Alejándose del velorio de Patricio Manns
Foto: Agencia Uno
Envejecimos en una lucha, nos movemos combatiendo en círculos, repetimos los viejos himnos, sepultamos a nuestros muertos, que no mueren de viejos, mueren de sus viejas heridas (frase robada, por cierto). Las causas, los objetivos de estas antiguas peleas siguen allí, inalcanzables. Vivimos en la medida de lo posible, de votación en votación. Lloramos por la partida de un hombre extraordinario que, a la vez, era apenas uno más en este río de vidas.
Un destacamento de rodriguistas, portando una enorme bandera de su organización, llega hasta el velorio de Patricio Manns. Una extensa fila de personas se alarga dos cuadras, desde Morandé con la Alameda en dirección a Ahumada. Todos esperan entrar para darle el adiós al poeta, al trovador, al guerrillero de las letras o algo así. Sin embargo, no todos saben que dando la vuelta por Moneda se llega igual, sin hacer cola, para cumplir con el ceremonial.
En la espera, uno puede ver a dos, a tres generaciones simultáneas de personas que crecieron escuchando las canciones de Patricio Manns. Eran poemas, eran himnos, eran crónicas de un tiempo que se niega a desaparecer. Tal vez por eso la inmensa pena desatada por su muerte tiene tanto de nostalgia, tanto de desasosiego.
Envejecimos en una lucha, nos movemos combatiendo en círculos, repetimos los viejos himnos, sepultamos a nuestros muertos, que no mueren de viejos, mueren de sus viejas heridas (frase robada, por cierto). Las causas, los objetivos de estas antiguas peleas siguen allí, inalcanzables. Vivimos en la medida de lo posible, de votación en votación. Lloramos por la partida de un hombre extraordinario que, a la vez, era apenas uno más en este río de vidas.
Quienes no visitan la zona frecuentemente, seguramente se extrañan por la presencia policial, con blindados y rejas que aíslan el perímetro. El asunto no tiene nada de especial, la vida acá es así: el Palacio de La Moneda está siempre rodeado, siempre vigilado, y no es llegar y caminar por el sector. Y esto es desde mucho antes de que Piñera llegara a ocupar el sitio. Ya es parte de la normalidad. Así es como funcionan las instituciones. Mientras veo las rejas y los carros lanzagases, pienso en un verso de Patricio Manns, ese que dice que Manuel Rodríguez vuelve para combatir contra “el mismo tirano inmemorial”. Allí, frente a todas estas ceremonias, está el Palacio de La Moneda. Desde las anchas alamedas se escuchan los himnos en honor a vivos y muertos, “porque esta vez la Patria va a vencer”.
Habiendo gritado las consignas correspondientes, nos alejamos del lugar, buscando el Sur de la ciudad. Como corresponde, brindamos con cerveza tibia y callejera a la memoria del difunto. Honor y gloria para él. En los parques, a cuadras del velorio, la vida sigue en toda su potencia. Una multitud de inmigrantes venezolanos celebra el cumpleaños de una de sus niñas en los prados. El festejo se parece a los de Chile, pero no es igual. Tienen sus cantos, sus alegrías propias, que miramos con respeto y curiosidad. De momento, acá no viene nadie a quemar sus cosas. Más allá, una muchedumbre, sin mascarillas, anima una competición de rimas en clave de hip hop. No tienen buena amplificación, así que no se escuchan bien los versos. Seguimos alejándonos del velorio, cada vez más.
¿Anda el alma de Patricio Manns sobrevolando estos parajes? ¿O sólo quedará el recuerdo de su voz? Ya no queda cerveza para seguir brindando en su honor. Nos alejamos, con cansancio, con una especie de tristeza.
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