Superliga: ¿Salvar al fútbol o salvar el negocio?

El fútbol, como deporte, como pasión, como juego, no es el que está en crisis ni es lo que se pretendía salvar con la Superliga. Lo que querían salvar los súper ricos que manejan el fútbol negocio es la billetera.


Tan sólo 48 horas duró la idea a la que habían adscrito algunos de los dueños de los clubes más poderosos de Europa. La Superliga, como le llamaron sus fundadores, venía con la misión mesiánica de “salvar al fútbol”, o eso al menos señaló una de las mentes creadoras de todo esto, Florentino Pérez, presidente del Real Madrid.

Sí, “salvar al fútbol”, como si el deporte rey estuviese en extinción. Como si la llama de millones de niños y niñas que ven un balón y se lanzan a patearlo se estuviese apagando. Como si los fanáticos y fanáticas de cualquier club del orbe hayan dejado de sentir la pasión por los colores que los hace sentir vivos cada fin de semana. Pero sí, la audacia de Florentino llegó a ese nivel.

“El 40% de los jóvenes entre 16 y 24 años ya no tienen interés por el fútbol, por la escasa calidad de los partidos”, señaló el mandamás del club madridista al otro día en que se dio a conocer la creación de la Superliga, defendiendo el “noble” ideal que pretendía instaurar un torneo elitista, en medio de un deporte donde ya la compra y venta de jugadores se hace con un ojo mirando las acciones en la bolsa y el otro –si es que– en lo que es capaz de realizar en cancha, en un negociado que no es nuevo ni exclusivo del fútbol, como bien mencionó Marcelo Bielsa, DT del Leeds United.

Lo cierto es que todos los datos y reportes de los que da cuenta Florentino Pérez respecto a la situación del fútbol negocio son ciertos. Es más, el diagnóstico es muy certero: el fútbol está en una crisis económica compleja dado que la parrilla de alternativas de ocio y entretención hoy por hoy es mucho más abultada. Sin embargo, hay algo a lo que le rehuyó la junta de los “Big 12” o fundadores de esta Superliga, y es que al parecer no parece estar dentro de su análisis la posibilidad de diseñar políticas austeras, sino que preferir seguir acumulando ingresos. Los aletazos de ahogado de un neoliberalismo en decadencia no alteran su esencia fundada en la avaricia y la acumulación.

“La lógica que impera es que los poderosos sean más ricos a costa de que los débiles sean más pobres”. El tiempo no solo le dio la razón al Loco querido, sino que una sabiduría que pocos son capaces de debatir. Es ahí donde cobran fuerza las precoces declaraciones de rechazo a esta liga por los clubes alemanes como el Borussia Dortmund y el Bayern Munich. “La solución es reducir costos”, fueron las palabras de Karl-Heinz Rumennigge, director general del Bayern y recientemente elegido como representante de la Asociación Europea de Clubes. Esto evidentemente deambula en la vereda contraria a lo que proponen Florentino y compañía, donde el objetivo fue amarrar un contrato megamillonario (400 millones de euros por club) para beneficio propio.

Vampiros y buitres

El fútbol, como deporte, como pasión, como juego, no es el que está en crisis ni es lo que se pretendía salvar con este torneo paralelo a los establecidos por la FIFA y la UEFA. No, Florentino. Lo que quieres salvar es tu negocio. La billetera.  

Y hasta entendemos al mandamás del Madrid. ¿Por qué? Según la última publicación de la revista Forbes, la fortuna de Pérez salió del top 10 de los súper ricos de España. Un golpe duro, imaginamos, a su enorme ego financiero. Como efecto de la pandemia por el coronavirus, los estadios del mundo han tenido que cerrarse al público, lo que ha significado una enorme pérdida en temas de recaudación y venta de merchandising, entre otros flujos de dinero que mueve el mercado del fútbol.

En ese contexto, el empresario español –presidente también del Grupo ACS ligado al rubro de la construcción– perdió directamente 500 millones de euros (más de $420 mil millones), lo que significaba el 25% de su fortuna, quedándose tan solo con 1.500 millones de euros (muy por debajo de nuestro presidente Sebastián Piñera, incluso) y en el puesto 11 en el ranking de billonarios de la península ibérica. Pobre Florentino.

A pesar de que tanto el Real Madrid como el Barcelona son sociedades civiles, o sea que les pertenecen a sus socios, Florentino Pérez y Joan Laporta se lanzaron igualmente en la absurda y hoy acabada idea de la Superliga, negocio del cual los diversos capitales multimillonarios que controlan el mercado del fútbol mundial querían seguir usufructuando.

Es esta arista a la que a todas luces la plana directiva de la Superliga pareció desconocer o derechamente se la pasaron por cualquier parte: los clubes de fútbol se constituyen en una matriz sociopolítica profunda, que ni los grandes fondos inversores ni las mega sociedades anónimas van a poder socavar. Y a esa matriz pertenecen tanto los hinchas, como entrenadores y futbolistas.

“Esto es una pirámide, si los ricos pierden dinero, todos pierden”, dijo Florentino en defensa del polémico torneo al otro día e la debacle. Demostrando la desconexión que tuvo esta iniciativa con todos estos actores profundiza los conceptos ideológicos de una élite que supone que desde el control del capital puede someter al resto a sus designios así sin más.La reacción del mundo fútbol les demostró lo contrario. Por ahora.

Tal como Pérez, detrás de esta “salvación al fútbol” hay una plétora de vampiros empresarios que han succionado cada mililitro de la plusvalía de la pasión, tan incompatible con los intereses de sus cuentas offshore. Entre ellos, la familia Glazer (Manchester United), John Henry (Liverpool), Stanley Kroenke (Arsenal FC), Khaldoon Al Mubarak (Manchester City), Román Abramóvich (Chelsea), Joe Lewis (Tottenham) Grupo Suning (Inter de Milán), familia Agnelli (Juventus), Elliott Managment (AC Milán) y Miguel Ángel Gil Marín (Atlético de Madrid).

Se sabe que detrás de cada una de esas megafortunas hay una historia de sometimiento, de oprimidos. Citando otra vez a Bielsa: “el problema fundamental es que los ricos siempre aspiran a ser más poderosos y sin considerar las consecuencias que eso produce sobre el resto. Luego, cuando aumentan el poderío, van reclamando privilegios proporcionales a la debilidad de los que quedan por debajo”.

Uno sabe que el rosarino no dice estas cosas al voleo. Seguramente, cuando reviso la lista de los equipos fundadores de la Superliga y vio que entre ellos estaba el AC Milán, en su cabeza apareció la imagen de su dueño, Paul Singer.

Al empresario estadounidense bien lo conocen en Argentina, uno de los países más futbolizados del mundo. Apodado como “el más buitre entre los buitres”, Singer fue uno de los acreedores de la deuda trasandina luego de la quiebra del país en 2001, logrando en 2016 el pago en efectivo de 2.400 millones de dólares, teniendo una ganancia del 392%. Una política del macrismo que significó volver a endeudarse y, con ello, la reaparición de los fondos buitres. Ahí es cuando Singer nuevamente aparece como una pesadilla en la historia allende los Andes, tras ser uno de encargados de gatillar el default argentino el año pasado.

Reclamos, ¿a la FIFA?

En entrevista con un medio español al otro día de haber realizado el anuncio de la Superliga, Florentino se posicionó con la soltura de hacerles frente a la superpoderosa FIFA y la gigantesca UEFA. “El presidente de la UEFA (Aleksander Čeferin) tendría que haber hablado con nosotros. No nos dieron la oportunidad de explicarlo. No quieren que pase nada”, subrayó.

Estas dos organizaciones no deberían pasar al estrado como víctimas, no. No nos confundamos. La persecución que aún no concluye a los casos de corrupción, lavado de activos y fraudes varios de ambas entidades, nos hace cuestionarnos la necesidad urgente de una nueva organización que guíe los caminos del deporte rey.

La fragilidad que hoy resienten gracias a este capricho de unos cuantos millonarios, es la consecuencia de una larga historia de trémula transparencia e ilegalidades expuestas que hacen ver con buenos ojos nuevos paradigmas de otros jerarcas del fútbol.

“Lo que le da salud a la competición es el desarrollo de los débiles, no el exceso de crecimiento de los fuertes”. A la competición y a la vida misma, Don Marcelo. Y en base a esta máxima debió erigirse la propuesta de una nueva competición. Está muy claro que en un futuro no muy lejano volverá con mayor fuerza y preparación una iniciativa similar, porque al negocio del fútbol le hace falta que ocurran innovaciones que renueven su atractivo como espectáculo. Lo que se espera es que no desnaturalice la esencia competitiva del deporte y que se consideren las voces de sus principales componentes.

Por ahora, tras el retiro de varios de los clubes de la Superliga debido a la presión de jugadores, hinchas, técnicos y socios, se logró una victoria momentánea. La “rebelión de los nadie” contra un grupo de empresarios tan osados como usureros, que irónicamente iban a ser financiado por el banco JP Morgan Chase de Estados Unidos (invirtiendo 4.000 millones de dólares), el mismo por el que pasó el dinero de las coimas de la señora FIFA y sancionado a pagar una suntuosa multa de 264 millones de dólares por casos de corrupción. Dime con quién andas…

A esos intereses viscosos y viciosos se opusieron varios miles que, desde diversas tribunas, se manifestaron en contra del torneo de élite de estos vampiros y buitres, demostrando que el fútbol sí necesita ser salvado, pero de aquellos que han mercantilizado cada gota de sudor, cada centímetro de pasto, cada decibel de los gritos que bajan de las gradas. Salvarlo de quienes no tienen la menor idea de lo que significa la pasión, esa pulsión indescriptible que no cabe en ninguna fórmula de Excel, pero que bien el modelo neoliberal ha sabido capitalizar, hasta el momento.

La partida en falso de la Superliga, quizás, haya despertado del letargo el genuino espíritu futbolístico de hinchas y deportistas que frente a esta competición que profundizaba el modelo neoliberal, se lanzaron a escribir en pancartas y redes sociales que “el fútbol nos pertenece a nosotros, no a ustedes”.

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