Opinión

En la letrina de lo posible: cultura Chubi Dubi

La mayoría de las exposiciones conmemorativas han dejado mucho que desear, en relación a las altas expectativas con que fueron anunciadas. Salvo un puñado de proyectos individuales, las muestras en espacios institucionales son un fiel reflejo de la cultura Chubi Dubi: carencia y neglicencia de relato.

El gobierno iniciado por Apruebo Dignidad, hoy secuestrado por carcamales de la Concertación, parecía tenerla regalada para conmemorar como corresponde medio siglo desde 1973. Era de vital importancia que las instituciones estuviesen en esa sintonía, y no en la chacota o el apitutamiento. Eso le encomendó el Presidente a un enclenque Ministerio de las Culturas, que por diversos motivos aún carece de orgánica para instituirse como tal.

Después de despachar a una Ministra y un Ministro, los asesores presidenciales anduvieron nostálgicos de sus almuerzos noventeros y decidieron ofrecerle el cargo a la Camilita de Los Venegas. Los 50 años del Golpe le quedaron como poncho a la Chubi Dubi, Ministra chabacana, livianita, personalista –no distingue diferencias entre ella y su cargo– y sobre todo, despistada. Chubi Dubi anda más perdida que Teniente Bello con la agenda encomendada, y también en la discusión pública relativa al sector que debiera impulsar. Apenas dio su primera conferencia ya lucía extraviada: su jefe de prensa tuvo que telefonear de inmediato a los periodistas para corregirla, ya que Chubi Dubi no entendió las opiniones de la diputada Carmen Hertz sobre los 50 años; sin haber leído, creyó que se trataba de un ataque personal de la derecha.

En las artes visuales su desempeño ha sido peor. Después de la serie de numeritos desafortunados que se mandó con el concurso para Bienal de Venecia, su baja comprensión lectora llegó a tanto que confundió lo privado con lo público. Chubi Dubi se dejó fotografiar en una terraza de Providencia regentada por el hermano de Leonidas Montes (CEP), donde ofrecían vino gratis mientras un travesti apolillado cantaba tangos desafinados y a duras penas.

Aunque fueron programadas previo a Chubi Dubi, la mayoría de las exposiciones conmemorativas han dejado mucho que desear, en relación a las altas expectativas con que fueron anunciadas. Salvo un puñado de proyectos individuales, las muestras en espacios institucionales son un fiel reflejo de la cultura Chubi Dubi: carencia y neglicencia de relato. Sobre todo, exposiciones colectivas a cargo de uno o más curadores –debieran ser capaces de poner en contexto y valor las colecciones;  posicionar el trabajo de artistas poco abordados o de reciente trayectoria– son las que más han dado la cacha.

Las peores expulsaron sus mojones en la misma letrina: Av. Matucana. Lo que se expuso en el Museo de la Memoria y los DDHH, MAC U. de Chile y Matucana 100, fue una clase magistral de lo mejor que saben hacer los curadores mediocres influidos por el modelo gringo: relaciones públicas, recursos humanos y acumular líneas en el currículum.

Al salir del ascensor del primer espacio para visitar Lo que nos queda por hablar –curada por Soledad Aguirre–, se ve un despelote tan grande que no se distingue nada. Hubo que salir arrancando más al sur.

Antes de ingresar al MAC se leía la pregunta “¿ES USTED FELIZ? impresa en unos papeles blancos de dudosa procedencia, montados sobre un letrero monumental. La pregunta capciosa es parte de la reconstitución del caballito de batalla de Alfredo Jaar, que en su contexto fue concebida como intervención EN el espacio público, y no PARA ser vista desde el espacio público.

Jaar iniciaba el recorrido de PRESENTE, curada por Joselyne Contreras, Diego Parra y Sebastián Vidal. Antes de ingresar al segundo piso –en cuya ala sur se montaron las otras piezas– llama la atención el gigantesco afiche que no nombra a las y los artistas, pero si hace figurar a la curadora y sus colegas. Eso, hace que uno se predisponga a buscar parafernalias donde no las habrá. Si se necesitaron tres curadores para convocar a 17 artistas, es de suponer que se trata de una idea y montaje muy complejos. Sin embargo, tres curadores para 17 artistas, parece más bien chiste de gallegos colocando ampolletas –se requieren tres paisanos para una bombilla– que asociación estratégica. El montaje fue sencillo, al igual que los textos de sala. Lo último es quizás el mayor mérito de los tres gallegos, al menos saben leer y escribir.

Eso ofreció algunas claves para aproximarse a la producción visual y dinamizó el recorrido de la exposición, donde –a diferencia de los textos– no fue claro si la clasificación y ubicación de las obras en 5 salas, obedeció a criterios temáticos, conceptuales, espaciales, cromáticos, una mezcolanza de todo lo anterior, o lo mismo, pero, todo lo contrario.

Las obras y el montaje fueron bien ejecutados, salvo por dos detalles: 1) Otra pésima reconstitución: la instalación de ropa usada del CADA, donde las pilchas fueron seleccionadas a la que te criaste; y, 2) Las enmarcaciones de las obras de Gonzalo Díaz, mandadas a hacer al mismo taller donde se enmarcó el collage que Virginia Reginato le obsequió a Miguel Bosé en su último Festival de Viña. Más allá de esas pifias, ínfimas al lado del Museo de la Memoria, lo molesto de PRESENTE fueron las maniobras de los curadores, que se hicieron los gallegos (pero no contábamos con su astucia).

El guion curatorial es, en resumidas cuentas, la enésima vez repiten lo mismo que Nelly Richard ha predicado sobre los efectos del Golpe en el arte chileno; en pocas palabras: 1) Como hubo censura tenían que hablar en difícil para que no los cacharan; 2) Se recurrió a la fotografía para documentar la realidad, al cuerpo para encarnar los traumas y a la ciudad como soporte para transgredir el límite entre arte y vida; y, 3) La memoria inconclusa, un trauma del pasado que no deja de repercutir en el PRESENTE.

Si bien, es indesmentible que el pensamiento visual de la Escena de Avanzada traducido por Richard al lenguaje de las palabras, fue subsumido por la enseñanza académica de las artes visuales, y que, por lo tanto, los artistas formados en transición –6 en PRESENTE– se manejan en esos códigos, a 50 años es una lata seguir repitiendo la misma misa. La maniobra de los curadores fue astuta –les ahorró el ejercicio de pensar y proponer otro relato– y polleruda: no quedan mal con nadie cuando remedan ideas ya puestas a prueba por otra.

La exposición podría haberse llamado perfectamente Institución Marginal –hubo cambio de sala en medio de la temporada, por filtración de agua–, Nelly y Los Submarinos, o sencilla y honestamente: We ♥ Nelly. Si van a sacar a bailar tanto a la señora, por último que le regalen una tonelada de piedra pome para que se raspe los callos.

La segunda maniobra de los gallegos se relaciona con la afición a las apuestas, carreras de caballos y otros vicios que padecen algunos curadores. Esto, rodeado por el hedor a competencia y éxito que se olfatea en prácticamente todas las letrinas de arte contemporáneo, incluso las más provincianas como la nuestra. Se apatotaron de a tres, para figurar liderando un proyecto que recoge puras sandías caladas de 17 artistas, incluidos 5 Premios Nacionales. Más encima la nómina de artistas fue ordenada de acuerdo a su “relevancia”: primero los galardonados y al final, el perraje. Para triunfar en el arte y la vida hay que saber codearse bien, las buenas vibras son contagiosas y las malas también.

La única excepción aquí es la instalación multimedial de Elias Freifeld, artista injustamente desapercibido, probablemente debido a su postura reacia al arte como letrina y fábrica de salchichas. La obra de Freifeld es parte de la colección del MAC, y en otras, pocas ocasiones, pudo salir del depósito. Podría haber sido todo un logro de los gallegos apatotados posicionar a Freifeld donde y cómo se merece, sin embargo olvidaron un detalle sustancial: Estrellato(1985) nació ante todo como una obra derivada de la contingencia, puntualmente, del funesto Caso Degollados.

Ese dato, irrenunciable para entender porqué el artista se estrella contra unas estrellas que sustituyen a los cuerpos degollados de Guerrero, Parada y Nattino, pintadas sobre lienzo, no fue consignado en ninguna parte, lo que provocó que la obra fuera ilegible. Para quienes pudieron ver Estrellato en los 80, la conexión con el Caso Degollados era evidente. Pero a 50 años del Golpe, las visitas del Museo no tienen porque recordar o conocer ese crimen, menos  los turistas extranjeros. Esa negligencia gallega y apatotada, redujo la potencia visual y política de Freifeld a elementos decorativos y videos locos.

De las tres letrinas de Matucana, PRESENTE fue la menos peor. Al menos la selección de las obras estuvo bien. A 50 años, la ley de Murphy hizo estragos en esa avenida; parece que da mala suerte pensar que algo podría ser peor, porque siempre se puede correr el cerco en la letrina de lo posible. Caminando un poco más al sur el olor fue irrespirable, menos mal que ya acabó la temporada de esa muestra en M100. No es el momento de recordar el título, solo puede decirse que su curador es nacido y criado en la Perla del Sur (también conocida como “Ciudad de Los Ríos”).

Las opiniones vertidas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan necesariamente la visión de LVQS.

Sobre la autora / el autor
Antonio Urrutia Luxoro
Escritor y crítico cultural.

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