Septiembre de 1920: encarcelamiento y muerte del poeta José Domingo Gómez Rojas

José Domingo era un conocido agitador en su tiempo. Declamaba por horas ante las masas su volcánica poesía-cohete en medio de las enormes concentraciones que se realizaban en esos tiempos agitados en la Alameda. Incursionó en la práctica del “mítin relámpago” llevando una silla a la salida de fábricas para poder hablar y luego huir de la policía gracias al apoyo de la multitud.

Hace exactamente cien años el país vivía una gran agitación obrera, estudiantil y popular. Frente a ella las clases dominantes esgrimieron recursos típicos de la contra-revolución: por una parte, exacerbar el “patriotismo” haciendo desde el 15 de julio el amago de movilizar tropas para una guerra contra Perú, en la farsa conocida como la “guerra de don Ladislao” (en homenaje al Ministro de Guerra del presidente Sanfuentes).

Además, se desató una fuerte represión contra los “subversivos”, que por oponerse a esta maniobra eran acusados de estar “vendidos al oro peruano”. Como suele pasar en estos casos -y sigue ocurriendo hasta el día de hoy-, esa represión se ejerció tanto a través del aparato represivo oficial (policía, militares, jueces, cárceles) como mediante la acción de grupos de civiles que encontraban vía libre para ejercer su labor parapolicial.

El 21 de julio una horda de la llamada “juventud dorada” (jóvenes reaccionarios de la clase alta) atacó e incendió el local de la Federación de Estudiantes de la Universidad de Chile (FECH) en la primera cuadra del Paseo Ahumada.

En los días posteriores se vino la arremetida judicial, encarcelando a cerca de mil personas en lo que se conoció como el “proceso a los subversivos”, al cual se refiere entre otros la notable pluma del abogado Carlos Vicuña en su libro “La tiranía en Chile”.

El 25 de julio la policía llegó a la casa donde vivía José Domingo Gómez Rojas junto a su madre y su hermano menor Antuco, de 12 años. Conocido como “el poeta cohete”, este joven de 24 años era al mismo tiempo: estudiante de Derecho en la Universidad de Chile y de Castellano en el Pedagógico, profesor que hacía clases gratuitas en un Liceo nocturno, oficial dactilógrafo de la Municipalidad de Santiago, participante activo en la FECH, la Federación Obrera de Chile, y la Asamblea Obrera de Alimentación Nacional.

En 1913, contando apenas con 17 años de edad, había publicado el libro “Rebeldías líricas” (disponible íntegramente en el sitio web de Memoria Chilena, en una edición de 1940), el único que alcanzó publicar en su corta vida.

El libro es profundo y hace erizar los pelos. Sus breves y sencillos poemas parecen armas. Tienen un enorme impulso antiautoritario y rebelde que en cierta forma es la resultante del personal y único cruce que en su biografía tuvieron el anarquismo de principios de siglo -con un tono más stirneriano y nietzscheano que materialista histórico- y una vertiente mística que proviene de la tradición no católica-romana del cristianismo, que se amalgaman en versos como los de este fragmento de su poema “Renegación”:

Yo, hijo de este siglo hipócrita y canalla
reniego de mi siglo y salgo a la batalla
con gritos de amenaza y ayes de rebelión
y son mis cantos rojos, como la dinamita
y como mis dolores, como mi ansia infinita,
como mi sed eterna de eterna redención.

El anarquismo de hace 100 años, que en Chile era prominente antes de la formación de los grandes partidos de la izquierda autoritaria y/o burocrática en los años 20 y 30, fue una gran herramienta para la organización y la autoconciencia del pueblo desde el Norte grande a la Patagonia. Y en todas partes fue severamente reprimido.

Pero si tenemos en cuenta que José Domingo era un activo anarquista pero también militaba en las juventudes radicales, y que como ya señalamos no era ateo ni agnóstico sino que un espíritu libre, abiertamente místico y singularmente cristiano, podríamos imaginar que en las filas anárquicas de estos tiempos había una considerable variedad de posiciones y no la gris uniformidad que asociamos ahora al anarquismo más tradicional.

José Domingo era un conocido agitador en su tiempo. Declamaba por horas ante las masas su volcánica poesía-cohete en medio de las enormes concentraciones que se realizaban en esos tiempos agitados en la Alameda. Incursionó en la práctica del “mítin relámpago” llevando una silla a la salida de fábricas para poder hablar y luego huir de la policía gracias al apoyo de la multitud.

Suponemos que por todas esas razones la policía lo fue a buscar, siguiendo instrucciones de un turbio magistrado, bajo el pretexto de aparecer mencionado en un acta incautada en un local de la Industrial Workers of the World (o “wobblies”, una corriente sindical organizada de gran presencia en Estados Unidos, con posiciones entre el anarquismo y el sindicalismo revolucionario, y que en ese entonces tenía una activa presencia en la región chilena). Se dice que al momento de ser detenido Gómez Rojas no entendía muy bien qué estaba pasando.

Desde el inicio el juez Astorquiza se ensañó con él, y en vez de enviarlo junto a sus amigos a la Penitenciaría de Santiago (que aún sigue ahí en Pedro Montt, a cuadras del metro Rondizzoni) ordenó que lo encerraran en la Cárcel Pública (que ya no existe, y estaba situada en General Mackenna, desde donde en enero de 1990 se fugaron 49 presos políticos y donde poco después pude ver y saludar por última vez a Marco Ariel Antonioletti en una corta visita carcelaria, sin sospechar que sería asesinado por el Estado poco después, el 14 de noviembre del año del “retorno de la democracia”).

Cuando el juez interrogó a Gómez Rojas, le preguntó de entrada si era anarquista. La inesperada respuesta del poeta lo descolocó: “No tengo, señor Ministro, suficiente disciplina moral para pretender ese título, que nunca mereceré”.

Astorquiza lo amenaza entonces con dejarle caer todo el rigor de la Ley de Seguridad Interior del Estado (que todavía existe y se aplica, aunque en su forma actual: la Ley 12.927, de 1958, varias veces modificada y aplicada hasta nuestros días, incluso contra estudiantes secundarios, pero jamás contra gremios poderosos y reaccionarios como el de los camioneros). Gómez Rojas le recomienda: “No hagamos teatro, señor Ministro”. El magistrado enfurece y ordena que lo envíen a aislamiento a la celda 462, incomunicado, a pan y agua.

Tras salir del aislamiento es trasladado junto a los demás “subversivos” a la Penitenciaría, hasta que en una inspección judicial realizada el 29 de agosto Astorquiza se indigna al verlo fumar en el patio de la cárcel. José Domingo le hace ver que él también está fumando, no un cigarrillo sino que un habano. El juez lo golpea en el rostro y ordena que lo regresen a la Cárcel Pública, donde de nuevo lo someten a formas extremas de aislamiento, e incluso le quitan la posibilidad de acceder a papel y lápiz.

José Domingo no se deja doblegar. Raya en la pared de su celda el que tal vez haya sido de lejos su poema más famoso en la juventud de la época:

La juventud, amor, lo que se quiere,
ha de irse con nosotros. ¡Miserere!
La belleza del mundo y lo que fuere
morirá en el futuro. ¡Miserere!
La tierra misma lentamente muere
con los astros lejanos. ¡Miserere!
Y hasta quizás la muerte que nos hiere
también tendrá su muerte. ¡Miserere!

Astorquiza se mantiene inflexible, y dice que el poeta se está “haciendo el loco”.

José Domingo contrae difteria y meningitis. El 21 de septiembre lo envían a la Casa de Orates, donde muere el 29.

A su funeral asistieron cincuenta mil personas, cuando en Santiago vivían quinientos mil. Pocos días después salió el primer número de Claridad, la revista de la FECH, casi enteramente dedicado a su compañero caído.

José Domingo siguió viviendo en las páginas de las novelas de los amigos a quienes alentó a escribir: Manuel Rojas y José Santos González Vera, entre varios más.

La plazoleta en Pío Nono frente a la Escuela de Derecho llevaba su nombre y puedo dar fe de que al menos desde 1988 hasta algún momento que no recuerdo bien estaba emplazada ahí una gran una piedra roja en homenaje a Gómez Rojas. Me temo que fue quitada cuando se decidió rebautizar esa plaza con el nombre de Juan Pablo II hacia el año 2009, maniobra urbanística que originalmente incluía la idea de posicionar en ese lugar una estatua del Papa polaco.

Recientemente se publicó una excelente Antología de Gómez Rojas por las Ediciones Universidad Diego Portales, con selección de poemas a cargo de Adán Méndez y un valioso prólogo de Nicolás Vidal. Si bien la antología se tituló “Rebeldías líricas”, aparecen sólo cinco poemas del libro del mismo nombre, y el grueso de la obra se concentra en las Elegías (1935), además de otros hallazgos como apariciones en una pequeña antología de poetas chilenos de 1917 y la revista Los Diez (1916).

No hay persona a quien le haya mostrado esta antología que no haya quedado profundamente impactada por su vida y obra. Lo cual es una buena manera de llevar a la práctica la afirmación de que nada ni nadie está olvidado, aunque ya haya transcurrido un siglo.

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