Opinión

¿Cuál es la magia del teatro?

La obra de teatro «Un enemigo del pueblo» comienza a poner sobre la mesa preguntas que preferiríamos no hacernos todos los días: cómo cuidamos el planeta, cómo nos relacionamos, cómo nos reproducimos, qué consumimos, cómo vivimos y hasta cuánto estamos dispuestos a sacrificar por aquello que creemos correcto.

¿Cuál es la magia del teatro para conseguir que una obra cobre vida y siga siendo relevante 144 años después?

Esa pregunta podría resumir buena parte de lo que ocurre en Un enemigo del pueblo. Y quizás por eso, después de salir de la función, cuesta quedarse solamente con la idea de que uno fue a ver una obra. Hay algo que permanece dando vueltas, especialmente cuando, como ocurre aquí, te piden explícitamente darle una segunda vuelta a lo que acabas de ver.

No es casualidad que distintas críticas hayan destacado su capacidad para romper la cuarta pared e interpelar al público. Y justamente por eso no quiero competir por encontrar “la mejor” interpretación de la puesta en escena. La obra ya hace una crítica al oficio del periodismo y su ética; prefiero contar qué me pasó a mí frente a ella.

La adaptación dirigida por Alexandra von Hummel mezcla teatro, lenguaje audiovisual y recursos cinematográficos, pero su mayor virtud es conseguir que una historia escrita hace más de un siglo parezca estar hablándonos directamente del presente. Quizás ahí está también la vigencia de Ibsen: aunque la obra haya recorrido países, épocas y siglos, hay algo que no cambia. La ética se pone a prueba cuando la verdad está frente a nosotros, pero escucharla resulta inconveniente.

Y si alguien duda en verla porque “es una obra antigua”, tengo una comparación bastante poco académica: imagínense un episodio de Black Mirror escrito hace 144 años. Sí, fue escrito hace mucho tiempo, pero tiene una perspectiva futurista que impresiona precisamente porque muchos de los cuestionamientos que plantea siguen siendo nuestros.

En esta versión, esa cercanía aparece en los cuestionamientos sociales, políticos y medioambientales, pero también en detalles que reconocemos como propios. Sabemos que Chile tiene heridas y contradicciones que se repiten, pero conseguir que una obra no se sienta como una adaptación universal, sino como algo que podría estar ocurriendo aquí y ahora, requiere una lectura muy precisa de la sociedad que se quiere representar.

Y ahí está, para mí, una de las grandes virtudes de la dirección de Alexandra von Hummel.

La escenografía, a cargo de José Carrera, con producción general de Sofía Paine, es difícil de describir: aunque prácticamente no cambia, cada escena parece convertirla en un lugar distinto. Un recordatorio de que no siempre se necesitan grandes transformaciones para cambiar la percepción de un espacio.

“El arte ensancha los horizontes”, dijo el director de la Universidad Finis Terrae minutos antes de la función. Ojalá más universidades puedan seguir ampliándolos y, si algún día somos un poco menos catastróficos y más utópicos, sigamos fortaleciendo iniciativas como la Línea de Apoyo a Teatros Universitarios del Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio.

A la mitad de la obra, exactamente a las 21:37, mi espalda comenzó a reclamar. Me dio mucha risa porque, al salir, escuché a una persona mayor comentar exactamente lo mismo. Quizás, en el fondo, soy una señora también. Y eso que las butacas del Teatro Finis Terrae son, por cierto, de las más cómodas y espaciosas en las que he estado, así que probablemente el problema era yo y no la butaca. Lo curioso es que, para cuando empecé a pensar en mi espalda, la obra ya había conseguido llevarme a un lugar mucho más profundo.

Y no hablo de la espalda, que por supuesto que se me olvidó en ese momento.

Porque Un enemigo del pueblo comienza a poner sobre la mesa preguntas que preferiríamos no hacernos todos los días: cómo cuidamos el planeta, cómo nos relacionamos, cómo nos reproducimos, qué consumimos, cómo vivimos y hasta cuánto estamos dispuestos a sacrificar por aquello que creemos correcto.

Y quizás ahí también está la vigencia de Ibsen: aunque la obra haya recorrido distintos países, épocas y siglos, hay algo que no cambia. La ética de cualquier persona, se pone a prueba cuando la verdad está frente a nosotros, pero escucharla resulta inconveniente.

Lo paradójico es que salí pensando en todo eso y, al mismo tiempo, con ganas de comer unas papas Lay’s y tomarme una cerveza.

Y quizás esa contradicción sea justamente parte de la gracia.

Porque el teatro no necesariamente tiene que entregarnos respuestas. A veces basta con que consiga mover un poco nuestras certezas. Y esta obra lo hace especialmente bien.

Cada actor parece escogido con pinzas para derribar esa barrera invisible entre escenario y público. En algunos momentos uno deja de preguntarse si aquello estaba escrito, si fue improvisado o si estamos escuchando una opinión personal del actor. Y cuando ya no sabes dónde termina el personaje y comienza quien lo interpreta, aparece una de las formas más interesantes de la magia teatral.

Por supuesto, es imposible no detenerse en Paulina García. Verla en vivo, fuera de una pantalla, permite dimensionar algo que quizás olvidamos cuando estamos acostumbrados a ver a grandes actores solamente a través de una cámara, el escenario también tiene otra forma de medir el talento.

Pero lo que más valoro es que su presencia no termina absorbiendo la obra. No necesita ser el centro permanente para destacar. Y quizás ahí está también la generosidad de una actriz con su trayectoria, permitir que otros rostros tengan espacio y que la escena pueda seguir renovándose.

Para los que la vieron cuestiónense y para los que aún no la ven, pongan especial atención a Germán Pinilla. Hay algo en su interpretación que consigue sacarte constantemente de la percepción de estar viendo una obra de teatro, hacerte reír y, al mismo tiempo, confundirte sobre qué estás viendo realmente.

María Gracia Omegna, Sofía Guiraldes y Laura Vila también sostienen personajes que defienden sus ideales y convicciones en un contexto donde hacerlo, incluso hoy, puede significar enfrentarse a reproches políticos y sociales.

Y Rodrigo Soto termina siendo, para mí, uno de los grandes descubrimientos de la obra. Su personaje es también uno de los responsables de que uno salga preguntándose algo bastante más difícil de asumir: quizás, en más de una ocasión, nosotros mismos somos los enemigos.

Sin culpar a terceros. Sin buscar excusas. Sin tapujos.

Y eso me llevó inevitablemente a pensar en El peligro de estar cuerda, de Rosa Montero, que estoy leyendo actualmente. Montero reflexiona sobre la creatividad y sobre cómo, muchas veces, las grandes obras pueden surgir después de experiencias traumáticas que transforman profundamente a quienes las crean.

No sé si necesitamos una tragedia para cambiar nuestra manera de mirar el mundo. Espero que no. Pero sí creo que necesitamos algo que nos obligue a detenernos.

Quizás y como siempre, esa es la verdadera magia del teatro, no cambiarte la vida en dos horas, sino conseguir que salgas de una sala mirando algunas cosas de manera ligeramente distinta.

Un enemigo del pueblo hace exactamente eso. Y quizás por eso, 144 años después, seguimos hablando de ella.

Porque la verdad puede doler y, muchas veces, podemos preferir culpar al resto.

Pero también puede ocurrir que, por una vez o para siempre, el enemigo seamos nosotros mismos. La pregunta es si seremos capaces de reconocerlo. Quizás todavía estamos a tiempo. Hasta el 30 de octubre, al menos, Un enemigo del pueblo sigue en el Teatro Finis Terrae para recordárnoslo.

COORDENADAS UN ENEMIGO DEL PUEBLO
1 al 30 de octubre
jueves y viernes 20 h.; sábado y domingo 19 h
Duración: 130 min/ Recomendada desde los 14 años
$15.000 Gral. $7.500 Preventa 1 $11.500 Preventa 2, $7.500 Súper Jueves y estudiantes; $9.000 personas mayores; $ 11.500 Domingo Dúo, $10.500 Tarjeta Vecino SoyProvidencia Teatro Finis Terrae (Av. Pocuro 1935, Providencia).
Estacionamiento gratuito (ingreso por calle Amberes)
https://ticketplus.cl/events/un-enemigo-del-pueblo-2026

TEASER:https://youtu.be/-t52LVpY10c?si=bhW3JbB4SxxbLMhv

Las opiniones vertidas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan necesariamente la visión de LVQS.

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