Sara Winter: la ex feminista que se convirtió en ícono de la extrema derecha en Brasil

Surgió como una figura pública que afirmaba ser representante del colectivo feminista ucraniano Femen. Protestaba desnuda, a veces sola, con un tatuaje nazi en su pecho y un alias inspirado en una espía de Hitler. Ocho años después, Sara Fernanda Giromini es antiaborto, aboga por el regreso de la monarquía y es líder del grupo “Los 300 por Brasil” que apoya al gobierno de Jair Bolsonaro.

La escena ocurrió el domingo pasado en un hospital de la ciudad de Recife: un grupo de entre 30 y 40 personas ligadas a comunidades católicas y evangélicas, todas defensoras del gobierno de Jair Bolsonaro, intenta irrumpir en un hospital público donde se iba a realizar el aborto de una niña de diez años. La pequeña había sido agredida por su tío y tenía 22 semanas de embarazo.

Tras de esa acción hay una mujer. Su verdadero nombre es Sara Fernanda Giromini, pero en Brasil es conocida como Sara Winter. Y aunque es muy joven, ya en el 2012, hizo su debut en los medios de prensa protestando sola y desnuda por los derechos de las mujeres.

En ese entonces, en Europa, el colectivo feminista ucraniano Femen era portada de varios diarios del Viejo Continente con acciones similares. Winter se presentaba justamente como “representante de Femen en Brasil”. Un año antes, tras cumplir 19, viajó a Kiev donde conoció al grupo original, y pasó a ser entrenada personalmente por Inna Shevchenko, ícono de aquel movimiento.

Sin embargo, los colectivos feministas brasileños nunca la aceptaron, y no faltaban razones para desconfiar de ella. Para empezar, había controversia por su apodo. Su versión es que estaba inspirado en la violinista estadunidense Emilie Autumn, que sería su artista predilecta, pero lo habría cambiado de estación por Winter, porque “Sara Autumn no sonaba bien”.

Pero ya eran tiempos de internet y un grupo de judíos brasileños hizo dos denuncias sobre su apodo y algo más.

La primera denuncia tenía que ver con el tatuaje que ella exhibía al lado izquierdo de su pecho, entre el hombro y los senos: una cruz de hierro, igual a la medalla que el régimen nazi otorgaba a los soldados de su ejército por actos de valor. De hecho, estaba diseñado justo dónde se suponía que estaría en el uniforme de un oficial.

La segunda sospecha fue que durante la Segunda Guerra Mundial hubo una Sarah Winter, mujer de la alta sociedad inglesa que después se descubrió era espía de Hitler y miembro del BUF (sigla en inglés de la Unión Británica de Fascistas).

Además, las feministas brasileñas, no estaban en contra que se desnudara para protestar, pero encontraban que su discurso era al menos extraño. A mediados de 2013, perdió también el apoyo de Ucrania, cuando su mentora, Inna Shevchenko, declaró que Sara Winter ya no era parte de la organización, ni siquiera como representante de Femen en Brasil.

Sin respaldo como vocera del feminismo, entre 2014 y 2017, Sara Winter pasó a apostar en la carrera de chica farandulera. Hizo comerciales de poca monta y pasó por al menos tres castings de reality shows brasileños, pero fue rechazada en todos. En ese entonces, igual mantenía su postura defensora del feminismo a favor del aborto y de la diversidad sexual. Decidió borrarse uno de los símbolos por el que fue estigmatizada: el tatuaje nazi en su pecho quedó oculto bajo una corona de flores.

Sara Winter y Presidente Jair Bolsonaro.

Pero llegó 2018, el año en que Brasil eligió a Jair Bolsonaro como presidente, y un detalle explica el vuelco de Sara. A fines de 2017 se convirtió a una iglesia evangélica y pasó a defender ideas conservadoras.

Por su experiencia en la farándula y su historial de feminista, los canales evangélicos la veían como ejemplo ideal de la chica que confiesa su arrepentimiento por sus ideales del pasado. No tardó en ganar fama como vocera antiaborto, y para el segundo semestre de 2018, durante la campaña presidencial, también se transformó en la figura perfecta para que Bolsonaro usara como su “aliada mujer”, cuando los movimientos feministas empezaron a atacar su muy conocido lado misógino con el slogan “Ele Não” (“Él no”).

Ese apoyo le rindió a Sara un cargo en el gobierno, junto a la ministra evangélica y antifeminista: Damares Alves, de Derechos Humanos, la que defiende la vuelta a las terapias con electroshock y que el gobierno actúe para evangelizar a los indígenas. Abomina el aborto y quiso censurar dibujos animados porque alegaba que “Bob Esponja es gay y Elsa de Frozen es lesbiana”.

Sara Winter fue nombrada Secretaria de Políticas para las Mujeres, pero no duró mucho en el cargo. El mismo Bolsonaro la echó cuando tuvo que decidir entre ella y la diputada Carla Zambelli, de su base de apoyo en el Congreso. Winter y Zambelli se pelearon por diferencias ideológicas, y el mandatario terminó prefiriendo a la parlamentaria.

Sara Winter y Ministra Damares Alves.

Confesó que el episodio le hizo guardar un cierto rencor al presidente, tanto que pasó a apoyar otros movimientos, que defienden el regreso de Brasil a la monarquía (el país fue el único latinoamericano que se independizó, en 1822, con un régimen monárquico, que duraría hasta 1889).

Aunque siguió colaborando con Damares Alves y con Bolsonaro. Ya en 2020, a mediados de marzo, cuando surgieron los movimientos bolsonaristas por el cierre del Congreso Nacional y la Suprema Corte, apareció nuevamente su liderazgo, como vocera de un grupo de fanáticos del presidente que pasó a acampar en frente a la Plaza de los Tres Poderes, un sitio en Brasilia que conecta el acceso al Palacio del Planalto (sede del Ejecutivo), el Congreso Nacional y el edificio sede del Poder Judicial. Decían ser “Los 300 por Brasil”, inspirados en la película 300 y autodenominados los guerreros en favor de Bolsonaro.

Como vocera, Winter comandaba no solo a los acampados en Brasilia, sino que también parte de los bots de la guerra digital promovida por el bolsonarismo. En junio, la Policía Federal descubrió que ella estaba detrás de una red de cuentas falsas que eran utilizadas para diseminar noticias falsas sobre figuras no alineadas con el gobierno e incluso para enviar amenazas a jueces de la Corte Suprema.

Tras ese hecho, estuvo en prisión preventiva, no solo por la red de fake news y las amenazas, sino porque descubrieron que muchos de “Los 300 pro Brasil” escondían armas en el campamento. Incluso Sara tenía fotos posando con pistolas como en un cartel de película de acción. Pasó un par de semanas en la cárcel hasta que sus abogados lograron el permiso para que ella volviera a su casa usando una tobillera electrónica mientras esperaba la sentencia.

Desde entonces, volvió a ser más activa con los movimientos religiosos, por lo que muchos piensan que volvió a estar bajo las órdenes de la ministra de Derechos Humanos, Damares Alves.

El caso de la niña embarazada la transformó nuevamente en asunto nacional. Los hechos se conocieron a fines de junio: sufrió abusos desde los seis, durante cuatros años y el caso solo salió a la luz cuando su estado era notorio. Sin embargo, la burocracia y las presiones de grupos religiosos – e incluso del gobierno de Jair Bolsonaro por convencer a la familia a no dejarla abortar-dilataron la interrupción del embarazo.

La autorización judicial para la operación se dio recién el 14 de agosto. A partir de entonces, los grupos religiosos pasaron de las amenazas a la acción. Intimidaron a parientes de la pequeña y médicos del hospital de São Mateus, ciudad relativamente cercana a Río de Janeiro donde vive la niña con sus padres. Los profesionales del hospital terminaron negándose a realizar la operación, después que diversos grupos publicaren sus nombres y direcciones.

Ante esa situación, las autoridades de salud organizaron una misión sigilosa para llevar a la niña con una tía al norte del país, en Recife, muy lejos de su casa, para que pudiera realizarse el aborto sin la presión de esos grupos. Pero Sara Winter publicó la nueva ubicación por redes sociales, incluyendo dirección del hospital, número del vuelo en que ella viajaba y lo peor de todo: reveló el nombre completo de la niña.

El Ministerio Público pidió que se investigara cómo Sara tuvo acceso a esas informaciones y se sospecha que ella estuvo detrás de toda la presión contra familiares y el primer hospital. También se especula que el acceso a esos datos pudo haber sido a través de su cercanía con la ministra Damares Alves.

Mientras tanto, las plataformas digitales ya le impusieron sanciones: se cerraron los perfiles oficiales de Sara Winter en Instagram y Twitter, medios por donde ella difundió todo.

Aun así, parece ser que no será la última vez que se escuche hablar de Sara Winter, y nada hace pensar que los próximos episodios de su vida serán menos cargados de controversia, como se puede notar en sus palabras recientes. “Nos estamos preparando para dar a vida por esta nación, nuestras armas son la fe en Dios, la esperanza en este gobierno y los métodos de acción no violenta”, aseguró en una entrevista reciente, aún en su condición de arresto domiciliario.

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