El terror virológico. La Pandemia como “plusvalía negra”

Ahora el Piñerismo, con sus  cegueras y omisiones, ampara  relatos visuales que han hecho de la muerte un hedonismo estetizante. He aquí un presente absoluto donde todo ha sido derogado a nombre de la “actualidad”, el “raitil cognitivo” y la especulación linguística. Se trata de un momento anárquico del capital donde todos hemos devenido focos de infección. En suma, el virus no es solo la devastación reprogramable del neoliberalismo hasta cuando pueda reacomodar un nuevo ciclo de acumulación, sino la clase rentista domiciliada en la “excepción permanente”.


                                                                                            a Nelly Richard

La mudez del paisaje lleva consigo algo mordaz, una perversión inadvertida, que nos obliga a interrogarnos por el lugar que ocupan los mapas de la ciudad vacía. Mismo confinamiento padece “lo regional” que ha sido violentado y despojado en el teatro pandémico.

De momento tienta la idea de volver a Saramago (“Ensayos sobre la ceguera”) y pensar la urbe desde aquel chofer que se detuvo en una esquina, en un semáforo cualquiera, allí donde no existían los nombres propios. La pandemia y una ceguera blanca. En el mundo Saramago solo los ciegos de la unión comprensiva pudieron soportar la innombrable tragedia. En nuestro caso tal lugar solidario ha sido reemplazado por “fosas comunes”. A simple vista dicha pasividad no sería sino la parálisis de nuestros cuerpos frente a un “enemigo poderoso” -según rezaba el deleite por los sustantivos de guerra- que nos excede sin ninguna capacidad de mitigación, desmantelando Estados, interrumpiendo democracias y confinando cuerpos en bodegas de container.

Nuevamente la banca travestida de “prosperidad filantrópica” capitalizará la informalidad de las pymes, la clase política emprenderá una comunicación adultera con una “subsidiariedad corregida” y el progresismo travieso (1990-2010) -mayordomía transicional- seguirá vistiendo de técnica los vicios de la des-regulación autoritaria (1982). De suyo un tropel de “gerentes salvajes” escoltan los mitos del imaginario hacendal cuyos gravámenes se reflejan en rentistas de la AFP que distan de empresarios con algún “retrato de futuro”.

En suma, se trata de una alianza entre corporaciones mediáticas, partidos sin hegemonías, alta gerencia tecnocrática y burocracias cognitivas que -ceguera mediante- hace cuatro décadas elevaron a la dictadura al rango de una  “vanguardia especulativa” (modernización, realismo e indicadores) fundada bajo el shock anti-fiscal.  

Tras la nueva geografía de los discursos se han decretado nuevamente calles confiscadas, controles urbanos, multas, peritajes e intimidaciones mediáticas, contra el “vitriol” de las redes, pues todo ocurre en el desacato generacional. Las veredas y las esquinas han sido proscritas como esquirlas por los desbandes de una modernización adultera (1990-2010) que devastó la pretendida nobleza del metal republicano (1938-1973). Tal es el orden visual del confinamiento que nuestro imaginario virtual ha dispuesto cuando las formas anárquicas del virus post-fordista han transgredido temporalmente a sus “patrones financieros” (corporaciones, rentistas y Estados soberanos) reprogramando nuevos ciclos de ganancia y acumulación.    

La “pax urbana”, aunque a veces borrosa, despeja a la ciudad en su mudez y hace ver la urbe de manera casi “transparente” durante el tiempo de la reclusión, como si la ausencia de sentidos no fuera acaso una violación de las subjetividades citadinas, memorias dolorosas y microfísicas barriales que friccionan con la furia biomédica.

La pasión por el miedo se ha develado como algo infinito. Sin embargo, bajo cuarentena todo transcurre bajo el maridaje entre “terreur” y “transparencia”. Todo lo que es prístino para sí comprende un “espanto agravado”, como aquello que no guarda secretos, ni compromete silencios. Aquí se exhibe una plenitud transparente que no puede articularse, salvo en virtud del terreur ante el fervor de una globalización securitaria y biomédica. Terror y técnica como dos dispositivos complementarios de una operación de transparencia ideológica que muestran que hoy el miedo no necesita recurrir a las clásicas dictaduras del pequeño siglo XX, ni menos al alicaído “horizonte burgués”.

Y es que bajo la planetarización del capital securitario se instauró una inmanencia con la demanda por la legislación democrática que ha significado suspender la propia razón de democrática en las perversiones del lawfare. El terror del confinamiento no requiere de un exceso de liturgias, de ethos mesocrático, salvo el espanto por vacunas fallidas, bio-equivalentes, ¿la vacuna rusa, alemana o china? Basta la imagen destruida bajo el “fascismo tecno-mediático” de matinales y redes que viralizan el terror al tiempo que ubican al encierro como una “virtud cívica”.

En suma, el mundo se ha vaciado de mundos posibles, hoy se impone la caducidad de los sentidos, con sus políticas de securitización/precarización, inauguradas por la razón neoliberal cuya terquedad amenaza en domesticar cuerpos indóciles de toda potencia igualitaria como fue el caso del 18/0.

Sin perjuicio del Covid-19, de su temible letalidad, y sin desatender la feroz afección que padecemos, el pánico no ha sido causado solamente por el poder del virus, sino por los estragos de una “modernización muda”. Una desregulación sin dramaturgia, ritos, retóricas, ni subjetividades- que en su pretendida “seguridad cristalina” ha vaciado los mundos posibles y ha fomentado un “globo” al decir de Karmy-Bolton: espacios de control, redes monitoreadas, señaléticas prescritas, comunidades virtuales, y encierros patologizantes que pueden ser controlados por el panoptismo de los expertos y sus nomenclaturas cerradas.

Todo ello sin olvidar como el “capitalismo de plataformas” viene a des-subjetivar la experiencia del trabajo y el sentido de las prácticas laborales. La excepción perpetuada es la característica del pánico exacerbado. Sólo bajo el “dispositivo excepcionalista” todo se ha develado como un cuerpo prístino y el terror articula el control de los cuerpos que abunda en contagio. Bajo la cuarentena padecemos la suspensión y administración del tiempo y no hay proyecto posible, salvo el tiempo homogéneo de Borges: el tedio de lo mismo.

Un tiempo que se abre y se cierra con la reclusión, la repetición de lo cotidiano, la estridencia apocalíptica de las redes, la administración de fobias, violencias y catástrofes. Y de ahí en más la miseria cognitiva de matinales (rostros y rictus de una democracia sin mitos) que se han consagrado a hacer del hogar la consumación prístina de un mercado anárquico, donde lo que migra es una economía de las afecciones que contra toda advertencia persiste en una nueva narrativa de la vida cotidiana. Desde los escenarios del pánico, hasta las experiencias de violencia, consumo y adicción.

De allí toda una cadena ansiosa que se extiende hasta inventariar la muerte a la usanza de un trámite traducido en número de muertos, enfermos, camas, asintomáticos cuya contabilidad se actualiza en pocas horas (accountability). La ciudad neoliberal con tal de preservar la navaja de la mercancía rentista, permite la circulación del virus sin territorio, donde reinan memorias fugitivas, difuntos sin nombre, silencios y despistes.

En suma, el diseño modernizador y sus “funcionarios cognitivos” -secuestrados por el paradigma gerencial- no dan cuenta del “desplazamiento de escena” que comprenden las nuevas patologías. Nuevamente los pastores letrados de la modernización no acusan recibo sobre las inusitadas escalas perceptuales de los sujetos bajo una cotidianidad en destrucción. Y ello es así porque nuestra burocracia cognitiva (Intelectuales de Estado o “escoltas epistémicos” de élites desterritorializadas) naturalizaron el tiempo del capital. Bajo la modernización de servicios el paradigma PIB sería el antídoto para aplacar los desbandes de la insurgencia.

Se trata de un compromiso solemne en medio nuestra averiada matriz de consumo. La ceguera consiste en tratar toda conflictividad desde la episteme crediticia que el gobierno de Piñera -un cesarista ciego- no cesar de aplicar. Como bien sabemos los cuerpos mutilados del multi-rut o la tarjeta Bip, están padeciendo la oración rante: una multiplicidad de afecciones, especulaciones, disciplinamientos y patologías donde las formas de “somatización” no responden -necesariamente- a los protocolos convencionales (formato psicosocial de las ciencias sociales) y esto debe ser inscrito en un paradigma psico-político de otros alcances comprensivos.       

Aquí la seguridad deviene en un dispositivo que no tiene otro afán que la extensión de un paradigma fóbico que potencia el blindaje inmunitario de seguridad. Y a punta de sarcasmos circulan las relatorías del miedo; “¡Usted ya lo sabe, debe estar confinado, y si sale de su casa entra en desacato y deviene en un potencial subversivo ante la ley¡” ¡Vaya aporía, mientras el discurso de la productividad neoliberal repite su pregón¡ “trabajen, trabajen, porque no podemos detener la acumulación de capital que consume la vida cotidiana”, el paradigma biomédico replica, “¡quédense en casa, eviten el contacto estrecho y si salen ya lo saben; doble mascarilla”¡ Finalmente ambos relatos se complementan y la ceguera no cesa. Pese a la embriaguez de los discursos políticos o biomédicos, cabe subrayar que las dislocaciones del modo de producción capitalista, en su desarrollo desigual e intensamente combinado, hoy permiten tal metamorfosis.

En suma, hemos arribado a un estadio donde sólo es posible garantizar la reproducción de la acumulación. Y cabe subrayarlo, más allá del “capitalismo del desastre” -o algún tremendismo jacobino- el virus es la “plusvalía negra” que se ha metabolizado con la renta infinita de un capitalismo desterritorializado. De ahí, entonces, no es viable presentar a la pandemia como un evento inesperado o imponderable, reducido a una ignorancia mayor o la mala voluntad política del Ministro de turno. Los procesos de expropiación y acumulación del capital contemporáneo no sólo deben ser comprendidos a nivel de las consecuencias relativas a la diseminación del virus y las fallas logísticas para producir efectos paliativos, sino también en relación con su misma aparición en una clave geopolítica. Y es que la condición capitalista del virus, el hecho de constituir una forma inesperada de “plusvalía negra” es el requisito de la re-capitalización.

Con todo desde los “derrames deleuzianos”, nos han enseñado acerca de la flexibilidad de los diagramas de poder. El capital se reorganiza contra “flujos descodificados” y la teoría del desastre o la narco-acumulación, serían la expresión de una lógica flexible o axiomática del capitalismo actual. Ello si concebimos la liberalización descontralada lejos de todo monumentalismo moderno de capital, asimilando que los  acontecimientos negativos (desastres naturales, crisis financieras, crimen organizado, etc.) permiten reprogramar la acumulación de capital devastando la vida cotidiana.

Es el encierro como “virtud cívica”.  En otros términos, la “seguridad” del capital es un barril sin fondo y, a pesar de su promesa de inmunidad, no viene sino a profundizar los “encierros de indefensión”, agudizando el espanto hacia el “otro”, y separando alevosamente los cuerpos del tiempo y la experiencia.

Lo último, es muy distinto a la protección que pone en juego otra sensibilidad en virtud de la  cual, de cuando en vez, los países se defienden de múltiples amenazas -una catástrofe natural, una inflación, o una peste- poniendo en común problemas e inventando formas de organización para enfrentar el riesgo sin renunciar a la producción de sentido social. Pero en el marco de una economía-globlo, tal protección de la comunidad no es posible. Y ello representa un punto de no retorno que dista radicalmente de la “destrucción creativa” de los capitanes schumpeterianos, pero que tampoco puede ser leído en una perspectiva dialectizable.

El miedo es la orfandad urbana, la calma, la ausencia de gestos y lugares secuestrados por el riesgo real de contagio, pero también por la administración de ficciones securitarias. En otras palabras, “terror” designa justamente la confiscación de la imaginación popular (revuelta an/económica del 2019) por una sutura imaginaria que hoy se llama “virus” pero en cuyo fantasma se deposita el pánico a ese vacío políticamente producido por años de desregulación.

El terror es justamente la experiencia en la que todo parece perfecto, y donde la ilusión del control total nos hace volcarnos a la prepotencia gerencial (transicional) de que por fin el “hombre” junto a la técnica ha podido triunfar sobre la naturaleza: pero en medio de la securitización todo deviene incertidumbre. A efectos de la pandemia urge disciplinar los cuerpos, parametrizar la vida cotidiana, que no es sino otra forma de destruirla sin embargo se busca restaurar otra economía del trabajo bajo el comodín del “retorno seguro”, porque ello ha desatado la histeria del capital (“paradigma productivo”).    

En los últimas días, y en el marco del “paradigma gerencial”, el gobierno ha obstruido una “renta universal” que ha sido globalmente reclamada por la actual “oposición” y cuya ceguera se empecina en el encierro contra aportes focalizados y empréstitos dulcificados. Esta noticia nos habla de una economía especulativa de los cuerpos y también sugiere otra forma de disciplinamiento que honra la obediencia y el consumo. Una vez que retorne la micro-conflictividad con su potencial disruptivo vendrán a perpetuarse gobiernos sin sociedad civil, populismos sin pueblo y elites sin retrato de futuro. Un estado de absoluta factualidad.

Con todo en el caso chileno los teóricos del progresismo neoliberal insisten en una “terapia sociopolítica” -especulan con una plataforma gubernamental al alero de Biden- y abundan en “silogismos de orden” que han sido derogados desde múltiples perspectivas; aquí queda en evidencia una anorexia intelectual cuando nuestras “oligarquías académicas” -pastores letrados del orden- persisten guiar la época (Rector UDP) o en politólogos cuya porfía sería  que la ciudadanía esta deliberando sobre una “norma común” (¡Ackerman ex nihilo¡)que se expresará en un padrón importante.

Nada más lejano a los últimos acontecimientos y al campo de antagonismos y potencias -no convergentes- que se han desplegado en derrames de rizomas. En suma, el poder que desahució con prisa a toda configuración hegemónica carecerá de consenso normativo cuando las subjetividades no buscan concertar una norma común, ni menos validar los equilibrios juristocráticos de la próxima Constitución.

Al parecer la revuelta existencial (2019) introdujo una dislocación entre instituciones disciplinarias (la vuelta al colegio) y las tecnologías gubernamentales. Allí se despliega una potencia popular que no está deliberando sobre normas comunes. Ello es esperable en el contexto de un orden post-hegemónico donde hemos transitado desde las estructuras a los flujos mediáticos.   

Antes el Piñerismo abrazó la tesis del “retorno seguro”, luego vino la fetichización de la vacuna y la competencia farmacéutica. Aquí la muerte como tramite, inventariada, ha quedado archivada bajo cuarentena prescindiendo de toda densidad totémica. Ahora el Piñerismo, con sus  cegueras y omisiones, ampara  relatos visuales que han hecho de la muerte un hedonismo estetizante. He aquí un presente absoluto donde todo ha sido derogado a nombre de la “actualidad”, el “raitil cognitivo” y la especulación linguística. Se trata de un momento anárquico del capital donde todos hemos devenido focos de infección. En suma, el virus no es solo la devastación reprogramable del neoliberalismo hasta cuando pueda reacomodar un nuevo ciclo de acumulación, sino la clase rentista domiciliada en la “excepción permanente”.

pd. Y a propósito de Saramago, monólogo final; “Si acabamos todos ciegos, como parece que va a ocurrir, para qué queremos la estética, y en cuanto la higiene, y dígame Doctor, qué higiene hay aquí. Respuesta- Probablemente, solo en un mundo de ciegos serán realmente las cosas lo que realmente son, sentencia el Doctor”.

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