Opinión

Culpa eterna: Las AFPs y los heraldos del capitalismo

La cuestión de las pensiones no es solo un asunto que concierna a la discusión del saber económico, jurídico o político, sino que se anuda un problema ético y teológico.

    

La cuestión de las pensiones no es solo un asunto que concierna a la discusión del saber económico, jurídico o político, sino que se anuda un problema ético y teológico que resulta imprescindible subrayar: la gracia (charis). El momento en que el trabajo cesa y el tiempo experimenta una suspensión, el esfuerzo y el dolor terrenal se detiene y los seres humanos se elevan a la divinidad. La “creación” da paso a la “salvación” y el sacrificio que reducía a los cuerpos al sufrimiento es revocado a favor de una y la misma eternidad; la criatura humana –dicen los teólogos- constitutivamente culpable, termina siendo redimida cuando la gracia irrumpe y los seres humanos habitan el reino de Dios. 

En los primeros versos de Poema de Chile, Gabriela Mistral, a contrapelo de la tradición masculina, identifica a este último con la gracia: “Ay, la bestezuela-duende / que fue en los pasados tiempos /ahijada de matorrales /y duende de los potreros /y que paró en el escudo/ su gracia y devaneo./ Se me entregó como la Gracia, / humo de su resuello,/ y su aceceo azorado/ me daban rostro y pecho.” El ciervo es la Gracia y ésta última, sitúa al hombre en una relación de participación con la Naturaleza. No de dominio, conquista o “rapiña” como irónicamente la propia Mistral se burlará en una conocida nota a El Mercurio de 1925 titulada “Menos cóndor, más huemul”.

Mistral marca el lugar del ciervo con la gracia precisamente para ir a contrapelo del cóndor y su violencia guerrera. Su invitación es a mirar la salvación no después de la muerte sino, en una rigurosa fidelidad a San Francisco de Asís, a experimentarla en el seno de la propia Naturaleza que habitamos en esta vida. Mistral abre, de este modo, una caja en la que la palabra poética adviene como palabra graciosa, gestualidad en la que todo sacrificio y coacción se detienen y donde las lágrimas de toda tragedia se redimen en el regazo de un ciervo.

El escudo de Chile resulta estar habitado por dicho ciervo, contiene la gracia bajo la sombra del cóndor, acechada por esta última, no deja de abrir líneas de fuga en el mismo lugar donde cabría esperar su completa clausura. Como si se tratara de una “madre muerta” (son palabras de Mistral) cuyo hálito se perpetúa en el seno de la fortaleza masculina que hace de la guerra, la violencia y el trabajo, sus prácticas preferidas.  Pero precisamente porque se trata de la gracia es que cuando ella irrumpe ya no puede haber más culpa en la medida que ésta última pertenece al orden sacrificial simbolizado por el cóndor.

El golpe de Estado de 1973 significó la arremetida del cóndor contra el “devaneo” del huemul. Como bien dice Mistral en su texto de 1925 cuando califica al cóndor como un simple animal de “rapiña”, digamos que sus palabras leen la violencia oligárquica –portaliana- a partir de la “rapiña” que implicó el triunfo del capitalismo neoliberalizado chileno desde 1973.

Justamente es ahí cuando se imponen las AFPs no a través de una discusión parlamentaria sino a partir de un simple decreto-Ley que convirtió a un pequeño grupo económico de carácter pinochetista en dueño absoluto de una industria que solo favorece al mercado de capitales.

Las AFPs –como ocurre con la totalidad del sistema financiero chileno al que estas instituciones pertenecen- son una industria que se viste bajo el manto de ser un “sistema de pensiones” pero que hoy contemplamos con terror lo que verdaderamente eran: parte de la “rapiña” general institucionalizada con el golpe de Estado de 1973. Golpe cuya violencia destronó al ciervo y, con ello a la “gracia”: en cuanto sistema de “ahorro forzoso” que potencia el mercado de capitales del grupo “rapiña” instaurado por Pinochet, las AFPs no son un sistema de pensiones. Y si no lo son ¿qué es lo que dicho dispositivo nos impone? Ante todo, la continuación del trabajo, del reino de la necesidad en la que el sacrificio y el esfuerzo, a pesar de nuestra edad, deben continuar.

En rigor, las AFPs son el dispositivo financiero que garantiza la eterna continuidad del trabajo y la imposibilidad del advenimiento de la gracia. En otros términos, las AFPs son las guardianas de la infelicidad total de la población y la clausura completa de su porvenir. Ellas mismas tienen capturado el futuro bajo la única premisa posible: el trabajo eterno. Así, el que las AFPs no ofrezcan jubilación sino nada más que trabajo, muestra el problema ético y teológico que éstas ponen en juego. Por cierto, esa Iglesia Católica que se escandaliza porque las mujeres puedan abortar libremente y se ofenden cuando se les llaman “príncipes” (príncipes sin reino, habría que decir), nada ha dicho de las AFPs como sistema orientado a la destrucción sistemática de la gracia.

Las AFPs son el terrorismo contra la gracia o, si se quiere, una verdadera des-gracia precisamente porque privan de ese momento de gratitud en la que el ciervo nos visita; destruyen al huemul del escudo y solo profundizan la “rapiña” atribuida al cóndor.

Incluso, aquellos que se llama “economistas” han dicho que habría que extender la edad de jubilación que, por razones demográficas, sociológicas y demases, razones espúreas, en suma, cuando sabemos que la cuestión ideológica y no el problema “técnico” es el principio que moviliza a estos “des-graciados”; habría que insistir en la capitalización individual justamente para que nadie pueda ser tocado por la gracia y se mantengan trabajando para siempre, hasta la muerte.

Las AFPs, por tanto, ofrecen un mundo sin respiro, la continuidad de la culpable condición del trabajo sin posibilidad alguna de redención.

Es precisamente a propósito de este problema que resulta imprescindible recordar un viejo texto de Walter Benjamin titulado “El capitalismo como religión”: a contrapelo de la tesis weberiana que sostenía que el capitalismo era una ética protestante secularizada, Benjamin sostiene que el capitalismo es una religión en sí misma, no una derivación secular de otra. Pero esta nueva religión tiene una característica: a diferencia de las religiones anteriores que ofrecían una concepción de la culpa y de las posibilidades de su expiación, la religión capitalista no ofrece expiación alguna. Más bien, extiende la culpa ad aeternum, produciéndola una y otra vez, bajo ese antiguo dispositivo que el capitalismo hoy convierte en moneda de intercambio mundial: la deuda.

Es precisamente en este registro que hay que pensar a las AFPs y cómo éstas constituyen un atentado contra la gracia precisamente porque, desde el golpe de Estado de 1973, no han hecho más que consolidar esta singular religión capitalista. ¿Qué definiría a un lugar donde prima nada más que la culpable condición de manera eterna, en un encadenamiento sin fin de sufrimiento y pagos sin expiación, sino el infierno?

Las opiniones vertidas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan necesariamente la visión de LVQS.

Sobre la autora / el autor
Rodrigo Karmy
Doctor en Filosofía. Académico de la Universidad de Chile.

También te puede interesar

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

¡Apoya al periodismo independiente! Sé parte de la comunidad de La voz de los que sobran.
Únete aquí

¡Apoya al periodismo independiente!

Súmate, sé parte de la comunidad de La voz de los que sobran. Así podremos seguir con los reportajes, crónicas y programas, que buscan mostrar la otra cara de la realidad, esa que no encontrarás en los medios de comunicación hegemónicos.