Teletrabajo y clases online: la combinación a fuego lento que podría estar afectando a las niñas y adolescentes en medio de la pandemia

Teletrabajo y clases online: la combinación a fuego lento que podría estar afectando a las niñas y adolescentes en medio de la pandemia

Con casi dos meses sin clases presenciales, madres y padres estresados intentando seguir el ritmo del trabajo en casa, las niñas y adolescentes, con el rol de género pesando siempre sobre sus hombros, se convierten en el as bajo la manga para muchas tareas domésticas, develando que la crisis sanitaria hierve en aguas que no discriminan por género ni edad.

Mucho se ha discutido estos últimos días respecto al teletrabajo, el que, lejos de ser una utopía, para muchas mujeres se ha convertido en una dura realidad que acentúa una crisis ya existente: la del trabajo doméstico y de cuidado no remunerados.

Datos recientes como los de CADEM y de IPSOS indican que el porcentaje de mujeres que señala estar realizando mayor cantidad de tareas, como cocinar, lavar y de cuidados casi duplica al de hombres, así como el 47% de mujeres siente que compatibilizar hogar y trabajo ha sido su mayor dificultad este último tiempo, versus un 28% de hombres.

Lo anterior no es ninguna novedad: según lo informado por la Fundación Sol, las mujeres – en tiempos de “normalidad”- dedican en promedio 41 horas semanales a tareas domésticas y de cuidado, mientras que los hombres solo 19. Esto ya lo había advertido la Encuesta Nacional Sobre Uso del Tiempo realizada por el INE el 2015, con cifras similares. Es decir, la doble (o triple) jornada laboral de las mujeres permanece e, incluso, se acentúa en la pandemia.

Pero la crisis sanitaria y la crisis del trabajo doméstico y de cuidado no son exclusivas de la adultez. Y si entendemos esto como un “problema de género”, el cual tiene una transversalidad histórica y social, podemos también entonces preguntarnos qué sucede con otras “mujeres” del hogar: las niñas y adolescentes.

Las niñas y adolescentes, al ser mujeres y “menores de edad”, están atravesadas por dos sistemas de dominación que operan en la sociedad que se entrecruzan y se potencian: el patriarcado, que establece la supremacía de lo masculino por sobre lo femenino, y el adultocentrismo, que otorga centralidad a las personas adultas por sobre otras edades.

A menudo, esta particularidad es invisibilizada en el discurso social y políticas públicas, en donde el enfoque de género se ha centrado principalmente en el mundo adulto y, en lo respectivo a las políticas de infancia, este ha estado ausente. Como señaló Soledad Larraín el 2011 en La Convención sobre los Derechos del Niño, políticas sociales y enfoque de género organizada por la ACHNU: “Las políticas han estado dirigidas a los niños sin visualizar las diferencias entre los sexos y géneros”.

La crisis del trabajo doméstico y de cuidados no surge a los 20 años ni a los 30, tampoco al trabajar o convivir, la esencialidad femenina y sus dominantes designios socioculturales operan desde mucho antes, como señala Marcela Lagarde, como atributos “naturales, eternos y ahistóricos” inherentes al género y a cada mujer, independiente de la edad de esta.

Estudios como “Género, Infancia y Maltrato” realizado por el Servicio Nacional de Menores el 2006 señala que la “transgeneracionalidad” en las vulneraciones de las niñas es un factor recurrente. Esto quiere decir que las desigualdades que las niñas sufren desde la infancia, además de ser fuente de injusticia en dicha etapa de la vida, también se proyectan y amplifican hasta la edad adulta.

La crisis de trabajo doméstico y de cuidado es un fiel reflejo de aquello: la Encuesta de Actividades de Niños, Niñas y Adolescentes 2012 señaló respecto a las tareas domésticas del hogar que el 16% de las niñas y adolescentes entre 9 y 17 años supera las 4 horas diarias de dedicación y un 5% las 8 horas, casi duplicando en ambos casos a los niños y adolescentes. El mismo estudio indica como “trabajo peligroso” cuando el tiempo de dedicación semanal es de 21 horas o más, donde las niñas y adolescentes entre 9 y 17 años representan un 17%, versus los niños y adolescentes que representan un 11,4%.

Lo anterior nos lleva a pensar que, si la crisis sanitaria puso a fuego alto la crisis de trabajo doméstico y de cuidado, que ahora quema en su efervescencia a la mayoría de las mujeres del país, es posible -y nada desquiciado- proyectar este mismo designio a las niñas y adolescentes que conviven con aquellas mujeres o que se desenvuelven en entornos en donde estas no existen y son ellas quienes deben asumir dicho rol, quemándose; sobre todo en un contexto donde están disponibles para aquello 24/7, debido a la suspensión de clases presenciales.

¿Por qué? Los dominantes designios operan y muestran la temprana expresión de la desigual división sexual del trabajo: más vinculadas al espacio privado, generalmente con mayor disposición y/o eficiencia que sus pares varones, debido a años de reproducción de roles de género, su servicio o “ayuda” es más requerida que la de sus hermanos en el orden, preparación de comidas y cuidado de otros familiares, convirtiéndose en un pilar fundamental del quehacer del hogar.

Esto suele invisibilizarse o minimizarse, con la excusa de que todos deben colaborar en el hogar y porque, en la conciencia social, al no ser adultas este quehacer no es visto como una labor de maternidad ni como trabajo, solo es una “ayuda”. Las “ayudadoras” ayudan: le ayudan a la mamá con el almuerzo, hacen rápido la tarea (o no la hacen) para ayudar al hermano chico en la suya, ayudan a cuidar a los abuelos, ayudan a ordenar la casa, a mantener limpio. Antes quizás solo en jornada post-escolar, pero ahora no hay escuela así que la jornada se extiende de mañana a noche, de lunes a domingo, por semanas y meses, quemando de forma silenciosa a las niñas y adolescentes al hervor de una crisis que, entre tanto “teletrabajo” los/as adultos/as no logramos o queremos ver.

Sobre el Autor

Daniela Lillo Muñoz

Profesora de Castellano, UMCE. Mg. Estudios de Género y Cultura, U.Chile.

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