Recado sobre la libertad de expresión

Gracias al abandono de la libertad de expresión al mercado ésta fue violentada por los grandes grupos económicos que se apropiaron de los medios de comunicación más importantes monopolizando la palabra pública e impidiendo así, una libertad de expresión efectiva que vio morir tranquilamente a varios periódicos y revistas críticos a la propia democracia que se estaba instalando.


Las recientes declaraciones del conjunto de las Fuerzas Armadas acerca de un programa emitido en la Televisión abierta y el respaldo que le ha dado el gobierno, conjuntamente con las llamadas telefónicas que el propio gobierno ha hecho a canales de televisión para condenar la emisión de ciertos programas marcan brutalmente el momento de excepción hecho regla. Se trata de la visibilización de la “alianza cívico-militar” de 1973 que jamás fue abolida y que, durante 30 años, pudo mantener el control perfectamente sin necesidad de ser gobierno.

Pero, frente a dichas declaraciones no solo deberíamos reivindicar con fuerza la libertad de expresión, sino, además, plantearnos la exigencia de constatar que la libertad de expresión fue sistemática y silenciosamente amenazada durante los 30 años de democracia. Gracias al abandono de la libertad de expresión al mercado ésta fue violentada por los grandes grupos económicos que se apropiaron de los medios de comunicación más importantes monopolizando la palabra pública e impidiendo así, una libertad de expresión efectiva que vio morir tranquilamente a varios periódicos y revistas críticos a la propia democracia que se estaba instalando.

Nadie podía acusar al régimen de “censurar” pues todo habría sido colonizado por el capital de los grandes grupos económicos que confiscaron la “libertad de expresión” a un mismo duopolio (El Mercurio-COPESA). El diario “La Época”, “El Fortín Mapocho”, “Revista Rocinante”, el diario “La Nación”, Revista Apsi entre otros, fueron progresivamente desapareciendo de los kioskos.

La libertad de expresión, por tanto, no solo encuentra en la voz militar su límite, también en la voz del capital. Ambos han impedido, en diversos momentos del país, el uso de la palabra pública, su circulación e intempestividad. El silenciamiento de los medios alternativos y la apropiación por los grandes grupos económicos del “mercado mediático” aplastaron la libertad de expresión en la medida que los “dejó morir”. Clave a este respecto es el proceso por el cual la política comunicacional de la democracia –es decir, el aceptar el completo cierre de los medios alternativos y la monopolización de la palabra por parte del capital- implicó un complemento a su forma en la medida que articuló la necesaria voz neutralizada que requería el proceso transicional.

La transición a la democracia, en la diversidad de sus momentos, se apoyó completamente en la nueva dinámica comunicacional para instalar su aparato consensual. Como bien subraya Tomás Moulián en “Chile actual. Anatomía de un mito” la transición implicó la sustitución de la política entendida como “conflicto” por la política comprendida al alero de la “comunicación”: control, antes que represión; regulación de la voz, antes que coacción; neutralización de la disidencia, antes que su expulsión; la transformación de la comunicación en paradigma de gobierno transicional implicó un férreo control de la multitud vía dispositivos “comunicativos” más eficaces que los que había usado la dictadura.

Eficaces para ofrecer formas de subjetivación dóciles que no impugnaran el orden de las cosas de tipo neoliberal impuesto por la dictadura y profundizado por la democracia: gobernar no es silenciar, sino neutralizar; cooptar la voz disidente y hacerla feliz parte del espectáculo mediático y sus modos de uniformización.

La máquina transitológica, sin duda, no ha sido otra cosa que una dictadura comisarial modulada que requirió de los dispositivos mediáticos que introducía la hipnosis necesaria para la manipulación de la multitud. En este sentido, los grandes estelares, los matinales y los programas de concurso requieren un análisis pormenorizado en una perspectiva que permita desentrañar las lógicas de producción subjetiva propias de la modulación transicional. A esta luz, la máquina transitológica encuentra en la “alianza” entre el poder militar y el económico –la misma que instaló la Constitución de 1980- la restricción a la “libertad de expresión”, su silenciamiento y neutralización. Mientras esa alianza permanezca vigente, la libertad de expresión siempre correrá peligro.

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