Yo no celebro el 18 de octubre

Foto: Agencia Uno

Tras una explosión social de las magnitudes de la que vivimos, no puede haber algo bonito. Hay desesperación, descargo, rabia, pero no hermosura. Y no tiene por qué haberla. No es una condición sine qua non. No obstante, algunos creen que sí, que esos sentimientos hay que justificarlos, más que explicarlos; florearlos y bañarlos del aroma de la bondad y de la dignidad.


    

He escuchado a gente cercana y no tanto decir que el próximo 18 de octubre se celebrará el cambio o el despertar de Chile. Cuando les he preguntado cuáles son las razones para afirmar aquello, de inmediato me hablan del trabajo por la nueva Constitución y la presión popular que ha estado en las calles desde ese viernes de hace dos años. Claro, si uno quiere romantizar los fenómenos sociales, en vez de analizarlos, ese relato parece muy bonito, perfecto para emocionarnos y llenar páginas y páginas de heroísmo y emotividad. Sin embargo, la glorificación de las explosiones no solo parte de premisas falaces casi siempre; es, además, una falta de respeto hacia la historia.

¿A qué me refiero? A que la historia es más compleja que la burda romantización que algunos hacen de ella. Y el caso de esta significativa fecha no es la excepción. Tras una explosión social de las magnitudes de la que vivimos, no puede haber algo bonito. Hay desesperación, descargo, rabia, pero no hermosura. Y no tiene por qué haberla. No es una condición sine qua non. No obstante, algunos creen que sí, que esos sentimientos hay que justificarlos, más que explicarlos; florearlos y bañarlos del aroma de la bondad y de la dignidad.

Lo que pasó este día, en cambio, tiene más que ver con un reventón de particularidades, el que esparció pedazos de identidades, pequeñas o grandes causas que regaron el suelo nacional. Con causas no me refiero solo a cuestiones universales, sino también personales: a vidas, a presiones por precios, por créditos, por seguir tratando de llevar una forma de vivir, y principalmente por intentar conciliar esta con el sueldo.

El estallido de octubre del 2019 no fue el de la pobreza; fue el de una clase media construida por tarjetas y plata prestada. Un bienestar sustentado en la falta de certezas. No fue la revolución del viejo y heroico obrero de los setenta, que tenía una visión de futuro y emancipación, sino el grito del consumidor construido en la  inmediatez despolitizada de la posdictadura. Aquel que no tiene más horizonte que poder abonar la deuda en el banco para seguir adelante con colegios, universidades, etc. Él, aunque no haya ido a las calles a protestar, explotó y sigue explotando.

Claro está que esto comenzó con una revuelta escolar a la que se fueron sumando organizaciones sociales que venían  marchando hace bastante tiempo. Pero creer hubo un cerebro político y articulado detrás, es no saber dónde se vive. Es estar convencido de que la sociedad chilena está más politizada de lo que lo está realmente. Y lo cierto es que no. La dispersión, la insistencia en mirar con sospecha toda acción política para darle cauce a lo que sucedió, es una muestra de ello.

Es sumamente importante saber qué son ciertas fechas y qué significan. Para eso vale la pena detenerse, ojalá con cierto espíritu crítico, antes de enarbolar consignas que dicen mucho literariamente, pero nada en materia ideológica. Es verdad que es difícil, o casi imposible. Los hechos objetivos siempre se observarán con subjetividad. Sobre todo cuando conllevan tal dimensión de pasión y algarabía.

Lo que sucedió esa tarde de primavera, fue el resultado de cuestiones contenidas, de una ideología de consumo que se rebeló en contra de ella misma, pero con sus mismas herramientas. Eran individualidades que velaban por el presente. No por un mañana mejor. Porque la posmodernidad es la hija privilegiada del capitalismo tardío. Y en este no hay otro día que el ahora. Tal vez por eso es que la idea de pensar nueva institucionalidad es casi un milagro.

La Convención Constituyente, por lo tanto, la gran muestra de que aún existe, ahí, viva, latente, la acción política. Y me parece, por lo mismo, la mejor noticia después de días en que lo que vimos fue la carne abierta de un entramado ideológico que se retroalimentaba al mismo tiempo que se despedazaba, cicatrizándose rápidamente. Sin el 15 de noviembre, el 18 de octubre habría sido una interminable guerra intestina de este entramado, sin nunca haber terminado en nada. Por todo esto, yo no lo celebro.

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