Tengo Miedo Torero: El canto de un corazón rabioso

Tengo Miedo Torero

“La vida nos va a quedar debiendo el amor que inventó para nosotros”, sentencia el estreno más exitoso del cine chileno, en estas únicas circunstancias. Si bien hay algunos baches en el ritmo y muchos elementos no comulgan con los citados en la novela de Pedro Lemebel, Tengo Miedo Torero sale triunfante. Las razones: una banda sonora latinoamericana que abarca distintos estilos y etapas; un hermoso trabajo de planos, medios y generales; y una actuación que refrenda a Alfredo Castro como una insignia de nuestras artes; a su vez que permite que el recuerdo a Lemebel y el acceso a su obra sea más masivo. Como nunca lo debe haber imaginado su rabioso corazón.


La novela de Pedro Lemebel se publicó  once años después del retorno a la democracia en Chile, instalando su fábula en un momento crucial para el devenir político del país. Pero ese año de publicación de Tengo Miedo Torero, también era significativo porque era el inicio del nuevo siglo, enmarcado en una visión de mundo global pero fracturada, donde la sociedad había cesado en sus luchas y se acomodaba en la invasión de la cultura estadounidense, sucumbiendo ante los códigos de una nueva moral burguesa.

Con los años, Lemebel se erigió como figura de culto en la sociedad chilena, volviendo a resurgir tras el estreno de la película basada en esa novela que dio el vamos al siglo XXI en Chile. La cinta, dirigida por Rodrigo Sepúlveda, hace eco de los estereotipos, de los mestizos, de los huachos y de aquellos cuyo cuerpo no coincidía  con lo que evocaban sus almas. Tengo Miedo Torero ha sido elogiada por la prensa gracias a una interpretación pristina de Alfredo Castro, en el rol protagónico de “La Loca del Frente”.

Tengo Miedo Torero
Alfredo Castro como “La loca del frente”

Su historia nos sitúa en un país en dictadura y, como ya ha quedado demostrado durante mucho tiempo, la brillante capacidad de nuestros directores de recrear esa atmósfera subyugada, nos da la bienvenida a un film que inicia rápido, sin pausa, como queriendo avanzar pronto por una historia de amor en plena guerra. La sensación de estar en la ciudad de esos años es muy real, gracias al espléndido trabajo de la directora de arte Marisol Torres y del director de fotografía Sergio Armstrong. Porque la atmósfera y los colores, luces y sombras, dan en el clavo para poner en contexto la vida, tristezas y dolores de esa Loca que no tenía amigos, sino que tenía amores.

La frase ejemplifica el sello de la interpretación de Castro, quien convence con ese pelo opaco, deslavado, sus arrugas y postura, logrando mucho con poco. No necesitamos que La Loca sea exuberante en imagen, porque lo es en estilo de vida y actitud; junto a eso, desarrolla sus convicciones en medio de la nostalgia del amor intenso y terrible, con un aura de esperanza basada en la demostración de la vivencia del amor a concho. Ahí es donde la película triunfa. Castro triunfa.

Mucha poesía, luz en un tiempo oscuro, inocente a ratos y con tintes de revolución, Tengo Miedo Torero resulta un canto al desamor, o más bien, al amor que teme perder. En épocas donde nuestros pasatiempos se han visto restringidos y el arte ha sucumbido ante las nulas políticas de apoyo a la cultura, su estreno online significó un refresco para muchas personas que llevan meses encerradas, esperando que amaine la tormenta y así poder reencontrarse con la emoción de un estreno de cine.

Entrevista a Joanna Reposi

Sin duda que este sentimiento aportó al masivo interés que despertó el film desde el lanzamiento del tráiler, el que superó las 100 mil visualizaciones en YouTube en una semana. Para qué hablar de las dos preventas, las que se  agotaron en tiempo récord, consiguiendo una avant premier virtual con más de 10 mil personas conectadas para ver una película chilena; si a eso se le suma la familia de quién compró la entrada, Tengo Miedo Torero debe haber alcanzado una audiencia de 100 mil personas, lo que abre nuevas oportunidades para la industria, para las regiones, que nunca tienen acceso a películas artísticas y que sucumben ante la precaria oferta de superhéroes o infantiles. Este puede ser un nuevo inicio.

“La vida nos va a quedar debiendo el amor que inventó para nosotros”, sentencia el estreno más exitoso del cine chileno, en estas únicas circunstancias, y la película queda muy bien aspectada para ser seleccionada, junto a Pacto de Fuga, para representarnos en la preselección para los Oscars. Si bien hay algunos baches en el ritmo y muchos elementos no comulgan con los citados en el libro de Lemebel, Tengo Miedo Torero sale triunfante por una banda sonora latinoamericana que abarca distintos estilos y etapas, un hermoso trabajo de planos medios y generales, y una actuación que no solo refrenda a Alfredo Castro como una insignia de nuestras artes, sino que además permite que el recuerdo a Lemebel y el acceso a su obra sea más masivo, como nunca lo debe haber imaginado su rabioso corazón.

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