Opinión

Dispositivo carcelario

El atmoterrosismo es la creación de un enemigo que amenaza con destruir las condiciones de vida del cuerpo político —que siempre es a su vez el cuerpo del sujeto. La imagen imperial de las plataformas de cine en casa (home cinema) da pronto con la representación de este miedo con Last of Us, el enemigo está en todos lados, es parte del medio ambiente.

Las ficciones distópicas comparten una característica: el exceso de control. Control de movimiento, control de las ideas, control sobre el cuerpo y la mente. En un bucle, la sociedad contemporánea intenta reducir la inseguridad, aumentando el control; lo que obtiene, sin embargo, es más control y mayor inseguridad.

La inseguridad se expresa en un afecto, el miedo. El miedo es una señal corporal que le avisa al sujeto que debe protegerse de una agresión posible, real o imaginaria. Este sistema de autocuidado está hoy hiper estimulado por las imágenes de terror que los medios de comunicación y redes sociales hacen circular sin descanso: de la imagen al ojo y de ahí directo hacia sistema nervioso. Una lluvia es ciclón, el frío es polar. Peter Sloterdijk llama atmoterrorismo a la administración política mediante el pánico, son tres los elementos que la constituyen: la guerra en una concepción posmilitar, la técnica como control/mejoramiento de la vida y la vinculación entre política y medio ambiente[1].

El atmoterrosismo es la creación de un enemigo que amenaza con destruir las condiciones de vida del cuerpo político —que siempre es a su vez el cuerpo del sujeto. La imagen imperial de las plataformas de cine en casa (home cinema) da pronto con la representación de este miedo con Last of Us, el enemigo está en todos lados, es parte del medio ambiente.   

El punto de contacto de las ficciones distópicas con la sociedad atmoterrorista actual está en la administración y dosificación del miedo en la configuración de un orden seguritario.

Con acierto el sociólogo norteamericano Mike Davis llamó a esta organización social “ecología del miedo”[2]. Una ecología es relacional, no afectiva, y su modelo de organización no es antropocéntrico. Lo que describe a esta ecología es la multiafección de los actantes debido a las pulsiones biológicas (la invasión, la competencia, la descendencia y la simbiosis), la estructura urbana, los ingresos, el valor del suelo, la clase, la raza y el género.

El miedo organiza esta ecología y también establece jerarquías entre los sujetos (en quiénes confiamos y en quiénes no); reconoce lugares inmunes (cercanos y familiares); y favorece la proliferación de distintas formas de protección (segregación de barrios, exigencia de más policía, más represión, más vigilancia, más autoprotección, enrejamientos de viviendas)[3].

Habría que decir que el miedo no es un afecto nuevo en la configuración de la escena política moderna. Ya Hobbes fundaba la política en la reducción del miedo mediante la ficción del pacto en la que los sujetos entregan parte de su libertad al Estado a cambio de seguridad. ¿Cuál es la diferencia entre el Estado liberal hobessiano y el Estado seguritario?  La ecología del miedo es la gestión del medio desde una compleja red en la que el Estado es un nodo más en el despliegue de un orden seguritario. En este sentido, el Estado ha dejado de tener la figuración central en la administración de la protección de la ciudadanía. Síntomas de esta falta de centralidad es la cada vez más notoria sustracción del Estado de sus funciones básicas de integración vinculadas a la salud y educación pública. Habría que decir más aún, el Estado seguritario se defiende, se protege de la ciudadanía. El propio fin del Estado seguritario es la defensa de su propio cuerpo. En tal sentido, el Estado seguritario es posliberal.

¿Qué ocurre con la justicia en una ecología del miedo? La justicia es el modo en que el miedo se controla. Si el Estado protege su cuerpo de la ciudadanía, la justicia dejará de ser parcial. Esa imparcialidad hace posible la búsqueda de “justicias” por fuera del dominio del Estado.

Es cada vez más evidente la falta de garantías frente al poder seguritario: la intervención jurídica como “golpes políticos” (Lawfare); el encarcelamiento por sospecha; los linchamientos; las funas en las redes sociales; y la conformación de redes de protección fraterno barriales. Cada una de estas acciones tiene como límite fantasmático la cárcel. En más de un sentido el dispositivo jurídico se ha vuelto en un dispositivo carcelario.

En este contexto de transformación de la esfera judicial, tendríamos que preguntarnos: ¿Por qué el alcalde de Recoleta Daniel Jadue cumple prisión preventiva mientras se investiga una acusación en su contra debido a malversación de fondos comunales? ¿Cuál es la función óptica jurídica de exponer a Daniel Jadue con pechera de imputado y esposado? ¿Cuál es el miedo del que se protege el Estado?


[1] Peter Sloterdijk, “La guerra de gas o: el modelo atmoterrorista” en Esferas III, trad., Isidoro Reguera, Madrid, Editorial Siruela, 2018, pp. 75 y ss.

[2] Mike Davis, Control urbano. Más allá de Blade Runner, trad. colectivo editorial, Barcelona, Virus Editorial, 2020.

[3] Ibid., pp. 25-83.

Las opiniones vertidas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan necesariamente la visión de LVQS.

Alejandra Castillo
Sobre la autora / el autor
Alejandra Castillo
Filósofa feminista.
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