Una cruz en la zona cero: Los Católicos de la Plaza de la Dignidad

1

Frente a la crisis por abusos sexuales, encubrimientos y una renunciada Conferencia Episcopal, un grupo de católicos se manifiesta en la Plaza de la Dignidad exigiendo paz y justicia. Denominados por los manifestantes como “el grupo de la Cruz”, hicieron eucaristías en medio de los chorros del guanaco y bombas lacrimógenas. También habilitaron una de las iglesias para resguardar a los manifestantes de la represión, allí entregaban comida y ropa a la “Primera Línea”. “Queríamos estar con la gente, queríamos participar, nos reconocemos pueblo y estar en medio de ellos”, dicen desde la agrupación.


En medio de los cánticos “Chile Despertó”, las incursiones de la primera línea y la violencia represiva por parte de Carabineros, se ve una cruz azul y un grupo de personas rezando y entonando cánticos de la iglesia de los años 80. La misma que denunció las violaciones a los derechos humanos en dictadura, ahora denuncia lo que ellos llaman la violencia en democracia.

Esta vez en medio de una de las crisis de confianza más profundas de la historia de la iglesia chilena, con un liderazgo ausente y sin apoyo activo de la jerarquía eclesiástica, esta agrupación está integrada por un grupo de 200 católicos seguidores de la Teología de la Liberación, pertenecientes a comunidades católicas de base y al movimiento de liberación “Sebastián Acevedo”. Por más de cinco meses -y tres días a la semana- se reunieron afuera del teatro de la Universidad de Chile con el objetivo de  protestar por las injusticias existentes y promover la no violencia activa.

La no violencia activa es una táctica de manifestación relacionada a la desobediencia civil, que promueve el logro de un cambio político, social y cultural revolucionario sin necesidad del empleo de la violencia. Esta se encuentra inspirada en las enseñanzas de Mahatma Gandhi y los  sacerdotes Chileno José Aldunate y Mariano Puga.

“Queríamos estar con la gente, queríamos acompañar el proceso, queríamos participar, nos reconocemos pueblo y estar en medio de ellos (…) Como católicos estamos llamados a transformar el mundo”, comenta Mirentxu Vivanco, laica comprometida de origen vasco perteneciente a los franciscanos y observadora de derechos humanos.

Una cruz en medio de la Plaza de la Dignidad

La convocatoria partió organizándose a través de grupos de whatsapp de las distintas parroquias de poblaciones como Villa Francia, La Granja, Los Nogales y La Bandera quienes respondieron al llamado realizado por algunos miembros de la Confederación de Religiosas y Religiosos de Chile (Conferre), tras una reunión el sábado 19 de octubre. 

“Por mi parte había asistido a las manifestaciones sola, no tenía ese ´paragua’ de ir en grupo. Entonces, cuando recibí esto dije qué mejor que estar agrupado y sentirse parte de algo”, comenta Lina Tudela integrante de la coordinadora Paz Fruto de la Justicia.

En la coordinadora confluyen laicos, sacerdotes, religiosas y  religiosos de distintas corrientes y movimientos católicos. Muchos de ellos no se sienten representados por la actual jerarquía eclesiástica y son críticos de su actuar ante la  crisis de los abusos. Buscan construir una iglesia comunitaria de base más horizontal inspirada por el rostro de los abusados, marginados y empobrecidos. 

“Nace de la legitimidad del despertar de conciencia por un Chile más justo, manifestado en la calle de una manera no violenta y activa con la transparencia y franqueza de Jesús de Nazaret”, comenta Pablo Walker, sacerdote jesuita.

El primer punto de encuentro fue afuera de la torre Telefónica, en las inmediaciones de la Plaza Baquedano, rebautizada Plaza de la Dignidad, allí cantaron consignas evocando la paz y la justicia, levantaban carteles escritos en medio del sonido de charangos y quenas.

Los acompañaba una cruz pintada por la comunidad José Aldunate con diversos simbolos entre ellos las banderas lGBTQ+, Rapanui, Mapuche y feminista; en el centro de ella está Cristo con una chupalla campesina  crucificado en un campo de trigo propio de la zona central.

Sus protagonistas recuerdan que al principio los manifestantes les enrostraban los 364 miembros de la iglesia católica chilena denunciados por abusos de niños, niñas y jóvenes. Como seguidores de la no violencia activa escuchaban y dialogaban con las personas pese a los insultos, según algunos protagonistas con justa razón dada la dimensión de la rabia provocada por los abusos.

También recuerdan que mucha de las personas que pasaban les pedían que rezaran por sus familiares, en tanto otros recordaban esa iglesia de los años 70 y 80 que enfrentó y resistió la dictadura cívico militar.

En una de esas incursiones la cruz llegó hasta el centro de la plaza y en una segunda ocasión fue levantada por hinchas de la Garra Blanca. El símbolo religioso original está en el templo Votivo de Maipú, fue donado a la Iglesia Católica de Santiago para el Sínodo de 1971 por  Francisco Valdés Subercaseaux, primer obispo de Osorno quien actualmente está en proceso de beatificación. Está confeccionado con distintos materiales, desde bordados mapuche, metales del norte y madera noble del bosque chileno, los que –según la agrupación- representan la diversidad del pueblo chileno.

“En la vida de los pueblos ya está la cruz, lo que nos falta es resignificarla” señala Mirentxu Vivanco.

Para la mayoría los católicos, la imagen de cristo crucificado evoca en la cultura popular sufrimiento y dolor. Es la imagen que acompaña a los enfermos en los hospitales, que cuida a los muertos y que al mirarla invita a la reflexión y a la acción social. Según Felipe Navarrete, laico de Osorno, esta representa la imagen de los abusados sexualmente.

José Manuel Cruz, seminarista jesuita, recuerda que mientras realizaban una liturgia en la esquina de Lord Cochrane con la Alameda, mientras habían manifestaciones cerca del palacio de gobierno, un joven de la primera línea que estaba tirando piedras a carabineros al ver a este grupo religioso dejó la piedra en el suelo y se unió a ellos a rezar. “Fue una señal profética de que había que estar ahí”, comenta.

Conforme fueron pasando las semanas, la represión policial fue en aumento, cientos de personas sufrieron traumas oculares mientras protestaban en ese lugar y otros tantos murieron en medio de las manifestaciones a lo largo del país. En cada uno de los lugares en donde ocurrieron estos hechos, este grupo de católicos, ya denominados a sí mismo como “Movimiento por la paz y la Justicia”, realizaron oraciones y celebraron eucaristías en memoria de cada uno de los caídos del estallido social.

Celebrar eucaristías en medio de Plaza Dignidad era todo un desafío en los meses de noviembre y diciembre, ya que debían estar pendientes de lo que pasaba en su entorno, muchas veces fueron mojados, otras tantas insultados, pero con el paso de los días fueron aceptados por los manifestantes y la primera línea, incluso los protegía el momento de la misa, para que no fueran gaseados o para que no los alcanzara el guanaco.

Lina y José recuerdan esas “Misas de campaña” entre risas, como las denominan ellos, dado que cada uno prestaba una mesa para el altar, otro llevaba la cruz o disponía del pan y el vino para todo aquel que quisiera comulgar.

“Terminamos la misa y nos tiraban una bomba lacrimógena”, recuerda Roberto Guzmán sacerdote diocesano quien es hijo de  Roberto Guzman Santa Cruz asesinado por la caravana de la muerte en octubre de 1973. 

En una de las parroquias del centro, durante el mes de marzo, la organización habilitó un espacio para que los manifestantes pudieran resguardarse de la represión policial. En la iglesia, el silencio sepulcral se rompía con las conversaciones de tantos jóvenes. Allí repartían comida y ropa a la primera línea, quienes en muchos casos llegaban sin almuerzo o desayuno.

El respeto por los otros, su distanciamiento y críticas hacia jerarquías eclesiástica y “ver el rostro de Cristo” en los heridos oculares, las prostitutas, los sobrevivientes de abusos sexuales y en los oprimidos hizo que este pequeño grupo creciera y se transformara, ya no en algo bizarro como los veían al principio, sino en parte de la cotidiana diversidad que se experimenta en las manifestaciones de Plaza de la Dignidad.

Ni la represión policial, ni el silencio de la conferencia episcopal, ni siquiera los gritos en contra de la iglesia en las primeras intervenciones los detuvo; pero sí pudo hacerlo el COVID 19, incluso el contagio llegó hasta el velorio del sacerdote Mariano Puga, en el que dos asistentes resultaron positivo, obligando a que cada uno de los integrantes se replegaran a organizar encuentros por zoom y a activarse en sus territorios para ayudar en las ollas comunes surgidas producto del desempleo y la precarización generada por este mismo ente invisible.

El retorno a la plaza

Viernes 17:30, desde uno de los extremos de la plaza se podía apreciar a un grupo numeroso de personas con dos cruces y un lienzo que decía: “Con justicia y equidad construimos la paz”. El grupo “de la cruz”, como los habían denominado los manifestantes, habían dejado las reuniones por zoom y habían vuelto a la Plaza de la Dignidad.

Las razones para dejar la cuarentena voluntaria autoimpuesta por la organización en marzo, lo valía: en una semana más los chilenos y chilenas decidirán si quieren o no una nueva constitución, además se cumplía un año desde el estallido social.

El motivo de este encuentro era invitar a las personas a concurrir a votar, llamar a cuidar el plebiscito y educar a la gente sobre la importancia que tendrá su voto en el futuro del país

“Desde la palabra de Jesús queremos encontrar razones para decir basta ya de tratarnos de una forma deshumana entre nosotros y  tratar de relevar lo que Jesús entendía por dignidad, la cual deben ser reconocidos constitucionalmente”, concluye Pablo Walker.

Total
467
Shares
Agregar un comentario

Su dirección de correo no se hará público. Los campos requeridos están marcados *

Related Posts