Opinión

Yo Elijo mi PC: Una oportunidad para generaciones de niños

En 2010 me gané la beca “Yo Elijo mi PC”. Todavía recuerdo cómo elegimos el computador con mi mamá y la ayuda de mi hermano, tratando de encontrar el que más nos durara. Iba a ser la primera vez que tendríamos un notebook en la casa. También fue la primera vez que tuvimos internet: el computador venía con una banda ancha móvil y un año de conexión gratuita.

Cuando era niña, vivía en una zona rural de Los Andes, en la región de Valparaíso, en una casa de adobe construida por mi papá al lado del río Aconcagua. Mis monitos favoritos eran Shin Chan, El Detective Conan y Doraemon, el gato cósmico. Los daban en Chilevisión, uno de los tres canales que podíamos ver con nuestra antena de televisión.

En el colegio, mis compañeras aprendían la coreografía de la nueva película de Hannah Montana. Yo no pude verla hasta unos años después, cuando tuvimos televisión por cable. Tampoco podía buscarla por internet: a nuestra casa no llegaba ninguna empresa de conexión y, aunque hubiera llegado, era un servicio demasiado caro para nosotros. En medio del campo, tampoco había un cíber al que pudiera ir.

Esa distancia también se sentía al hacer las tareas. En esos años, vivir en el campo y ser parte de una familia de clase trabajadora significaba no tener acceso a herramientas que otros niños de nuestra edad ya usaban. No podíamos buscar información en internet ni descargar imágenes para imprimirlas y llevarlas al colegio: teníamos que buscarlas y recortarlas en los libros de nuestros hermanos mayores. Tener un computador con internet en la casa parecía algo lejano, hasta que una política pública lo hizo posible.

En 2010 me gané la beca “Yo Elijo mi PC”. Todavía recuerdo cómo elegimos el computador con mi mamá y la ayuda de mi hermano, tratando de encontrar el que más nos durara. Iba a ser la primera vez que tendríamos un notebook en la casa. También fue la primera vez que tuvimos internet: el computador venía con una banda ancha móvil y un año de conexión gratuita.

Ese computador me acompañó durante el resto de mis años escolares, por al menos siete años. Cuando entré a la universidad y me gané una beca de Codelco, pudimos comprar, junto con mis papás, un notebook más moderno. Pero todavía recuerdo la fila que hice en mi escuela, junto a tantos otros niños y sus familias, la ansiedad y la emoción de recibir algo nuevo que nuestros papás no podían comprar.

Mi historia fue una entre muchas. “Yo Elijo mi PC” comenzó en 2009, durante el primer gobierno de Michelle Bachelet. Estaba dirigido a estudiantes en situación de vulnerabilidad que destacaban por su rendimiento académico. Partió con cerca de 30 mil beneficiarios y, en 2010, el año en que recibí mi computador, amplió la entrega a 60 mil estudiantes.

En 2015 se sumó “Me Conecto para Aprender”, que extendió el acceso a estudiantes de séptimo básico de la educación pública, sin exigirles buenas notas para recibir una herramienta necesaria para estudiar. Desde 2019, ambas iniciativas se fusionaron bajo el nombre de Becas TIC. Para 2020, esta política ya había superado el millón de estudiantes beneficiados. Un millón de historias distintas, muchas de ellas probablemente parecidas a la mía.

En 2026, el programa contempló la entrega de 96.100 computadores a nivel nacional, con conexión móvil a internet por doce meses, para reducir la brecha digital y fortalecer las oportunidades de aprendizaje. Para una familia que no puede comprar un computador, esa entrega puede marcar una diferencia durante años. En mi caso, así fue.

Hoy, después de diecisiete años, la continuidad de esta política está en riesgo. Según la información publicada sobre el proyecto de Ley de Presupuestos 2027 del gobierno del presidente José Antonio Kast, la propuesta no contempla una asignación explícita para las Becas TIC, que en 2026 contó con cerca de 35 mil millones de pesos. Hasta ahora tampoco se ha identificado una partida equivalente para financiar la entrega de computadores. El proyecto todavía debe discutirse en el Congreso, pero, de mantenerse en estos términos, el programa quedaría sin recursos para el próximo año.

La propuesta también contempla una reducción real de 46,71% en los recursos para los Liceos Bicentenario. Aunque el presupuesto global de Educación tendría un leve aumento real, eso no impide que programas específicos pierdan financiamiento. El Gobierno ha defendido sus prioridades y la necesidad de justificar el gasto público. Esa discusión debe considerar también qué oportunidades se pierden cuando se retira un apoyo que las familias no pueden reemplazar por sus propios medios.

Para familias como la mía, siempre todo se trató del esfuerzo: sacarse las mejores notas para postular a becas, levantarse muy temprano para tomar la única micro que nos acercaba desde nuestras casas rurales a la escuela, estudiar en liceos bicentenarios para aumentar nuestras posibilidades de llegar a la universidad. Ese esfuerzo también lo hacían nuestros padres. Crecimos viéndolos apenas un rato antes de irnos a dormir, porque llegaban tarde del trabajo y salían otra vez muy temprano por la mañana.

Nosotros siempre seguimos ese camino. Y las políticas sociales del Estado nos ayudaron a avanzar: Yo Elijo mi PC, los liceos bicentenarios, la gratuidad, los apoyos de Junaeb y la TNE, entre muchos otros beneficios. Cada uno ayudaba a resolver una dificultad concreta: tener con qué estudiar, cómo llegar a clases o cómo continuar una carrera cuando el dinero de la casa no alcanzaba.

Por eso me cuesta entender que se hable tanto de meritocracia mientras se propone retirar herramientas que permiten que ese esfuerzo dé frutos. Un niño puede tener buenas notas y todas las ganas de aprender, pero no puede hacer que una empresa lleve internet a su casa ni que el sueldo de sus papás alcance para comprar un computador.

¿Por qué un gobierno que habla tanto del mérito les quita oportunidades a las familias que se esfuerzan por salir adelante? ¿A quién beneficia que un niño tenga menos herramientas para estudiar y acceder a la tecnología?

Todavía estamos a tiempo de discutir esta decisión. Yo espero que, al hacerlo, se piense también en los niños que hoy esperan una oportunidad como la que recibí en 2010. Recuerdo lo que significó para mi familia elegir ese computador, hacer esa fila y llevarlo a nuestra casa. Lo cuidamos para que durara. Y duró lo suficiente para acompañarme hasta la universidad.

Las opiniones vertidas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan necesariamente la visión de LVQS.

Anais Pulgar Araya
Sobre la autora / el autor
Anais Pulgar Araya
Anaís Pulgar Araya es analista en Políticas y Asuntos Internacionales, con especial interés en derechos humanos, género, migraciones, seguridad y fenómenos políticos contemporáneos. Es diplomada en Género, Sociedad y Políticas Públicas.
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