Zoom We Xipantu

Un ejemplo de esto es quizás We Xipantu. Una fiesta recuperada en la ciudad por un grupo de artistas teatrales mapuche. Que fue recopilada en el campo y llevada en andas a la ciudad para desvirtuar y contradecir la tradicional narrativa religiosa del San Juan y se instaló y recuperó y se extendió por el territorio. En 1993 el Estado intento recubrir todo el trabajo de recuperación designando la fecha del 24 de junio como el Día Nacional de los Pueblos Indígena. Luego de siglos para quitar el velo de ignorancia, parafraseando a Rawls, y reinstalar un manto de burocracia administrativa. Hoy nadie, salvo alguna repartición pública, celebra la efemérides, pero la fiesta nacional del pueblo mapuche está suficientemente instalada y goza de buena salud.

Quizás podríamos resumir la vida del pueblo mapuche entre nuestras primeras familias cazadoras, luego recolectoras, más tarde,  agrícolas y artísticas y luego ganaderas. Dueños de todas las amplias praderas del sur, desde el mar del Gvlumapu hasta el a mar de Puelmapu. Todas estas épocas de mucha abundancia. Vivimos 30 mil años de abundancia. Luego vendría la Gran Guerra y nuestra derrota militar ante el Estado de Chile.

Nueva época de restricciones y escasez. Ambrosio O’Higgins Vallenar, padre de Bernardo, celebró  el Parlamento de Negrete entre el 4 al 6 de marzo de 1793. Ambrosio era presidente de la Real Audiencia. El capitán general del Reino de Chile se maravillaba de cómo vivían los vlmenes mapuche y “de la riqueza en que vuestra gente vive”. Pero vendría la debacle frente a un Estado de Chile y a sus familias fundadoras que, sigo creyendo, jamás nos perdonaron apoyar a la Corona Española en la Guerra de Independencia que habían iniciado una pandilla de jóvenes rebeldes, bien formados en Europa en las ideas republicanas y masónicas. Apegarse a la palabra empeñada, en los acuerdos comerciales y en los, hoy conocidos como, Tratados Internacionales con la España, sería nuestra condena.

Pasada la Guerra a Muerte, constituido y consolidado el Estado de Chile, luego de su ampliación hacia el desierto salitrero y anexados los territorios del Norte Grande: Antofagasta, Iquique y Arica, derrotados Bolivia y Perú, el Ejército Chileno dio una vuelta en U y siguió su paso marcial hacia la Frontera. La historia trágica de la anexión del país mapuche está suficientemente retratada en los libros de jóvenes historiadores mapuche: Mariman, Caniuqueo, Lincopi, Pairican, Antileo y otr@s tant@s que siguen rastreando las razones de nuestras carencias y perspectivas actuales.

El Siglo XX nos encontraría derrotados, maltrechos y acorralados como “granos de trigo en un costal”. La escasez de tierra y territorio expulsaría a miles de hombres y mujeres mapuche de sus Lofche originales a la ciudades. Arribarían a la capital oleadas de migrantes del país mapuche en las décadas del 40 y 50. Se asentarían en la capital hablando un débil castellano y sufriendo indecibles marginaciones, discriminación y abusos. Tendrían hijos a los que les negaría el idioma y buena parte de la cultura. Optarían por el silencio y la auto-negación, para no traspasar a sus hijos e hijas la condena de ser “indios”. Una generación completa de silencio y tartamudez cultural.

La siguiente generación, ya en los 70, se entusiasmaría con los procesos de florecimiento cultural, reivindicación histórica y el activismo político. Por primera vez el Estado no quería asimilarlos ni usurpar sus tierras sino respetarlas y acrecentarlas vía una Reforma Agraria. Duraría apenas nueve años y una nueva violencia inusitada y despiadada caería sobre los líderes mapuche, en el campo y en la ciudad, a partir del Golpe que con extremo terror aplastaría la ilusión desarrollista.

Al volver a reinstalarse el sueño de la transición y la utopía democrática, la carestía era la tónica de mapuche y chilenos. Una nueva generación ilustrada de aquel país azul reinstalaría la idea de pueblo, de derechos y del viejo desarrollismo. El desarrollismo derivo en reconocimiento y este en autonomía y derechos de libre-determinación a la luz de la bóveda celeste del sistema internacional de los DD.HH. Se despertaría el ave de nuestros corazones, diría Lienlaf; nuevos sueños azules y contrasueños, diría Elicura. Un nuevo pensamiento político propio surgiría en barbas de la política pública indígena y la hermética academia. Una idea de nación plural distinta que alejaría las posiciones con el poder, de una democracia cada vez intrascendente.  La carestía se transformaría en insatisfacción.

Un ejemplo de esto es quizás We Xipantu. Una fiesta recuperada en la ciudad por un grupo de artistas teatrales mapuche. Que fue recopilada en el campo y llevada en andas a la ciudad para desvirtuar y contradecir la tradicional narrativa religiosa del San Juan y se instaló y recuperó y se extendió por el territorio. En 1993 el Estado intento recubrir todo el trabajo de recuperación designando la fecha del 24 de junio como el Día Nacional de los Pueblos Indígena. Luego de siglos para quitar el velo de ignorancia, parafraseando a Rawls, y reinstalar un manto de burocracia administrativa. Hoy nadie, salvo alguna repartición pública, celebra  la efeméride, pero la fiesta nacional del pueblo mapuche está suficientemente instalada y goza de buena salud.

Hoy es difícil encontrar un lugar donde esta fiesta de la fertilidad, fiesta femenina de la abundancia y la existencia no se practiqué con la felicidad del ser y del existir.

Me equivoqué en el título, dice Zoom como la app de moda, y en la que, quien sabe, talvez más de algunos celebren un webinar de We Xipantu, una celebración digital online ante la imposibilidad de estar en presencia reunidos como manda la cuarentena del Corona Virus. Que es exactamente lo contrario de celebrar la vida.

Sí me equivoqué en el título. Allí donde dice Zoom We Xipantu debe decir Zomo We Xipantu.

Kvme We Xipantu Kom!

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