Váyanse para la casa, ya no nos sirven sus protestas

Foto: Agencia Uno

Lo más irritante al percibir esta energía apruebista del “váyanse para la casa, su protesta ya no sirve a nuestra democracia”, es la actitud que en buen chileno se conoce como barsa. La sensación esparcida en el aire de la manifestación válida sólo cuando es funcional al uso político de algún sector, de un grupo intelectual, de un espacio de poder. Cuando la concentración es masiva y me sirve para exigir una nueva constitución, se impulsa y los actos de violencia son parte del show, nos hacemos los giles.


Váyanse para la casa, ya no nos sirven sus protestas, sus gritos y consignas en la Plaza de la Dignidad. Estorban. Hay que limpiar la calle, tenemos plebiscito y sus gritos son intolerables. Así se leen destacados tuiteros y columnistas apruebistas que, bajo la excusa formidable del rechazo a la violencia, no soportan ver cómo la realidad de sujetos protestantes más allá de la dirección de partidos y el cronograma del salvataje institucional, ensucian su fiesta democrática que, supuestamente, traerá el bienestar futuro que el país necesita. 

Lo primero que llama la atención al escuchar y leer estos llamados al orden es el lugar desde el que se hacen. Jefes de centros de estudios, dueños de medios de comunicación, prominentes rostros que festinaron con el Chile que despertó, pero que ahora, desde el podio de la elite, económica, intelectual, deciden que el curso de la historia ha de adaptarse a su agenda de reconfiguración de país; una reconfiguración que, todos sabemos, hubiese sido imposible sin las protestas y sus consecuencias, sin su entorno de furia y desacato.

No se trata de aplaudir saqueos o incendios, sino de comprender y aceptar que esta ruta de cambios que se trata de lucir como una blanca salida plebiscitada, luminosa e inmaculada, nace desde un estallido social con todo lo que conlleva la idea de estallido. Hacerse los tontos respecto de aquello, y exigir que el envión manifestante y su respectiva cultura en la que los viernes de la Plaza son un rito, de pronto desaparezcan porque así lo exige su virtuoso traje democrático pactado a escondidas, es una hipocresía y, sobre todo, es hacerse los tontos con lo que ha ocurrido en Chile desde hace un año. 

Sorprende también el nivel de patronazgo democrático con que los conspicuos apruebistas mandan a los protestantes para la casa. Se ven como especies de patrón de fundo que, primero, meten a toda una masa movilizada en un mismo saco. Plaza de la Dignidad hoy es igual a violencia. Punto. Y segundo, toman a quienes bordean el caballo de Baquedano como marionetas manejables que deben salir de ahí, porque el ejercicio de su derecho a protestar en esta ocasión les perjudicaría su “sí po apruebo”.

La pregunta es ¿Se han preguntado si esas personas que se movilizan respaldan el plebiscito? ¿Todo chileno que se ha manifestado este año votará por el apruebo y le desea éxito? ¿Les basta a todos los chilenos con aprobar para acallar toda la sed de justicia y derechos que llevan acumulada? ¿Si alguien no está por el apruebo es digno de repudio? Se parecen tanto a aquella élite noventera que a todo mosquito divergente lo espantaban con el desinfectante del llamado al orden, a los acuerdos, a la estabilidad sustentada en la exclusión. 

Pero quizás lo más irritante al percibir esta energía apruebista del “váyanse para la casa, su protesta ya no sirve a nuestra democracia”, es la actitud que en buen chileno se conoce como barsa. La sensación esparcida en el aire de la manifestación válida sólo cuando es funcional al uso político de algún sector, de un grupo intelectual, de un espacio de poder. Cuando la concentración es masiva y me sirve para exigir una nueva constitución, se impulsa y los actos de violencia son parte del show, nos hacemos los giles.

Pero cuando faltan tres semanas para mi sagrada votación, toda la protesta se encierra en el bolso del violentismo dañino, y se llama detenerla, aislarla, clausurarla. La protesta es funcional a un interés político. Si aquel interés se satisface, las demandas, rabias, descontentos que quedaron fuera del acuerdo, no se deben expresar, se deben condenar, se deben detener. La democracia y la expresión como traje a la medida. Los que no entran a mi fiesta no existen, que desaparezcan de mi horizonte transformador.

Hoy en las poblaciones que protestan, en la Plaza de la Dignidad, y en todo Chile, existen las más diversas demandas e inquietudes que no se detienen a partir de un cronograma de cambio constitucional presentado con pompa en televisión por Heraldo Muñoz y Álvaro Elizalde. Las carencias están vivas, y las desconfianzas totalmente legítimas.

Una muchacha, un joven anclado cada viernes en su grito por dignidad vale tanto como el afán de un veterano concertacionista por el triunfo de su nueva constitución. Que el segundo quiera aplacar al primero por porfiado, sucio y desadaptado, sólo refuerza el sentido y razón de la persistencia del ciudadano que no ha dejado sus banderas, aunque la fiesta del 25 así se lo exija. 

No debemos olvidar que una nueva constitución, sobre todo con las reglas establecidas, no garantiza nada. Y mientras algunos se regocijan con un proceso que presentan como absoluto, cientos de miles siguen sufriendo las consecuencias de una democracia igualmente pactada. Nadie está obligado a irse para la casa, le guste a quien le guste.

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