Señor Presidente, ¿es necesario mostrarse tan cercano?
¿Es tan necesario que el presidente sea algo así como un Estado caminante que se muestra constantemente al servicio de cada hecho, de casa espectáculo, incluso al extremo de presentar en el escenario de un evento televisivo a Young Cister, tratándolo de “hermano”, cuando lo había conocido en el pasillo antes de salir a escena? ¿Es en serio prudente llegar a ese límite con tal de acercar la Presidencia a la gente?
Foto: Agencia Uno
Si algo nos interesó a algunos de los que votamos por Boric para las presidenciales, más que los discursos de cambios radicales o la promesa ingenua de que Chile sería la “tumba del neoliberalismo”, fue la evidente compresión del entonces candidato de algo que estaba por sobre la retórica vacía: la línea histórica de un país, la ritualidad que traía consigo y el simbolismo del Estado como base fundamental para la vida pública.
Más interesante que sus expresiones simuladamente revolucionarias, era que fuera una de las grandes excepciones de su generación al entender que el Estado es algo más que un instrumento de emancipación-como algunos “rebeldes” sub 35 a veces quieren convencerse- o sólo ejecución o “gestión”, como trató de simplificar la derecha en sus dos gobiernos democráticos, dando como resultado la catástrofe en que terminó la última administración de Piñera políticamente.
Pero lo más importante para muchos de nosotros, tal vez, fue que intentó, al menos en las formas, recuperar la senda institucional de una izquierda (o gente que creía serlo) que estaba demasiado perdida con los colores de la revuelta y pretendía quedarse festejando por los siglos de los siglos, viviendo del “acontecimiento” mismo, sin darle mayor contenido para crear un relato político que perdurara. O al menos luchar inteligentemente por construir una nueva lógica institucional.
Esto último sucede porque aún existimos quienes creemos que para cambiar, reformar o derrumbar ciertos paradigmas, primero hay que vivirlos, verse inmerso y apropiarse de ellos para hacerse con el poder, aunque esto suene feo para quienes no entienden que la política no es una lucha por deshacer un antagonismo, sino volverlo a tu favor.
Sin embargo, y con todo el peso que parece haberle tomado a su rol y su simbolismo, lo cierto es que el Estado aún parece un monstruo raro, extraño y hasta demasiado distante para el Presidente. Si bien tiene participaciones impecables, donde se erige como una figura que representa una totalidad, hay otras en que o bien exagera esas virtudes, al extremo del ridículo, o trata, erróneamente, de conjugarlas con la popularidad.
Esto último lo hemos visto en muchos eventos en los que abraza y besa más de lo recomendable y hasta intenta recordarnos demasiado que está por debajo de los 40 años, cuestión que no es necesaria. Es como si hubiera transformado la Presidencia de la República en una sucursal móvil de abrazos y peticiones, al servicio del mejor postor; como si le fuera imperioso manifestar que está ahí, que está transpirando, que está trabajando, que está preocupado con algunas cosas, que está feliz con otras, y que, por supuesto, está pensando en el futuro del país.
Una prueba de lo último fue su aparición en el evento Movidos Por Chile en el Movistar Arena. Ahí, Boric no era el hombre de Estado que había protagonizado el funeral de Piñera dándole seriedad a un evento que la oposición transformó casi en un acto de propaganda -independientemente de los énfasis que puso en su discurso-, sino que era el Presi alegre, el juguetón, el que está cerca de los jóvenes, porque, aunque se esté acercando cada día a las cuatro décadas, aún cree que lo es (es muy raro tener esa edad y estar de convencido que aún eres un adolescente).
¿Por qué sucederá? Tal vez tiene que ver con los múltiples estímulos con los que está nutrida su generación respecto a varios y variados temas; a lo mejor es porque está demasiado empapado de esa idea universitaria del asambleísmo (aunque, reconozcámoslo, en las universidades el contacto con la gente es sólo con los de una misma trinchera).
Me podrán decir que es solamente publicidad y claro que lo es. Pero para que esta manera de publicitarse, como lo hacía Piñera también, tenga una impronta del líder en cuestión, debe nacer de sus necesidades, de sus ganas de mostrarse de cierta forma y relevar ciertas “habilidades” que él y sus cercanos creen casi urgente poner en la discusión.
¿Pero es tan urgente mostrarse parte de todo? ¿Es tan necesario que el presidente sea algo así como un Estado caminante que se muestra constantemente al servicio de cada hecho, de casa espectáculo, incluso al extremo de presentar en el escenario de un evento televisivo a Young Cister, tratándolo de “hermano”, cuando lo había conocido en el pasillo antes de salir a escena? ¿Es en serio prudente llegar a ese límite con tal de acercar la Presidencia a la gente? O iría más allá: ¿es necesario acercar la Presidencia a la gente?
No lo creo. Si bien es claro que vivimos en un país sumamente presidencial y que el Estado se encarna en la figura de quien ejerce el cargo, la labor del jefe de Estado es- o debería ser- tratar de despersonalizarlo, que funcione sólo y no se transforme en una persona. Los gestos y símbolos públicos deben ser eso, nada más, y no transformarse en una herramienta desesperada para mostrar que estás haciendo lo que ya debería saberse que estás haciendo; ya sea en catástrofes naturales o en hechos políticos como la muerte de un expresidente, hay que usar la misma vara, aquella que consiste en no sacrificar la sobriedad por la popularidad.
Boric se mueve, como todo ser humano, entre variados intereses a la vez. Al igual como sucedió con Salvador Allende, con la diferencia de que el expresidente nunca quiso ser más simpático y bonachón de lo que era, es un personaje que cree en la historia y al mismo tiempo en los vientos epocales. Tal vez mucho en esto último. El consejo, a lo mejor, sería que moderara la relación entre estas dos pasiones. En eso pareciera consistir encabezar un Estado.
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