“Sound of Metal”: Aceptarse y adaptarse

En su debut en la ficción, el director Darius Marder le da privilegio a jugar con la rica paleta audiovisual que le proporciona el cine. Quitando el piloto automático expresivo –que inunda cierto sector del cine indie estadounidense–, su propuesta en “Sound of Metal” se enmarca como una crónica notablemente sensorial.


La primera imagen de la película es un concierto de metal. Tonos altos, desenfreno, y tras la eufórica cantante, un vehemente baterista se ensaña con su instrumento, sacándole un sonido brutal. Esa escena dura tres minutos y no tiene diálogos. Eso le basta al director Darius Marder para plasmar la intensa forma en la que estos dos jóvenes sienten la música y le dan un rol esencial en sus vidas. Una comunión intensa con el volumen y el ruido. Aunque pronto empezará el silencio.

A partir de ahí, el protagonista de Sound of Metal (2020) deberá escoger entre luchar por recuperar la vida que tenía o hallar un camino nuevo, porque para recobrar la audición solo existe una costosa operación de implante coclear que tampoco asegura un resultado totalmente positivo. Ante esa disyuntiva, la vida de Ruben (Riz Ahmed) se viene abajo y, de alguna manera, entra en un proceso de duelo con su pasión por la música y con la vida como la conocía.

Contar esta historia de limitaciones y superación, sin delegar peso dramático, es uno de los puntos altos del film y de su director, quien deja que sea el sonido (o la ausencia de éste) el que narre el tsunami interno que vive Ruben. El privar al espectador de uno de los sentidos, es el puente que tiende el director para que entendamos el martirio del protagonista. Allí, la decisión de priorizar el diseño sonoro en la película y hacerlo funcional a drama, es fundamental.

Sound of Metal (disponible en Amazon Prime) desarrolla su argumento principal mostrando el aprendizaje de nuevos hábitos y descubriendo una nueva capacidad de comunicación, lo que evidencia que Ruben está tejiendo un nuevo futuro y somos testigos de sus dudas, su desesperación y su temor. Y para lograr  transmitir esa sensación de genuina pérdida, resulta esencial la elección del actor.

Darius Marder se apoya totalmente en Riz Ahmed, quien encaja perfecto en el personaje recuperando el registro dramático que ya le habíamos visto en la fantástica The Night Of  (2016) y en The Sisters Brothers (2018). El actor británico ofrece una sensible interpretación, siempre mesurada a la hora de plasmar situaciones extremas, lo cual es difícil cuando se cuentan situaciones límites, porque es complejo saber dónde apretar el freno para no caer en una sobre actuación. Sound of Metal se mueve bien dentro de ese marco y se agradece, porque la apuesta de hablar a través de los códigos del drama no se le escaparon nunca al director.

Riz Ahmed

Ruben, tras un primer arrebato fruto de la desesperación por su situación, deberá abandonar su vida de músico y poner en vilo su relación con su compañera de banda y novia, representada de manera muy correcta por Olivia Cooke (a quien descubrimos el 2015 en la buenísima Me & Earl & the Dying Girl). El único aspecto que no nos acaba de encajar, es que cuando entra el juego con lo sonoro, desaparece lo musical y queda casi como una nota al pie.

Finalmente, Sound of Metal es la historia de un joven que pierde la audición y no tanto la de un baterista que debe renunciar a su pasión y estilo de vida. Eso sucede porque el guión prioriza los conflictos internos del personaje más que los alcances que se podrían derivar de su pertenencia a una banda que no puede tener en sus filas a un músico sordo. El drama personal queda por sobre el rol que la música podría haber jugado enfrentándose a esta limitación. Esto no es completamente malo, porque la película funciona, sin embargo, cuando vimos el nombre del film imaginamos que el conflicto con la música, con su desarrollo y creación podría haber sido el hilo conductor, pero solo le pasa por el lado y rápidamente el guión sigue otro camino.

Riz Ahmed

Sound of Metal –nominada al Oscar como “Mejor Película”– se basa en el juego inteligente de sonido y silencios. Por ejemplo, en un plano general escuchamos todo lo que está sucediendo, pero cuando la cámara se centra en el protagonista escuchamos el silencio con el que está conviviendo. Esta combinación sale ganadora y permite entender mejor todo el cúmulo de sensaciones que afectan a Ruben día a día, afrontando la discapacidad sin caer en tremendismos ni buscar el sentimentalismo efímero. Es un drama consistente y emocionante sobre la aceptación de uno mismo, según Darius Marder, cuya interpretación de ese difícil parámetro hace de este film un relato completamente recomendable.

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