y horizontal por parlamentarios, mientras que los países sin monarquía quedaron con presidentes que son unos muy poderosos monarcas electorales.   

Por eso, en términos estrictamente marxistas, los países mejor gobernados hoy día son monarquías. El proletariado goza de mayores derechos sindicales y salarios más elevados -menor explotación o extracción de plusvalía- en Noruega, Suecia y Dinamarca que en cualquier otro lugar. Sus parlamentos unicamerales, genuinamente representativos de la voluntad del pueblo y sin bloqueos, han logrado consolidar los derechos sociales universales de los súbditos de estas monarquías, de mucho mejor forma que los ciudadanos de los presidencialismos constitucionales.   
 
Concentrar todo el liderazgo jerárquico y personalista en la figura vacía de un monarca sin poder, permite que los políticos puedan ser otra cosa. Los negociadores de bajo perfil que tejen grandes acuerdos entre partidos cohesionados, no por personalidades sino por ideas, pueden ser líderes en vez de someterse a la mística figura presidencial. La Realeza tiene un valor enorme precisamente porque pesa tan poco políticamente. 
 
En contraste, la cultura política chilena es muy presidencialista, y esto ha traído consecuencias nefastas para el país. Un electorado engatusado por un líder carismático que promete cambios, un conflicto con un parlamento cuyo poder constantemente choca con el del Presidente y, finalmente, la decepción electoral, empujando al público a elegir un nuevo líder del signo político opuesto. Y así empieza otra vez el mismo ciclo nocivo. 

Una nueva Constitución tendría cómo tarea principal superar este patrón, pero la ausencia de una Reina hace que la tarea sea muy difícil. Todavía está demasiado imbricada la unidad nacional y el personalismo presidencial. Se van destituyendo presidentes, solo para ensalzar un reemplazo presidencial, haciendo imposible romper el nudo. ¿Podríamos pensar en un proceso que reduzca los poderes de la figura presidencial y tener una verdadera representación democrática desde un parlamento empoderado? 
 
Después de la muerte de Isabel II y el ascenso de Carlos III, Lindsay Hoyle, el presidente de la Cámara de los Comunes -parte del parlamento-, le hizo un discurso bien particular al nuevo Rey. “Quizá es una cosa muy británica celebrar una revolución dándole un discurso al monarca”, dijo, y añadió “pero esas revoluciones llevaron a nuestras libertades constitucionales, y cimentaron las bases de una monarquía estable que protege la libertad”. Ahí se nota la celebración del proceso del vaciamiento de poder, un símbolo de unidad nacional que se glorifica precisamente porque fue sacado de toda autoridad genuina. ¿Podrían los chilenos –los “ingleses de Sudamérica”– celebrar algún día una revolución constitucional que terminó así con el poder monárquico presidencial?

Hasta ahora el pueblo chileno ha rechazado contundentemente la Constitución de Pinochet (¡y de Lagos!) y la Constitución propuesta por la Convención. ¿Hay energía e interés para empezar otro proceso constituyente? ¿No sería más lógico aceptar que la voluntad ciudadana es simplemente destituyente? Más que pensar una nueva propuesta constitucional, ¿no sería más democrático ir pensando en las instituciones que la voluntad popular quiere eliminar? 
 
Con la eliminación del Tribunal Constitucional y el Senado, se cambiaría la cara al Congreso chileno, empoderándolo y reduciendo entonces el híper-presidencialismo. Ni el TC ni el Senado son instituciones populares; la propuesta constitucional habría ganado si se hubiera limitado a eliminarlas en vez de hacer un documento integral e interdependiente, incluyendo todo, desde derecho de vivienda hasta espacio para tribunales indígenas.  
 
Esta idea podría horrorizar a los abogados constitucionalistas, pero quizá no a los ingleses de Sudamérica. Encajaría con la descripción de la revolución inglesa soñada por George Orwell en su gran libro “El León y el Unicornio – Socialismo y el Temperamento Inglés”. Según él, la revolución inglesa “no será ni doctrinaria ni lógica. Abolirá la Cámara de los Lores, pero muy probablemente no eliminará la monarquía. Dejará anacronismos y cabos sueltos en todas partes, hasta el juez mantendrá su ridícula peluca de ceda”. Después de la reacción fuerte contra las reformas judiciales que quería la Convención, ¿no se podría pensar en algo así para Chile? 
 
Orwell entendió el pragmatismo de la cultura nacional, sin que eso le impidiera pensar en la posibilidad de grandes transformaciones estructurales. De hecho, habló de cómo “un movimiento socialista inteligente usará el patriotismo en vez de solo insultarlo como ha ocurrido hasta ahora”. La forma en que la monarquía británica perdura, mientras que la Cámara de los Lores efectivamente desapareció (hoy día tenemos un sistema cripto-unicameral), habla de la validez de los pronósticos de Orwell para Inglaterra. Pero, ¿podrían aplicarse a Chile?
 
CONCLUSIÓN
 
En el plebiscito pasado, los símbolos patrios fueron defendidos por un electorado que sentía -noticias falsas mediante- que la convención y su propuesta de Constitución los despreciaba. Una propuesta constitucional minimalista -quitando el TC y el Senado- no tendría este problema. La clase política actual -cómodamente amarrada en estos dos refugios elitistas- evidentemente se opondría.  
 
Pero la famosa metáfora de “la casa de todos” es en la práctica –como ya hemos analizado– algo que se logra al final de un proceso. La monarquía británica fue una institución autoritaria de la minoría pudiente, pero hoy día es un símbolo inocuo de la unidad nacional, incluso para gente de izquierda. Desde el otro lado, el NHS [Servicio Nacional de Salud] empezó como una propuesta de una minoría radicalizada de sindicalistas, pero hoy en día tanto los políticos como los votantes de derecha lo apoyan. 

¿Una propuesta constituyente en contra de la clase política actual podría terminar siendo aceptada por ella? ¿Por qué no podría llegar a ser la casa de todos un nuevo acuerdo constitucional basado en quitar las instituciones menos queridas de la estructura política chilena?

2 COMENTARIOS

  1. Solo un saludo. Siempre agradezco y disfruto de tus intervenciones, ya sea en La Voz, Vía X, etc. y de tus análisis en cualquier medio escrito.

  2. Interesante análisis.
    Aquí en Bélgica igual como en el Reino Unido nuestro monarca nos una de forma simbólica a Flamencos, Valones y Belgas de habla alemana, de variadas tendencias políticas. Desde años estoy tratando de explicar esta sensación a mi familia y amigos chilenos. Les voy a mandar este texto, ojalá ahora entiendan…

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