La memoria como trinchera ética: ¡Nunca más para nadie!
Hoy conmemoramos el Día Internacional de las Víctimas del Holocausto. Este año marca el 80º aniversario de la liberación de Auschwitz por el Ejército Rojo de la Unión Soviética, el 27 de enero de 1945.
Como cada 27 de enero, hoy conmemoramos el Día Internacional de las Víctimas del Holocausto. Este año marca el 80º aniversario de la liberación de Auschwitz por el Ejército Rojo de la Unión Soviética, el 27 de enero de 1945. Ese día, las fuerzas soviéticas llegaron al campo de concentración y exterminio, liberando a los prisioneros sobrevivientes y revelando al mundo las atrocidades perpetradas por el régimen nazi.
En esta fecha, se llevarán a cabo innumerables actos de memoria en todo el mundo, especialmente en Auschwitz, un lugar que no fue solo un campo de concentración, sino un verdadero centro de exterminio industrial. Sin embargo, por paradójico que parezca, seguirá existiendo una forma de negacionismo. Líderes mundiales participarán en estas conmemoraciones y pronunciarán discursos que evocarán tiempos que hoy parecen tan distópicos como los actuales, mientras repiten la promesa del «Nunca más» —una consigna que hoy parece vacía, o tal vez un privilegio histórico reservado a unos pocos—, guardando silencio cómplice sobre el genocidio que sigue ocurriendo en Palestina. Ignoran que el verdadero sentido de esta frase debió haber sido «Nunca más para nadie».
Conmemorar el Holocausto en toda su magnitud también implica confrontar los abusos que se cometen en nombre de las víctimas. No podemos permitir que nuestra herencia colectiva —como judíos— marcada por el dolor y la persecución, se convierta en un pretexto para justificar la opresión. Esa herencia no debe alimentar una narrativa de superioridad moral, sino que debe ser un llamado a la responsabilidad histórica.
Así como, tras los hechos del 7 de octubre de 2023, el sionismo ha intentado imponer la narrativa que exige condenar a Hamas (“¿Condenas a Hamas?”) —deslegitimando el derecho a la resistencia— antes de referirse a Palestina; nosotros debemos asumir nuestro propio compromiso narrativo: no volveremos a referirnos al Holocausto sin mencionar el genocidio en Palestina, porque todas las vidas valen lo mismo.
La memoria del Holocausto y las atrocidades de la Segunda Guerra Mundial nos dejaron un mandato ético ineludible. Inspiraron la creación de la ONU, la Declaración Universal de los Derechos Humanos y el Derecho Internacional Humanitario. Nos enseñaron que la dignidad humana es inviolable y que ningún pueblo debe ser sometido a exterminio o despojo.
Sin embargo, esos principios están siendo traicionados. Hoy, las instituciones creadas para proteger los derechos humanos se han convertido en cómplices de su degradación. La comunidad internacional guarda silencio cómplice o permanece inactiva, guiada por intereses geopolíticos que sofocan cualquier respuesta ética o firme, mientras en Palestina se perpetra un genocidio a la vista de todos. A su vez, regímenes fascistas masacran pueblos enteros: saharauis, tutsis, sudaneses, hutíes, rohingyas, tigray y otros.
La deshumanización del otro, que permitió el Holocausto, sigue sustentando el genocidio palestino: masacres, ejecuciones sumarias, tortura, violencia sexual, incineración, hambre impuesta, desplazamiento forzoso, destrucción masiva, exterminio… Las atrocidades perpetradas por Israel en Gaza son las peores desde el Holocausto.
Gaza es un laboratorio, no solo de tecnología militar «probada en terreno», sino también una prueba para la humanidad y su capacidad de resistir todo tipo de control social. Es como una cápsula del tiempo donde se perpetúan formas de genocidio que han marcado siglos de historia, hasta llegar a la industrialización del exterminio y la destrucción, planificada y televisada en tiempo real.
Esta exhibición pornográfica del culto a la crueldad y la muerte constituye violencia vicaria y afecta a toda la humanidad. Al mismo tiempo, desafía la hegemonía de Occidente. Gaza no es solo un cementerio de niños; será también la tumba del colonialismo, el imperialismo y el sionismo. Palestina liberará al mundo, no al revés.
Han pasado casi cien años desde la llegada de Hitler al poder, la Segunda Guerra Mundial y el Holocausto, pero el mundo no ha avanzado tanto como se presume. La inquietud de aquellos tiempos persiste, y nos encontramos nuevamente en el mismo punto de partida.
Si bien el Holocausto es central para la identidad política occidental, las élites euroatlánticas no sienten culpa ni empatía. No les importa el Holocausto, así como no les importaron Vietnam o el Congo Belga. Su mención del Holocausto es puramente instrumental: cuando deje de ser útil, lo olvidarán.
Es difícil comprender cómo la extrema derecha sigue ganando terreno y alcanzando el poder en tantas partes del mundo. Hoy, identificarse como fascista ya no genera vergüenza, lo que provoca un miedo compartido: la inquietud de que la historia se repita. Y no es un temor infundado. La historia ya se está repitiendo, aunque tal vez no de forma tan cercana, pero la presenciamos cada día, en tiempo real, a través de nuestras pantallas. A pesar de ello, los medios occidentales y las élites encubren estos crímenes.
El filósofo Walter Benjamin, asesinado por el nazismo, nos advirtió que detrás de cada documento de cultura hay un documento de barbarie. Si el Holocausto nos enseñó algo, es que la barbarie puede renacer si no permanecemos vigilantes. Nuestra memoria, esa que los sionistas han distorsionado, debe ser una trinchera ética desde la cual enfrentar la injusticia.
El fascismo que creíamos derrotado no desapareció; simplemente se ocultó bajo nuevos ropajes. Hoy avanza con renovada fuerza, legitimado por el miedo, la indiferencia y el silencio. Lo vemos en EE.UU., Europa, América Latina y, sobre todo, en Palestina, donde la resistencia del pueblo palestino ha revelado la verdadera naturaleza de un sistema que busca su aniquilación. Su lucha no es solo por su libertad; es una lucha que mantiene viva la esperanza de todos los pueblos oprimidos.
El Holocausto no puede usarse como una excusa para silenciar la lucha de otros pueblos. La resistencia palestina nos recuerda que la dignidad humana es innegociable. En su dolor y esperanza, encontramos el reflejo de una humanidad que se niega a rendirse ante la opresión. Y es ahí donde la memoria del pasado encuentra su verdadero propósito: impedir que se repita, aquí y ahora, en Palestina y en cualquier rincón del mundo.
Ver a Israel como «el Estado nacido del Holocausto» impide a algunos aceptar que comete genocidio. Reconocer sus orígenes en el colonialismo de asentamiento, ayudaría a corregir esa falsa percepción y avanzar hacia la justicia. Hoy, Israel se erige como la nueva cara del nazismo, apoyado por EE.UU., parte de la Unión Europea y especialmente Alemania, atrapada en una culpa histórica —o complicidad— que prioriza la seguridad de Israel —o su apartheid— por encima de la justicia.
Sin embargo, lo que hace Israel no puede atribuirse a todos los judíos. Muchos, incluidos sobrevivientes del Holocausto, alzan su voz contra los crímenes de Israel. Esto no significa tolerar el negacionismo del Holocausto ni de otras atrocidades. Desde el colonialismo de asentamiento hasta la Nakba y más allá, las lecciones de la historia son claras: el genocidio es un gen latente del colonialismo. Y si existe un infierno, debería haber un lugar reservado para los negacionistas del Holocausto, de la Nakba y del genocidio palestino.
A aquellos judíos que han callado o han sido manipulados por la ideología sionista, les digo: es hora de despertar. La identidad judía no se reduce al Estado de Israel ni al proyecto colonial que representa. Nuestra historia nos obliga a ser conscientes, a no convertirnos en aquello que un día nos quiso destruir. Las voces judías que claman por justicia para Palestina son cada vez más fuertes, y no podemos ignorarlas.
El sionismo ha secuestrado la identidad judía, utilizándola como herramienta de propaganda junto a la ultraderecha internacional. Hoy, concentrado en el Estado fascista y militarista de Israel, instrumentaliza el Holocausto para fines políticos, omitiendo que el sufrimiento no fue exclusivo de los judíos. Fue parte de un proyecto más amplio de exterminio que también mató a millones de rusos y polacos (no judíos), cientos de miles de gitanos (romaníes y sinti), personas en situación de discapacidad, homosexuales, comunistas y disidentes políticos. Estas víctimas no judías siguen enfrentando marginación y discriminación, mientras la indignación moral selectiva perpetúa la injusticia. Reducir el Holocausto a un único sufrimiento es invisibilizar esas otras tragedias.
Y aquí reside un peligro moral profundo: transformar nuestra historia en el paradigma de la víctima absoluta. La víctima absoluta no admite cuestionamientos ni responsabilidades; es, por definición, irreprochable. Pero cuando una víctima se refugia en esa narrativa, corre el riesgo de convertirse en victimaria. Desde la creación de Israel, el sionismo ha manipulado nuestra memoria histórica para construir una narrativa de víctimas absolutas, que ha sido utilizada para justificar la colonización, el desplazamiento forzado y la violencia sistemática contra el pueblo palestino. Sin embargo, miles de judíos en todo el mundo, incluidos sobrevivientes del Holocausto y sus descendientes, han alzado la voz: «¡No en nuestro nombre!», rechazando que el horror que sufrimos sea usado como excusa para perpetrar un genocidio en Palestina.
Es fundamental distinguir entre quienes sufrieron el Holocausto y quienes perpetran estas atrocidades. No son los judíos que escaparon de aquel horror los responsables de esta barbarie, sino sectores del movimiento sionista, principalmente de Europa del Este, que llegaron a EE.UU. y Palestina antes de la Segunda Guerra Mundial.
Conocemos bien la historia del Holocausto. Una de sus lecciones es que debemos combatir el supremacismo étnico, el racismo, el militarismo y el genocidio, y a quienes lo promueven, donde sea que aparezca. Parte de ello es desenmascarar y responsabilizar a los serviles colaboracionistas que lo aplauden. Debemos aprender las lecciones de la historia. Y nos mantendremos firmes en ello. Nosotros, como judíos, tenemos el deber de defender el derecho de los palestinos a vivir en paz, dignidad e igualdad. También es nuestro deber oponernos a cualquier régimen fascista. Y eso incluye ser antisionistas. No se puede ser de izquierda y sionista: el sionismo implica exclusión, ocupación, racismo, vigilancia y exterminio, todo bajo el disfraz de «la única democracia de Oriente Medio».
Como judíos antifascistas, antiimperialistas y antisionistas, exigimos el fin de todos los genocidios, incluido el palestino. Es especialmente indignante que la memoria del sufrimiento de los judíos sea instrumentalizada para justificar el asesinato de miles de palestinos. Los judíos de todo el mundo nunca tendremos paz mientras Israel continúe atribuyéndose el derecho de actuar en nuestro nombre. El mito de la «seguridad» del hogar nacional se ha desmoronado: Israel será siempre un lugar peligroso mientras persista como un Estado fascista-colonial y un régimen de apartheid.
Las voces judías han sido secuestradas durante demasiado tiempo por hipócritas en el poder. Pero eso se acabó.
Hoy es imposible disociar el genocidio en Gaza del Holocausto. Esta barbarie a gran escala quedará grabada en la memoria colectiva por generaciones. Nadie podrá hablar del Holocausto sin pensar en Gaza.
La memoria del Holocausto permanece intacta y sagrada gracias a personas conscientes en todo el mundo. Las diatribas institucionales y los estallidos de indignación moral selectiva no detendrán el curso de la justicia, que finalmente está en marcha.
Hoy lloramos a los millones de seres humanos —judíos, rusos, romaníes y otros— perseguidos y asesinados durante el Holocausto por los nazis y sus colaboradores, pero también lloramos a los miles de palestinos y libaneses asesinados, torturados, mutilados, secuestrados y encarcelados por Israel. Aprendamos las lecciones de la historia para combatir todas las formas de discriminación y negacionismo, y construir un mundo libre de odio.
La lección del Holocausto es dignidad y humanidad para todos.
¡Nunca más para NADIE!
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El artículo sobre «La memoria como trinchera ética: nunca más para nadie» enfatiza la importancia de recordar y aprender del pasado para evitar que se repitan errores históricos. Para aquellos que son nuevos en el ámbito académico y buscan consejos útiles, pueden visitar Telkom University Jakarta.