Viñuela y la falsa “buena onda” matinal

Hay que tener claridad en que la demanda del camarógrafo, aunque haya estado sonriendo mientras se le cortaba el pelo, es totalmente legítima. Hubo normas laborales que se sobrepasaron, que fueron dejadas de lado por un manto de “buena onda” que acaramelaba algo que no debe suceder en ningún lugar de trabajo, independientemente de cuál sea el rubro al que se dedica la empresa.

La imagen del animador José Miguel Viñuela cortándole el pelo a un camarógrafo como un acto de “niñería”, debido a sus supuestas ganas de traer humor a la situación actual que vivimos, dio vueltas por las redes sociales y fue motivo de discusión en varias partes. Aunque pareciera un simple juego en medio de la pandemia, lo cierto es que en esa escena no había pares con el mismo poder, por lo que no existía una horizontalidad real, sino únicamente televisiva.

Con esto no estoy diciendo que Viñuela tenga gran poder en la estructura de un programa matinal como el que conducía hasta la semana pasada; pero sí es claro que, ante las instrucciones de un director que puede decirle al oído que pare o que siga, es él quien tiene las atribuciones para llevar a cabo la orden de parar o, en cambio, seguir, debido al silencio de la sala de dirección ante lo que está haciendo. Por lo tanto, hay relaciones de poder en juego. No hay “iguales”, como dijo el exconductor de Mekano que le habían enseñado en su colegio jesuita.

Esto es importante entenderlo: por más que haya una cierta idea de que hay un ambiente casi “familiar” en algunos trabajos, esta lo único que consigue es invisibilizar las estructuras, negar antagonismos entre empleador y trabajador, y convertir en una “comunidad” algo en lo que no hay personas con la misma situación frente al otro.

Tal vez esto él no lo entienda. A lo mejor siga creyendo que solo estaba cumpliendo con una tradición “humorística” que comenzó Don Francisco en Sábado Gigante. Pero ahí también se equivoca. Aunque Mario Kreutzberger claramente ejercía poder hacia sus concursantes, lo hacía visible, no lo escondía tras una manta de familiaridad; él era quien determinaba o no cuánto dinero recibía quien estaba concursando, sin importar qué tuviera que hacer la persona para ganar, frente a televidentes que tenían clarísimo lo que estaba sucediendo.

Volviendo a lo sucedido en Mucho Gusto, hay que tener claridad en que la demanda del camarógrafo, aunque haya estado sonriendo mientras se le cortaba el pelo, es totalmente legítima. Hubo normas laborales que se sobrepasaron, que fueron dejadas de lado por un manto de “buena onda” que acaramelaba algo que no debe suceder en ningún lugar de trabajo, independientemente de cuál sea el rubro al que se dedica la empresa.

La única manera de mantener esa “igualdad” que Viñuela dijo aprender en el colegio San Ignacio es respetando las estructuras, las relaciones laborales y, por lo mismo, la dignidad de los trabajadores. Son estas estructuras las que deberían resguardan al trabajador de cualquier antojo de quien está arriba suyo, de cualquier “niñería” que, en realidad, no es más que un vulgar exceso de atribuciones que no le corresponden.

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