“Rechazar para reformar”: un canto de sirenas que no debes escuchar

No basta reformar porque la necesidad de una Nueva Constitución surge como una respuesta aunada y diversa del pueblo de Chile que se rebela ante una Constitución que es espuria en su origen y que impuso a fuego una institucionalidad que pareciera ser solo útil y beneficiosa para un mismo grupo, mientras el resto de la comunidad acumula pérdida tras pérdida.

Como canto de sirenas se escuchan las voces que anuncian que reformar es el camino a seguir, en vez de dar lugar a una Nueva Constitución. Los argumentos van desde la posibilidad de acrecentar la crisis social, pasando por eficiencia económica hasta revivir caricaturas de frustrados procesos constituyentes en Latinoamérica. Pese a ser seductores, mejor no escuchar esos cantos y menos desviar el rumbo de este barco. Chile y su democracia no sólo necesitan nuevas reglas del juego, sino que también reconocerse a sí mismos en una Constitución.

No basta reformar porque la necesidad de una Nueva Constitución surge como una respuesta aunada y diversa del pueblo de Chile que se rebela ante una Constitución que es espuria en su origen y que impuso a fuego una institucionalidad que pareciera ser solo útil y beneficiosa para un mismo grupo, mientras el resto de la comunidad acumula pérdida tras pérdida.

Tampoco se puede reformar aquello que está resquebrajado, en este caso, la confianza en una Constitución que no nos identifica. Que para colmo acalló ciertos debates y posturas políticas bajo enclaves autoritarios y camisas de fuerza, como lo fue por décadas el sistema binominal o aquel polémico artículo 8 que declaraba inconstitucionales a los grupos, movimientos o partidos que atentaran “contra la familia, propugnaran la violencia o una concepción de sociedad o del Estado o del orden jurídico de carácter totalitario o fundado en la lucha de clases”. Además, seguimos con las manos atadas por mecanismos como las leyes de quórum calificado y las atribuciones del Tribunal Constitucional. Todas estas reglas desembocan en un mismo propósito: asegurar la permanencia del modelo político y económico impuesto en dictadura.

En definitiva, las reformas no bastan cuando es el mismo pueblo quien exige constituirse y desea tomar la decisión política más importante de todas, exhibir su poder constituyente originario escribiendo su propia Constitución. Por eso las caricaturas que se levanten en torno a la Convención Constitucional como un supuesto “Congreso 2.0”,  generador de inestabilidad política o que solo aumenta costos ante una crisis sanitaria y económica, evidencian desconocimiento sobre la legislación y normas que regirán al futuro órgano constituyente y levantan humo donde no lo hay.

Si el Congreso Nacional quiere efectuar reformas a los actuales sistemas de salud, ambiental, entre otras urgencias, no será un impedimento la existencia de un órgano constituyente como la Convención Constitucional. Esta operará separada y paralelamente, sin incidir en lo que el Congreso legisle. La actual institucionalidad seguirá funcionando y no hay que temer al respecto.

Finalmente, no podemos olvidar que este barco también podría perder su rumbo si es conducido por los mismos navegantes de antaño. Es otro el destino que se busca. Esta travesía exige osadía y personas dispuestas a crear nuevas rutas. Por eso llama la atención que los viejos bloques políticos apuesten por quienes se acostumbraron y acomodaron al modelo impuesto. Será fundamental, entonces, la labor del Frente Amplio y de los independientes, quienes no solo aportarán la necesaria diversidad, sino que han de asumir el desafío de representar las demandas de Chile con un pie en la calle y otro en la institucionalidad. Necesitamos evitar desorientarnos por los cantos de sirena o promesas de conducción que no llegaron.

No puede ser que hoy existan ofertones de reformas que esperamos frustradamente hace más de 30 años. Esta generación, protagonista de la miseria del modelo impuesto, con brújula en mano debiera tener clara la dirección. Solo hay una cosa que escuchar: al pueblo que luego de meses de estallido social se dio la oportunidad  a sí mismo para que, por primera vez, mujeres y hombres, en toda su diversidad, discutan y deliberen sobre el país que soñamos

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