Domingo, Mayo 19, 2024

El perro

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Hay viejos culiaos que no creen en nuestro amor

¡No importa oh!

Mauricio Redolés

Las últimas declaraciones del Presidente de la República resultan humanas demasiado humanas.Sobre todo, hoy cuando el genocidio en curso en Gaza nos muestra que los “humanos” no solo parecen ser cada vez menos sobre la tierra, sino que de vez en cuando los “humanos” tienen la singular costumbre de exterminar a vidas que, por algún motivo, se las considera “in-humanas”. Sea bajo el clivaje “civilización-barbarie” correlativo a “humano-animal” y a “oriente-occidente”, siempre se trata de un otro al que el auto celebrado “humano” parece estar destinado a aniquilar. “Hay que defender nuestros valores” nos dice el neofascismo –aquél que comparte, sin embargo, el gusto por la “humanidad”.

Habrá que constatar que pocos humanos quedan sobre la tierra. Apenas una minoría que, si no portan pelo rubio pieles blancas, actúan como tales. Minoría que, sin embargo, se ha apropiado de la mayoría del planeta y dominan, por tanto, a los considerados “no-humanos”, múltiples vidas que luchas día tras día contra los embates de los “humanos”. El orden “humano” dice que no hay que recurrir a la violencia, pero él mismo para sostenerse y profundizar su dominio, no deja de aplicarla. Acusa a los “in-humanos” de ser tales y portar la culpa que los signa como vidas disponibles al aniquilamiento por estar constitutivamente en contra de la sagrada “humanidad”. Quien dice “humanidad” miente –decía por ahí un jurista contemporáneo.  

El Presidente ha hecho declaraciones humanas, demasiado humanas.El más humanista entre los mortales, el más humano entre las bestias. Tanto así que, en su declaración no solo puede decir que “la presencia del Estado es Carabineros” –es decir, que el Estado sólo se expresa a través de la fuerza antes que por la vía de un buen servicio hospitalario, educacional o municipal- sino, además, que la imagen forjada por los “inhumanos” en la revuelta popular de octubre de 2019 del “perro matapacos” resulta ser una “imagen burda” del “perro aquél”. Por supuesto, nuestro Presidente es refinado, responde a los imperativos de la civilización y nada más “burdo” que ese pequeño animal que levantó a un pueblo completo contra una época, ante los atónitos ojos de los “humanos” que, incluso, llegaron a calificar el asalto popular de “alienígena”.

Así, nuestro Presidente se “ofende” con dicha imagen (“Me parece que es ofensiva, que es denigrante”) y señala que: “no es la manera que yo entiendo cómo debe hacerse la política”. De todos modos, lo que el Presidente entiende por “política” es algo distinto, algo propiamente “humano”. Un asunto que responde a ellos y no a los animales, alienígenas o a los “inhumanos” en general. Desde Aristóteles sabemos que el humano es el “animal político” por excelencia. Un cliché filosófico (la filosofía también está llena de clichés) que circula por las máquinas universitarias y sus orgullos humanistas.

La reivindicación humanista, en rigor, es una operación civilizatoria. Si se quiere, la puesta en juego de una máquina que encuentra su genealogía en la forma colonial que articuló al Estado chileno y que se extiende internamente al interior de la República bajo la figura de los “pobres” y toda la masa de indeseable que la burguesía ha producido como su resto, su desecho. Aquello que Diego Portales –ese prócer al que la oligarquía chilena eleva a estatuto de “genio”- denominaba “haraganes” o, los “malos” que solo pueden responder vía el “garrote” o, en última circunstancia, la “violación”, tal como lo señala a propósito de la Constitución política.

Insisto: todo esto es humano, demasiado humano.Porque se trata de la República y de la violencia que ésta debe ejercer para inventar esa humanidad al poner en juego su maquinaria que solo puede operar en la medida que excluye a todo aquello que no considera “humano”.

A esta luz, el humanismo debe borrar a los animales. Domesticarles, docilizarles, disciplinarles, en último término, gobernarlos. Premisa clave de toda República que se vista de tal. Por eso, la operación perro-matapacos –el “perro aquél”- consiste en el borramiento de la imagen de la revuelta popular de Octubre de 2019. Se trata de la conjura contra la “inhumanidad” que puebla los propios contornos de la República y que reptó por la superficie de cuerpos y calles, calles que fueron cuerpos frente a un gobierno ciego y enceguecedor. Como bien dijo la propia oligarquía, nadie “vio venir” la irrupción “inhumana” (el pueblo) en medio de lo “humano” (la ciudad).

El mesías del pueblo ya no es un “hombre” –menos aún el “hijo del hombre”. Se trata, solamente, de un perrito que acompaña, un mamífero que ladra, jugando, contra las fuerzas de seguridad y orden –justamente esas fuerzas que parecen haberse tomado el ritmo del gobierno “progresista” vía un General que se ha burlado de la justicia porque, tanto como el Presidente, dicho General también cree ser demasiado humano.

El mesías del pueblo no es un “hombre”. No podía serlo, dado que “hombre” es la figura antropológica de los poderes dominantes, de aquella minoría oligárquica –blanca, cristiana, patriarcal, capitalista- que arrasó con el planeta durante siglos y que, por supuesto, rige los destinos del escaso país que tenemos. El mesías popular debía ser un animal. Y un animal cualquiera: perro callejero, negro, como todo kiltro –término mapuche que nos vuelve a todxs, de alguna u otra forma, mapuche- y que nos hace perteneciente a los pueblos de Chile. No se trata de perros de “raza” –exclusivos y excluyentes- sino de perros kiltros, comunes y corrientes, ni virtuosos ni viciosos, ni ángeles ni demonios, tan solo vidas habituales, cotidianas, “gente de a pie”, tal como les niñes pueden jugar con sus pequeños monstruos de peluche.  

“Mesías”, por tanto, no es el término que designe a un héroe premunido de una forma soberana capaz de destruir el régimen prevalente, sino a un pequeño monstruo capaz de destituir el pacto oligárquico de 1980 para despojarlo de su fuerza autoritativa. Este es precisamente el problema que cruza al mundo en la actualidad: que la democracia “representativa” (liberal) quedó sin autoridad porque la sublevación de los pueblos se la sustrajeron. Sea bajo el perro-matapacos o bajo la actual bandera Palestina que ha ondeado a lo largo del mundo, se trata de dos pequeños “inhumanos” que asedian a los civilizados y sus pretensiones de blancura.

En otros términos, el mesías popular no es de corte “trágico” sino “cómico” toda vez que es la comedia el paradigma en el que las vidas muestran que no son más que un devenir de máscaras “detrás” de las cuales no existe nada ni nadie. Ni siquiera, el “castrochavismo” o “hezbollah” –como gusta a la paranoia civilizatoria, tan de moda. El perro matapacos es, por tanto, un mesías popular que asume su potencia cómica por la cual los pueblos ríen, se burlan de los “humanos” y alegremente salen a las calles a protestar. Mesías al que seguimos, por cierto, precisamente porque no tiene Biblia ni Doctrina. Quizás, ni siquiera tenga Dios.

Rodrigo Karmy
Rodrigo Karmy
Doctor en Filosofía. Académico de la Universidad de Chile.

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