Ya que se derrumbaron sus certezas, Mañalich debe dar un paso al costado

Foto: Agencia Uno

Debido a que reconoció públicamente que todas sus certezas se derrumbaron, el ministro Jaime Mañalich se convirtió en tal vez la primera autoridad de gobierno en hacer algo parecido a reconocer su responsabilidad política en la forma en que el Ejecutivo ha conducido el manejo del coronavirus en Chile. No es poca cosa. Es hasta rescatable, tomando en cuenta la figura y el carácter tremendamente triunfalista de la administración Piñera.

Luego de esto, hay que seguir y tomar una decisión inmediata. No es tiempo para quedarse en la acción misma del reconocimiento, sino hacer política. ¿Qué sería lo recomendable? Que, con rapidez, se aprendiera de los errores y, de ahora en adelante, se reinventara completamente la estrategia del Ministerio de Salud ante la pandemia. Y la única manera de hacerlo es mediante nuevas formas de actuar que se sirvan del diálogo entre diferentes expertos, sin temerle a algo más colaborativo, menos ciego y más racional.

Pero para ello la persona de Mañalich ya no sirve. Esto no lo digo con el afán de irme contra él, sino porque parece más que claro que está muy cerca de las ruinas para mirar hacia el futuro. Su mirada cerrada y demasiado ensimismada no podrá llevar a cabo ningún tipo de gestión colaborativa, ni racional, más allá de su obsesión por mostrar que tiene la razón y que sus estudios de experto en epidemiología le darán todas las respuestas al respecto. Porque lo cierto es que eso no sucede, ya que la acción del Estado es más que experticia. Es también política. Y, en este caso en particular, se requiere de esa combinación.

Por lo tanto, lo más sensato sería que el titular de Salud saliera y diera paso a una estrategia que fuera de acuerdo a lo que estamos viviendo hoy. Pero para eso no se requiere “humildad”, como se repite muchas veces en las redes sociales, sino de una conciencia de la política y la República que a este gobierno le falta.

Mañalich, aunque en las formas parezca ser muy respetuoso de los símbolos, cree ser irremplazable. Está convencido de que él es el único que puede salvarnos de esto, y mentalidades como esas no son funcionales en un Estado. Y menos cuando su cargo depende de la confianza que el Presidente deposite en él.

En estos días es poco recomendable darse gustitos y resulta necesario actuar con un sentido de lo estatal, poniendo ciertos énfasis para que el futuro sea más prometedor que lo que estamos viendo. Y la única forma de hacerlo es haciéndose preguntas, cuestionándose no solo acerca de las soluciones a este virus, sino también cuánto se puede colaborar en uno u otro cargo de poder. Y eso es lo que Mañalich no se está preguntando y es urgente que lo haga.

Estamos en horas decisivas en las que el gobierno debe cambiar el rumbo, la estrategia a seguir y la forma en que la implementará. Nadie está buscando la perfección, como parece que en La Moneda creen, sino que se camine hacia lo perfectible. Y para eso se requiere grandeza de todos, especialmente de parte de quienes están manejando el barco.

¿Quién podría reemplazar a Mañalich en estas graves circunstancias? No se sabe. Pero tendría que ser alguien que, aparte de saber mucho al respecto, entienda la importancia del manejo político, para que las decisiones que tome tengan cierta discusión entre quienes saben del tema. Y, claro, también debe comprender la complejidad que trae consigo el aparato estatal; sus formas, sus rituales y, sobre todo, tomarle el real peso a lo que significa lo público. Lo que no es poco, tomando en cuenta el desdén con que se lo mira al interior de Palacio.

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