Schalper o el odio a las palabras

Schalper o el odio a las palabras

Diputado, por favor, no gaste energías en hablar mal de Delight Lab o en legislar tonterías; no se agote en pedir querellas o imaginar conspiraciones ruso-alienígenas en la proyección de la palabra. Concéntrese, si quiere, en seguir enviando cajitas de comida para tranquilizar la conciencia de ser responsable y fervoroso partidario de un sistema económico global cruel y brutal que tiene a la mayoría de Chile en pésimas condiciones, pero, por favor, no persiga las palabras y la libertad de expresión.

Antes que nada, felicitaciones al nuevo medio. Es un honor formar parte de sus columnistas y de una visión del mundo que simplemente se basa en la justicia y en el amor, sin más pretensiones intelectuales. Amamos, con Beauvoir, a las palabras y a quienes saben servirse de ellas (de modo inteligente, claro). Por ello, también amaremos a La Voz de los que sobran y escribo esta columna, dedicada a los que, en cambio, odian las palabras.

Comencemos con el contexto: un colectivo denominado “Delight Lab” proyectó hace unos días la palabra “hambre” en el edificio de La Telefónica, en alusión a lo sucedido en la comuna de El Bosque, donde grupos de personas robaron comida. El diputado Schalper trató, en twitter, a quienes proyectaron la palabra de miserables” y parece que quiere legislar para sancionar el delito de “proyecciones ilegítimas en tiempos de pandemia”, o algo así. Schalper parece que no odia tanto el hambre, sino la palabra que la designa; se enrabia no a causa de que otros sufran, sino a causa de que otros den cuenta de ese sufrimiento.

El odio es un fenómeno curioso. Es difícil comprenderlo porque, siendo una emoción o un sentimiento permanente, la primera impresión es que no es posible hallar allí racionalidad alguna. Pero a veces es entendible, como el que experimenta un prisionero de un campo de concentración hacia sus vigilantes y torturadores. Odiar a quien nos hace el mal es muy humano, si bien es signo de grandeza no experimentar ese odio.

Pero, por ejemplo, el odio a otro por el color de su piel, o por su condición sexual o por las cosas que piensa o cree es francamente estúpido. Y cuando se odia a otro por lo que dice o habla, estamos hablando de algo rayano en la patología. Es la clase de gente que “te manda a callar”, de aquellas que si son contradichas en el almuerzo dominguero – y peor si es una persona joven o una mujer, y realmente desastroso si es una mujer joven – sufren una hipertensión arterial visible a veces en el cuello o en venas normalmente localizadas en los parietales. Son alérgicos a la discrepancia y, por ende, a la democracia, y, por ende, un poquito o muy golpistas.

Este odio es el que el diputado y abogado, Diego Schalper, acaba de estrenar en el mundo de la política. Es un “palabrafóbico”. A él le dan rabia las palabras. Y los que creen que pueden pronunciarlas, difundirlas o proyectarlas. Curioso en un abogado y político, profesión y ocupación, la una y la otra, que viven de las palabras, hablada o escrita. De hecho, él mismo habla mucho, aunque suela hacerlo mal y sus discursos no sean de gran calidad ni aporten demasiado al acervo intelectual de la humanidad. Y en twitter escribe incansablemente, aunque sus razonamientos sean igual de oscuros que los de Heidegger, solo que sin valor intelectual.

Por ejemplo, a Diego le molesta la palabra “hambre”, sobre todo proyectada en edificios e impúdicamente expuesta a la vista de cualquiera. Nadie dice que esa voz se refiera a algo que nos agrade. Si usted ha leído “El hambre en el mundo explicada a mi hijo”, de Ziegler, quizás entienda cuánto horror hay tras esas seis letras. Pero, diputado Schalper, lo que hay que odiar es precisamente el hambre, el de verdad, el del estómago, el que sufren las personas, sobre todo niños y ancianos, niñas y ancianas, aunque sin dejar de conmovernos por el hambre de cualquiera. ¿Odiar la palabra? Está mal enfocado, le diría yo.

Por lo demás, seamos razonables. Si usted encierra a las personas, en una cuarentena – cuya necesidad nadie discute –, pero al mismo tiempo les impide ganarse el sustento, es posible, probable en verdad, que esas personas sientan hambre. Y que se desesperen.

Honestamente, diputado, si usted fuera una de esas personas y al dormirse su hijo pequeño llorara porque tiene hambre, para luego caer en cuenta de que está encerrado, de que no puede trabajar y de que no hay nada en la casa, ¿no se llevaría algo de un camión repartidor de carne o de un supermercado? Si su respuesta es que no, que nunca lo haría y que, por el contrario, desde su ventana, con auténtico asco, repudiaría a la turba que lleva comida ilegítima a sus hijos en abierto desconocimiento del derecho de propiedad, le diría dos cosas: no le creo y no me gustaría ser su hijo.

Tengo un estupendo libro sobre las sentencias del buen juez Magnaud. Una de ellas desarrolla los razonamientos que lo llevaron a absolver a una madre que hurtó un pan para dárselo a su hijo que llevaba dos días sin probar bocado. Se lo puedo prestar si quiere, pero, eso sí, me lo devuelve después, mire que el libro es mío, mío y solo mío. No nos pongamos comunistas, pues.

Podemos discrepar acerca de dónde surge el hambre, por cierto. Ud. puede creer que proviene de … No sé en realidad que creerá Ud. Yo, humildemente, creo que proviene de un gobierno que nunca se anticipó a nada de lo que sucede, cuando, al fin y al cabo, el tema era como sigue: (i) virus altamente contagioso en un país con sistema de salud raquítico; luego, cuarentena total inmediata; (ii) Recesión económica inminente: ley urgente para reorientar recursos fiscales, a fin de entregar subsidios reales a los trabajadores y asegurar la alimentación de toda la población durante la cuarentena; y, (iii) Ahorrar recursos fiscales, evitando, por ejemplo, gastarlos en reequipar a Carabineros con nuevos “guanacos” 2.0 y armamento o comprar buques de guerra usados a Australia, digo yo. Una cuarentena total, quizás por un mes o dos, financiada extraordinariamente, con la gente alimentada, habría sido mejor que lo de hoy.

O sea, creo que el hambre, contra el cual se quiere querellar el gobierno, es su propia obra. ¿No debería auto denunciarse, digo yo?

De todos modos, lo relevante es que hay hambre, no la proyección de la palabra que la designa. Y perseguir a la palabra, o a los que la pronuncian, o a quienes la proyectan en un edificio, demuestra el odio no al hambre que sufren personas angustiadas, sino el odio al derecho a decirla, a deletrearla, a mostrársela a la cara a sus responsables. Y ese odio al derecho a decir, diputado Schalper, es muy ajeno a la democracia.

Diputado, por favor, no gaste energías en hablar mal de Delight Lab o en legislar tonterías; no se agote en pedir querellas o imaginar conspiraciones ruso-alienígenas en la proyección de la palabra. Concéntrese, si quiere, en seguir enviando cajitas de comida para tranquilizar la conciencia de ser responsable y fervoroso partidario de un sistema económico global cruel y brutal que tiene a la mayoría de Chile en pésimas condiciones, pero, por favor, no persiga las palabras y la libertad de expresión.

Es un poco patético y ridículo para alguien que se gana la vida hablando y usando las palabras, ¿no cree?

Sobre el Autor

Esteban Vilchez

Abogado.

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