Una bitácora de los días más intensos del estallido social

Con una plataforma web y un libro, “La Ciudad como texto” permite hacer una pausa para reflexionar y ver en qué momento estábamos, qué hacíamos y quiénes éramos durante esas jornadas convulsas  de la revuelta de octubre pasado. La diseñadora Carola Ureta, y una de las autoras invitadas, Claudia Huaiquimilla, conversaron sobre los días en que el pueblo plasmó en las calles de Santiago sus demandas y anhelos para el Chile nuevo, registros que hoy se volvieron parte de la memoria histórica.

Recuerdo los días iniciales del estallido y se me erizan los pelos de mis brazos”, dice Carola Ureta (30). Es el recuerdo de esas jornadas históricas, las que se volvieron la materia prima de su último proyecto: “La ciudad como texto” es un recorrido fotográfico continuo de 2,4 kilómetros entre Plaza Dignidad y el Palacio La Moneda, con vista a la vereda sur, que tiene como objetivo retratar los incontables mensajes dirigidos al palacio presidencial, que están en la vereda norte. “Esta ciudadanía estaba mandando todos estos mensajes hacia donde se toman las decisiones”, cuenta la diseñadora y Magíster en Gestión Cultural, cuyo trabajo ha estado enfocado en el diseño editorial y gráfico y la investigación. Entre sus publicaciones está el libro sobre la vida y obra de uno de los primeros ilustradores nacionales, Luis Fernando Rojas, Obra Gráfica: 1875-1942 (LOM Ediciones).

Foto: Carola Ureta

Paredes, veredas, calles y cunetas, todo empezó a contener expresiones de la agitación social. “La génesis del proyecto fue cristalizar esto que estaba ocurriendo en la calle, que en ese momento se veía efímero. Más encima, el frenesí te hacía imposible poder contemplar con detención, sea por la fiesta, la represión, la interacción o la destrucción. Las paredes de la ciudad parecían ser una bitácora del estallido, porque cada día había un rayado nuevo con una imagen, un mensaje o información nueva”, comenta Ureta.

La primera persona que se sumó al proyecto fue el fotógrafo Daniel Corvillón. Hubo un par de reuniones para la “lluvia de ideas” que incluyeron el día y el horario: “Esto último fue lo más difícil porque había gente todo el día y la idea era poder captar de la mejor manera estos registros”, dice.

Dado que las movilizaciones más grandes eran los viernes, el día ideal era el sábado en el amanecer, momento en que apenas quedaba gente y quedaban vestigios de la efervescencia callejera. A las cinco y media de la mañana del sábado 23 de noviembre de 2019 se reunieron Ureta y Corvillón, para empezar a fotografíar desde las siete y terminaron a eso de las nueve y media. Hasta ese día, ninguno de los dos había hecho el trayecto completo con tanta calma. Momento que aún se palpaba la emanación del olor concentrado de las bombas lacrimógenas: “A las cinco y media aún había gente sobre el caballo de la estatua de Baquedano, ondeando su bandera. Ese sector nunca estaba vacío, como que la gente tomaba la posta según iban pasando el día”, recuerda la diseñadora.

Fueron unas 200 fotos de las que 136 son parte de La Ciudad como texto, el que también tiene su versión impresa y digital de libre descarga, logrando una amalgama análogo-digital.

Otra de las motivaciones del proyecto fue el anuncio y puesta en marcha del borrado o simplemente de puesta encima de pintura sobre todas estas expresiones que colmaron una parte importante del centro de Santiago por parte de la Intendencia Metropolitana. Al borrarse estas expresiones llenas de historia hizo, sin querer, su trabajo fue un rescate de la memoria: “Así como también un archivo histórico de Chile y una fuente para muchos más análisis, como iconografías nuevas para el diseño. Todos nos vamos a acordar qué significaba ‘A.C.A.B’ o ‘1312’ y nadie olvidará lo que ocurrió”, relata la artista.

– ¿Es discutible que lo que vieron es arte? 

-Es discutible aunque por cierto que existen diferencias entre un rayado simple y hecho a la rápida, a las intervenciones de Caiozzama. Prefiero pensar que son expresiones que portan creatividad, elocuencia y humor. Cada cuadra nos ofrecía cruces interdisciplinarios, porque algunos mensajes apelaban al derecho, de arte, diseño, sociología”, comenta  la diseñadora.

Este mismo carácter quiso ser plasmado en el proyecto y convocó a 36 autores, quienes aportaron con un párrafo, a modo de reflexión-ensayo, que emerge de los 36 asteriscos verdes que emulan el color y las formas de los láseres que se apuntaban hacia carabineros en las manifestaciones. Este diseño quedó en manos de Felipe Sologuren. Y Ureta agrega: “Visualmente es muy atractiva la cantidad de imágenes, colores y formas. Hay que entender también que ese espacio –por ende, el recorrido– no tiene una lectura lineal y tampoco una sola autoría, sino que es una composición de varios”.

“Por primera vez los mapuche nos sentimos parte de un Chile de verdad”

“La invitación fue súper emocionante porque me compartió su trabajo bien avanzado y pude revisitar las calles en las que estuve y cuyos mensajes fueron borrados, además de que vivo muy cerca”, dice Claudia Huaiquimilla , una de las artistas invitadas a La ciudad como texto. Tiene 32 años, es santiaguina y de padre mapuche originario de Mariquina, específicamente en la comunidad Lawan: el nombre original de la Araucaria, árbol sagrado mapuche que su padre está volviendo a plantar. “Trato de mantener un pie en la ciudad y otra en el campo, en mis trabajos busco siempre la excusa para estar allá”, cuenta la directora y profesora de cine y guión, que entre sus últimas obras está “Mala Junta”.

En los días iniciales de la revuelta la artista pasó súbitamente de la incredulidad al impacto. “Como mapuche en la ciudad, estoy acostumbrada a una violencia intensa y a la represión. De hecho la marcha de los pueblos originarios había sido hace poco, el 12 de octubre, la que estuvo especialmente violenta. Fue una especie de previa a lo que vendría después en Plaza Dignidad”, dice.

Foto: Claudia Huaiquimilla

A pesar de esa experiencia que señala la cineasta, le fue impactante la llegada de militares al centro de Santiago. “La verdad es que no me asusté hasta que los militares se bajaron a apuntarnos, cosa que al ver en mi casa los registros de la cámara, noté que temblaba la imagen porque mi pulso cedió, como nunca antes”, explica. En ese momento, a Huaquimilla se le aparecieron flashes en su memoria, como cuando aparecieron bustos de Pinochet en el público que celebraba el triunfo de Piñera en 2017.

Una de las expresiones populares que más la conmovieron fue la iniciativa de cambiar los nombres y de abolir símbolos propios del colonialismo y el despojo: “Que nos cuestionáramos la figura de Benjamín Vicuña Mackenna y ver el Wenufoye (bandera mapuche) arriba de la estatua de Baquedano, fue impresionante. Por primera vez yo y muchos mapuche nos sentimos parte de este Chile más real, que es sucio, que grita, que baila y que se ríe, y no esa postal de Plaza Italia pulcra que es una farsa”, explica.

– ¿A qué que crees que se debía la masividad de la presencia de Wenufoye y la resignificación de las simbologías mapuche en movilizaciones sociales o en cualquier manifestación de reivindicación de derechos?

-Es que una de las cosas que ocurrió en el 18 de octubre fue que se sacaron las caretas y no es menor que mucha gente haya visto en primera persona el nivel de represión al que puede llegar la policía y el Estado. Antes habíamos visibilizado esto mismo pero en comunidades mapuche, con niños y niñas aterrorizados, y una lamgen (hermana) ya había sido mutilada. Lo que ocurrió entonces fue una identificación de que en este ‘oasis de latinoamérica’ que decía Piñera, era para muy pocos y todo el resto estábamos en el saco de los excluidos. No por nada el Wenufoye se vio tanto y sonó con tanta fuerza “El baile de los que sobran” de Los Prisioneros. Es una oposición a esa idea de un Chile que nunca fue y que no vio venir todo esto”.

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