Opinión

El cuento de la criada y el maternalismo progresista

Desde el gobierno y la coalición progresista se insiste sin evidencia alguna que la solución al problema, es una escuálida provisión y fortalecimiento del sistema de cuidados que no es lo mismo que un estado de bienestar.

Make kin, not babies

Dona Haraway

La novela El cuento de la criada, de la autora canadiense Margaret Atwood, se ha convertido en una de las distopías más populares de los últimos años, no solo por su versión cinematográfica sino porque trata un tema que está muy cerca de convertirse en realidad: la posibilidad de que la humanidad cese de reproducirse.

En la novela, se retrata la vida de Defred, una joven habitante de la República de Gilead gobernado por un estado totalitario en que la mayoría de las mujeres presentan una tasa de fertilidad muy baja, producto de un desastre ambiental. Entre las actividades a las que se dedican algunas mujeres es el de “criadas” que se ofrecen a las familias de la élite pues aún mantienen su capacidad de tener hijos.

Se trata de verdaderas esclavas reproductivas y sexuales. Sin lugar a dudas esta ficción que recrea de forma brutal lo que podría ocurrir en una sociedad en donde las tasas de natalidad llegan a sus mínimos porcentajes, no está muy lejos de algunas medidas que algunos países ya han implementado.

Por ejemplo, un reportaje de la BBC indica que países como Irán, el segundo país más envejecido del planeta después de Japón, ha adoptado la prohibición de realizar vasectomías en centros médicos estatales y que solo se ofrecerán anticonceptivos a mujeres cuya salud esté en riesgo. En Chile, y en las últimas semanas, el tema se ha vuelto debate de campaña electoral y discusión animada de la clase política, de sociólogos y economistas, en que una vez más las mujeres son testigos pasivas de explicaciones, imaginarios de intervención estatal  sobre sus cuerpos y sobre todo de la definición de lo que es un problema para un sector social conformado por la mitad de la población.

Es cierto que la natalidad se redujo en Chile abruptamente en los últimos años y según el Censo 2024 la tasa de fecundidad apenas alcanza 1,16 hijos por mujer siendo una de las tasas más bajas no solo de la región sino del mundo. También es cierto que esto significa el envejecimiento de la población y por lo tanto un tremendo desafío para las políticas públicas siempre amenazadas por sectores que promueven la mercantilización de los servicios que atienden a las necesidades biológicas y sociales de la población.

Por el contrario, no podemos asegurar con certeza que esta baja sea un problema en sí mismo para las mujeres, no veo mujeres protestando en las anchas Alamedas por demandas de querer tener más hijos,  lo que veo más bien son mujeres exigiendo el derecho al aborto universal y el fin de la violencia de género en todos los niveles de la sociedad. Pareciera entonces que se trata menos, de un problema para las mujeres y más, de un problema para el estado y para el mercado.

Para el estado, porque es incuestionable el hecho que el éxito de los indicadores de desarrollo social y económico del país no se debe solo a las actividades llamadas productivas o mejor dicho, actividades que se valorizan en indicadores monetarios y financieros, sino también, por las actividades de reproducción social cuya valoración obedece a indicadores directos de bienestar social y calidad de vida  e indirectos, como es la provisión al mercado de mano de obra con condiciones de salud apropiadas y con una esperanza de vida que sobrepase los 40 años. Esto es lo que se llama labores de cuidado.

Así el problema de la baja natalidad es que ese trabajo gratuito se hace cada vez más escaso (menos mujeres disponibles) y más caro pues esa baja implica el envejecimiento de la población. La consecuencia de esto es la falta de disponibilidad de mano de obra doméstica y gratuita que pueda cuidar a esos futuros adultos mayores cada vez más longevos y requeridos de mayor asistencia, gasto en salud y desarrollo social, entre otros. Para el mercado, es un problema porque implica la falta de provisión de mano de obra remunerada joven y productiva, es decir una falta de “activos”.

La respuesta a este panorama ha sido múltiple aunque sin diferencias sustantivas.

La imaginación de la derecha, es ofrecer bonos de dinero por cada hijo nacido. No pienso explayarme en la concepción de mujer que esta “medida” contiene: que las mujeres paren a cambio de dinero que no alcanza ni para pagar la hospitalización de un parto. Obviando esta especie de chiste misógino, que se suma a otros ya conocidos como que “ ya casi no existen mujeres que quieran quedarse en la casa para servir y dar placer al marido”, es importante señalar que cuando se indica que estas medidas las han tomado países desarrollados habría que preguntar cuáles, porque la evidencia indica que las políticas de apoyo financiero de corto plazo son totalmente ineficaces y tienen aún menos probabilidades de funcionar cuando estas ayudas monetarias van acompañados de restricciones en el acceso a la salud sexual y reproductiva o el aborto, es decir, la propuesta de la derecha.

En el caso de Singapur, un caso ampliamente estudiado inclusive celebrado por el FMI, en el 2001 se introdujo un paquete de incentivos pronatalistas que incluyó postnatal extendido, subsidios para el cuidado de los niños (200 dólares al mes) desgravaciones y reembolsos fiscales, bonos en dinero y subvenciones para las empresas que implementen acuerdos de trabajo flexible. A pesar de estos esfuerzos, la tasa de fecundidad se modificó apenas de 1,41 en 2001 a un 1,16 en 2018 [1].

De acuerdo a los aprendizajes del análisis comparado entre países, pareciera que las políticas pro natalistas efectivas son programas políticos de largo alcance que se basan tanto en una provisión estatal estructural, pero sobre todo en una protección del trabajo y mejoramiento significativo de las condiciones laborales y salariales o lo que OIT llama trabajo decente, para alcanzar una mayor disponibilidad de tiempo para estar con los hijos lo que implica menos horas de trabajo por la misma remuneración como de menos horas para llegar a ese trabajo. Evidentemente esto que enseña la evidencia disponible, no es parte del debate político local.

Desde el gobierno y la coalición progresista se insiste sin evidencia alguna que la solución al problema, es una escuálida provisión y fortalecimiento del sistema de cuidados que no es lo mismo que un estado de bienestar pues los sistemas de cuidados como nos enseñó el pensador del estado de bienestar Gøsta Esping-Andersen no necesariamente tocan o afectan la estructura laboral ni productiva (lo que llamó los estados familiaristas); el problema es que en el contexto chileno actual y, a 30 años de democracia y varios gobiernos de izquierda progresista que han reivindicado como parte de sus promesas políticas ese sistema integral de cuidados, el cuidado sigue recayendo dramáticamente en las manos de las mujeres -por ejemplo, el postnatal se amplió para las mujeres a 6 meses y no para los varones que sigue siendo de 5 días y son las mujeres las principales usuarias de estos sistemas como el feminizado sistema Chile Crece Contigo- y seguirá recayendo aún más por el mismo envejecimiento de la población, pues son las hijas las principales cuidadoras y sostenedoras de los padres dado las exiguas jubilaciones que en Chile reciben nuestros jubilados/as y que claramente la reforma de pensiones no mejorará sustantivamente.

Así, el cuidado infantil recae en su mayor parte en las manos del mercado desregulado en donde los precios de salas cunas y jardines infantiles muchas veces llegan al valor de 1 sueldo mínimo y sin garantizar condiciones mínimas de calidad y seguridad, pues cualquier intento de regular con mayor fuerza este mercado del bienestar dado sus implicancias en relación a otros rubros, se interpreta por los ideólogos del mercado como desaceleración económica. Un círculo vicioso que el progresismo ha sido más bien complaciente.

Pero lo más preocupante de todo, es que, a pesar de las diferencias en las propuestas, las mujeres no han sido convocadas en la definición del problema. En el momento en que las mujeres adquieren mayor capital económico y cultural sus expectativas de vida, sueños y utopías personales también se transforman.

Los sueños de las mujeres jóvenes actuales están lejos de acercarse a convertirse en madres abnegadas y trabajadoras a la vez; pareciera que el reconocimiento de que la maternidad no es una experiencia que, digamos, lleve a las mujeres a un estado de felicidad y enriquecimiento personal, se ha invisibilizado totalmente de la discusión contestada por el gobierno, es el gran tabú para el feminismo de estado ocupando el lugar de la feminista aguafiestas de la que habla la pensadora Sara Ahmed en las Políticas de la felicidad.

No se trata de negar ni vilipendiar la maternidad -aunque sería legítimo, pero no es mi posición- sino que de rechazar la idea de que si se mejoran los sistemas de cuidado las mujeres automáticamente reorientarán su deseo hacia la maternidad. Sin duda nos falta tiempo, pero el tiempo siempre está determinado por el deseo -ya sea de tener o hacerse de ese tiempo.

La maternidad no solo requiere de tiempo, sostén económico y social o de que los hombres aprendan o quieran cambiar pañales, es un trabajo en toda su dimensión que exige fuerza mental y física, de 24 horas al día y de toda una vida, implica con ello, una moratoria cultural y social especialmente en los primeros años de crianza o inclusive más, pues está demostrado que las mujeres  recortan y disminuyen drásticamente su vida social, educativa,  cultural y sexual una vez que se convierten en madres.

También, trae cambios corporales, psíquicos, hormonales, conlleva dolor, desvelos, estrés y un largo etcétera y, no es criar a los propios hijos sino que también a los hijos de los hijos. La maternidad antes que una función social y un factor sociológico o económico reducida a una tasa de fecundidad o, idealizada como una experiencia de felicidad coartada por el malvado neoliberalismo, es una función subjetiva y quizás, la más demandante que existe en la naturaleza humana, a la vez la más ingrata -tal como lo revelan las alarmantes cifras de maltrato y violencia intrafamiliar hacia las mujeres adultas mayores.

La pregunta que deberíamos hacernos antes de hacer propuestas es, si las nuevas generaciones de mujeres están dispuestas a cumplir con estos mandatos, tareas y restricciones sin perder de vista que esto no trata del egoísmo de ese malvado neoliberalismo que se ha metido en el alma de las mujeres, sino de una conciencia histórica y epocal que ha descubierto afortunadamente otros mundos más allá del espacio doméstico es decir una habitación propia como lo escribió Virginia Wolf.  

La maternidad es una experiencia vital que se inscribe en una biografía personal, en donde el deseo de disponer el cuerpo para el sostenimiento de otros humanos y de la vida biológica y social, es más relevante que un bono, un jardín infantil o un distópico, por maravilloso, estado de bienestar que garantice la felicidad doméstica.

Me llama la atención de que la imaginación política de este maternalismo progresista, no incorpore el aporte de la migración para afrontar esa baja natalidad y que puede ser asumida también desde políticas de hospitalidad que inviten a familias extranjeras a poblar el país. La Sociedad chilena de medicina reproductiva indica que, en este contexto “[…la migración emerge como un factor clave para renovar el tejido demográfico del país. Las cifras muestran que la población migrante es significativamente más joven: solo el 3,8% de los migrantes tiene 65 años o más, mientras que un 11% tiene entre 0 y 14 años. Asimismo, se estima que una parte importante de los nacimientos recientes en el país corresponde a madres extranjeras, lo que demuestra el aporte directo de la migración a la natalidad…][2].

Cabe destacar que Japón con una crisis de fecundidad alarmante justamente fue uno de los países más reacios a la migración y hoy ve las consecuencias de sus políticas antimigratorias y de pureza racial tan celebradas por la extrema derecha. No incorporar en el debate, el aporte de la inmigración, puede situar inadvertidamente al maternalismo progresista como un aliado de la eugenesia social.

Es preocupante la posición de la extrema derecha de convertir en las mujeres en contenedores para el desarrollo económico y la provisión de mano de obra barata, pero más preocupante es la del gobierno y el feminismo de estado que al sumarse a ese furor del maternalismo político, que ha sido ampliamente estudiado por las historiadoras y pensadoras feministas, usando los argumentos y conquistas feministas pretenda hacer retroceder la vida de las mujeres chilenas en su deseo de resistirse a la industria de la reproducción y la filiación.

Quizás, si tanto la derecha como el progresismo nos preguntara a las mujeres qué pensamos de este debate creado por ellos mismos, otras ideas menos distópicas emergerían. Mientras eso suceda, recomiendo para este día de la madre el libro Contra los hijos de la destacada escritora chilena Lina Meruane.


[1] Poh Lin Tan . 2020. Reversing Demographic. Decline  Singapore’s experience in trying to raise its

fertility rate offers lessons for other countries. Journal of Finance & development, 57, 15-16

[2] Sociedad chilena de medicina reproductiva.2025.  “Censo 2024: envejecimiento, natalidad y migración”. https://socmer.cl/censo-2024-envejecimiento-natalidad-y-migracion/

Las opiniones vertidas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de quienes las emiten y no representan necesariamente la visión de LVQS.

Claudia Calquin Donoso
Sobre la autora / el autor
Claudia Calquin Donoso
Académica, Escuela de psicología, Universidad de Santiago de Chile.
Ver sus publicaciones →

También te puede interesar

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

¡Apoya al periodismo independiente! Sé parte de la comunidad de La voz de los que sobran.
Únete aquí

¡Apoya al periodismo independiente!

Súmate, sé parte de la comunidad de La voz de los que sobran. Así podremos seguir con los reportajes, crónicas y programas, que buscan mostrar la otra cara de la realidad, esa que no encontrarás en los medios de comunicación hegemónicos.