Si tocan a una, nos tocan a todas

Proponemos, un uso diferente al que se le ha dado históricamente al trauma psicosocial. Esta vez, queremos pensarlo como un trauma que es compartido por las mujeres a lo largo de su historia, en donde experimentamos una y otra vez, la sensación de vulnerabilidad ante una sociedad machista y misógina, incluyendo a las instituciones que debieran protegernos (los jueces, el estado, la policía) quienes reproducen esta violencia de género. Vivimos el trauma psicosocial de ser mujer, y por lo mismo, respondemos en conjunto ante injusticias, como las que Ámbar y Antonia han vivido.


Indiscutible, y tal vez reiterativo, sería insistir en los efectos psicosociales de las múltiples crisis que hemos vivido este último tiempo. Sin embargo, como mujeres y psicólogas, nos preguntamos cómo podemos entender la intensificación del malestar psicológico de quienes siempre han mostrado mayores índices de este, precisamente: las mujeres. Por esto, nos interesa reflexionar sobre las repercusiones de los casos especialmente mediáticos de Antonia Barra y Ámbar Cornejo, donde el dolor individual y familiar, es desprivatizado instalándose dolorosamente en el plano colectivo.

Los medios y las redes sociales se han inundado de reacciones de indignación y de denuncia sobre los brutales niveles de violencia contra quienes nos identificamos como mujeres, afectando nuestra cotidianidad. No tan solo nos encontramos en alerta para saber cuál será su resolución, con la esperanza de que haya justicia. Sino también revivimos nuestras propias experiencias, o la de nuestras amigas. Esto genera altos niveles de malestar psicológico, los cuales pueden traducirse en pesadillas, dificultades para concentrarse, o la sensación de una emocionalidad desbordada. Creemos que este fenómeno debe ser entendido y atendido a partir de una mirada que trascienda lo individual, donde se visibilicen nuestras heridas como colectivo. 

La empatía que podemos sentir hacia otras mujeres, nace a partir de una identificación con ellas. No todas hemos estado expuestas a los mismos tipos ni niveles de violencia, sin embargo, a partir de conceptos como el de identidad social entendemos que como mujeres nos reconocemos, y nos sabemos reconocidas como un grupo. Y como tal, somos conscientes de las constantes injusticias que vivimos sólo por el hecho de ser mujeres. Esto afecta directamente nuestro autoconcepto; cómo nos percibimos a nosotras mismas: muchas veces vulnerables, pero también resistentes. Es entendible entonces que, ante una sensación de vulneración generalizada, nos cohesionemos grupalmente.

El psicólogo Ignacio Martín-Baro acuña como trauma psicosocial, el concepto que hace referencia a una herida psíquica que no afecta únicamente a quien es víctima de un trauma, sino que, a su entorno social, como la familia, la comunidad o la sociedad. Este término se ha utilizado vastamente para entender cómo conflictos de violencia política –como la dictadura en Chile–, generan un trauma que es distinto al trauma que se concibe a nivel individual en la psicología. El trauma psicosocial es intergeneracional y dialéctico, en el sentido de que se mantiene en el tiempo, ya que son las relaciones sociales entre instituciones, grupos e individuos que lo construyen y perpetúan, y afecta a la sociedad en su conjunto (o a importantes grupos de esta).

Proponemos entonces, un uso diferente al que se le ha dado históricamente al trauma psicosocial. Esta vez, queremos pensarlo como un trauma que es compartido por las mujeres a lo largo de su historia, en donde experimentamos una y otra vez, la sensación de vulnerabilidad ante una sociedad machista y misógina, incluyendo a las instituciones que debieran protegernos (los jueces, el estado, la policía) quienes reproducen esta violencia de género. Vivimos el trauma psicosocial de ser mujer, y por lo mismo, respondemos en conjunto ante injusticias, como las que Ámbar y Antonia han vivido.

Este proceso de identificarnos con un trauma colectivo, implica que muchas mujeres sufran una revictimización, la cual hemos atestiguado, puede volverse colectiva. En este contexto, el feminismo ha sido y es un movimiento que teje redes, un  espacio colectivo de contención y reparación. No tan solo de la propia historia, sino también como lugar de encuentro por una meta común en pos de obtener justicia. Justicia por quienes no están y por todas.

Pero no basta con nuestra propia identificación y organización como grupo. Es momento de que la sociedad en su conjunto, incluyendo las instituciones y el Estado respondan ante esta necesidad de justicia y reparación a nivel colectivo. Hasta que eso no pase, seguiremos luchando por una sociedad sin violencia de género, porque al ser un trauma, siempre presente en nuestra vida, si tocan a una, nos tocan a todas.

Pero si estamos juntas, cuando tocan a una, respondemos todas.

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