Rozas alza el vuelo sobre pies de niños rotos

Foto: Agencia Uno

Rozas alza el vuelo sobre pies de niños rotos. Dos niños, de catorce y diecisiete años, tirados en la tierra mezclada con maleza en un perdido centro del Sename, con un par de perros blancos dando vueltas en medio de los gritos del huérfano que presume su muerte. Rozas alza el vuelo en la vergüenza. La sonrisa orgullosa del edecán presidencial que llegó a refrescar la institución de los corruptos ya no tiene el valor de mostrarse intacta. En su despegue prima el bochorno de mirar lo que en la superficie se deja.


Rozas alza el vuelo sobre pies de niños rotos. Toma la radio y da su última orden a una tropa que lo escucha en todo Chile, tras el baleo a dos mocosos que temieron por su vida en la orfandad del Sename. “Como último sentimiento hacia ustedes, les quiero pedir que sigamos unidos”, les dice a sus inferiores, con voz incrédula, pidiendo apoyo para el nuevo jefe que comienza a probarse el brillo del carcomido poder verde. Cuelga la radio y da, seguramente, un último suspiro, iniciando un retiro desbordado por el miedo. 

Rozas alza el vuelo sobre pies de niños rotos. Dos niños, de catorce y diecisiete años, tirados en la tierra mezclada con maleza en un perdido centro del Sename, con un par de perros blancos dando vueltas en medio de los gritos del huérfano que presume su muerte. Rozas alza el vuelo en la vergüenza. La sonrisa orgullosa del edecán presidencial que llegó a refrescar la institución de los corruptos ya no tiene el valor de mostrarse intacta. En su despegue prima el bochorno de mirar lo que en la superficie se deja.

Primero asoman los niños pobres baleados en Talcahuano, asistidos por otros niños pobres que intentan dar aire sin éxito, que corren sin destino en otro desesperado llamado de auxilio que nunca llega en sus vidas. Rozas alza el vuelo y lo carcome la deshonra de haber baleado, como Estado militarizado, a niños desprotegidos que están bajo el resguardo del mismo Estado. Quizás aún no lo siente del todo, pero por dentro ya lo carcome la deshonra de esa bruta paradoja.

Rozas alza el vuelo y lo carcome la deshonra, cuando avanza en su retirada y sólo halla en el suelo un legado de traumas, abuso y sangre. Mientras sube, en el recuento que pasa a esta hora por su mente, Rozas ve un cuerpo llamado Anthony en posición de muerte atrapado por las aguas del río Mapocho. Ve los anteojos oscuros que ahora se presentan como parte del rostro de los que perdieron los ojos a causa de sus municiones. Ve treinta y cuatro pérdidas o estallidos oculares, 427 heridas en los ojos, 520 casos de torturas, 490 casos de vulneraciones a mujeres y niñas tras el estallido social, y se pregunta si valió la pena haber resistido tanto, haber asegurado impunidad en épico tono de fiesta viril, para cargar ahora con tanto crimen en su espalda de jubilado, para ser recordado como el general expulsado por balear a niños del Sename, sino el crimen más canallesco y carente de honor policial posible. 

Rozas alza el vuelo sobre pies de niños rotos, desprovisto del decoro de las armas, con sus oficiales ayer rompiendo señaléticas para luego culpar a manifestantes, con infiltrados liderando ataques a comisarías en poblaciones, con cabos enviados a zonas de conflicto sin la mínima protección necesaria para luego terminar muertos, alargando una lista de mártires que nunca quisieron serlo.

Rozas alza el vuelo sobre una institución en caos, sosteniendo apenas la dignidad, dignidad afirmada en las palabras vacías de un Presidente que carecen de toda importancia. Es tal el nivel de descrédito en un Presidente y su policía que cuando Piñera dice “tengo el mayor aprecio, admiración y gratitud por su labor” ni siquiera se siente como una ofensa a sus centenares de víctimas, una burla o un despropósito. El discurso es un molde de plástico que no causa efecto alguno. Es la mera puesta en escena de la derrota ignominiosa. La foto de un triste fracaso.

Rozas alza el vuelo sobre pies de niños rotos y su destino es la impunidad. Hacia allá va, esquivando temeroso las 36 querellas en su contra, preparando argumentos para desbaratar acusaciones por crímenes de lesa humanidad, soñando con cada palabra dicha durante turbulentos 698 días al mando de los hombres y mujeres acusados de violaciones de derechos humanos por la ONU, Amnistía Internacional y Human Rights Watch. Atrás, chapoteando sobre la sangre derramada, deja a Ricardo Yáñez, ex director Nacional de Orden y Seguridad; hombre de calle y comisaría, impregnado del olor a gases y el sonido de los disparos que han estremecido al Chile de los últimos años.

Rozas alza el vuelo sobre pies de niños rotos, y acá todo queda igual.

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