‘¿Quién mató a Sara?’ o la pluma del ‘Chascas’ Valenzuela en el alma del poder

César Lazcano en ‘¿Quién mató a Sara?’

Ahí están representados esos pactos de silencio que en nombre de la familia aparecen como indestructibles. Ahí están aquellos que saben que tienen garantizada la impunidad por la sola carga semántica que representan sus apellidos, y que son conscientes de que lo más cercano a un castigo que conocerán, si es que el descalabro llega a ser muy grosero, será una clase de ética o algo que se le parezca.


Vi la aplaudida serie ¿Quién mató a Sara? (Netflix, 2021) sin haber querido profundizar previamente en su origen. Con suerte miré el tráiler una vez. Fue una apuesta sostenida principalmente en una razón: fue creada y escrita por el guionista José Ignacio “Chascas” Valenzuela.

¿Y cuán gravitante es eso? ¿Importa en realidad saber quién escribió la historia?… “Hasta hace muy poco la presencia del escritor era totalmente invisible en un producto audiovisual. Nadie sabía quién había escrito la historia. De hecho, no importaba. Eso ha cambiado tanto en estos últimos años. Y me alegro, porque ni las películas, ni las series, ni las obras de teatro se escriben solas. ¡Siempre hay una mente que tuvo la valentía de sentarse a darle vida a ese mundo que no existía!”, respondía a inicios de abril el propio Valenzuela, cuando en su muro de Facebook colgaba una nota del sitio ismorbo.com donde se apuntaban 5 razones por las cuales nadie puede perderse ¿Quién mató a Sara?

¿Cuál es la primera?: Justamente esa, que la serie está escrita por él.

“Chascas” Valenzuela

Por supuesto que eso es gravitante, sobre todo hoy cuando uno de los efectos culturales que ha sido posible constatar luego del 18 de octubre de 2019 en Chile es la generación de un cambio, anhelado durante tanto tiempo por cierto, en nuestro estándar de exigencia respecto a los componentes críticos y políticos que debe tener aquello que consumimos como representaciones de la realidad. Y ahí Valenzuela tenía mucho que decir.

Síntoma de este cambio cultural podría ser, por ejemplo, la presión ciudadana que generó que una defensora de la dictadura cívico-militar como Patricia Maldonado se viera obligada a abandonar la televisión después de décadas en ella; o que un ícono del sexismo en ese mismo ámbito como Morandé con Compañía llegara a su fin tras 20 años en el aire. No por nada también los matinales acostumbrados a la farándula y a la crónica policial debieron idear la figura del “panel político” como respuesta a una demanda popular que exigía que se hablara de todo aquello que se había ignorado abiertamente desde el fin de la era Pinochet hasta octubre de 2019.

La televisión, el cine, los medios de comunicación en general, siempre han sido y lo son hoy por supuesto, terrenos en una permanente disputa política y discursiva. Como lo son también, desde hace menos obviamente, las redes sociales.

Y ha sido en estas últimas donde justamente habita, reapareciendo cada cierto tiempo, avisándonos que aquí está como un baño frío de realidad, esa lúcida, certera y sensible lectura del poder que hace unos seis años, por allá por 2015, escribiera el “Chascas” Valenzuela a través de Facebook, y que para mí fue suficiente ahora para querer saber qué hay en el fondo de la pregunta técnica sobre quién mató a Sara.

“Lo tienen todo. Se quedaron con el negocio de la salud. Se quedaron con el negocio de la educación. Tienen incluso la justicia a su favor. Tienen cárceles especiales. Se repartieron el mar como quisieron. ¿Qué más quieren? ¿Quieren que además los queramos, aplaudamos?”, es parte de lo que se preguntaba Valenzuela por entonces y que a mi juicio es respondido rotundamente en esa sociopatía que encarnan de manera impecable personajes como César y Mariana Lazcano, y el socio en sus negocios Sergio Hernández, en ¿Quién mató a Sara?

Porque lo que hay en esta serie -que se ha convertido en la producción extranjera de Netflix más vista en Estados Unidos- está estrechamente vinculado con aquello; es una suerte de fotografía de lo que es el poder en su versión más oscura y de lo que este está dispuesto a hacer luego de que aparentemente lo tiene todo. Ahí están representados esos pactos de silencio que en nombre de la familia -como diría la voz difónica de Vito Corleone- aparecen como indestructibles. Ahí están aquellos que saben que tienen la justicia a su favor, que tienen garantizada la impunidad por la sola carga semántica que representan sus apellidos, y que son conscientes de que lo más cercano a un castigo que conocerán, si es que el descalabro llega a ser muy grosero, será una clase de ética o algo que se le parezca.

En ¿Quién mató a Sara? Valenzuela nos abre una ventana para poder contemplar con asombro o espanto lo difusos e insignificantes que pueden llegar a ser los límites éticos y legales para alguien que teniéndolo todo, necesita más, y no necesariamente dinero.

Para César Lazcano, el español radicado en México, patriarca de la adinerada familia que al parecer le ha quitado la vida a Sara y dueño de una cadena de casinos, poder es lograr siempre tener el control de lo que lo rodea, una suerte de omnipotencia que lo lleva incluso a ser en dos oportunidades el amante de dos de las parejas de uno de sus hijos, para embarazarlas y luego desecharlas. Poder es igualmente someter, vejar o asesinar cuando la ocasión lo amerite, como hace el empresario con las prostitutas que le ofrece a sus clientes VIP en aquel salón oculto bajo el mismo casino donde todo parece muy normal.

“A César le gusta ver el mundo arder por el simple placer de hacer daño, por sentir que tiene el control”, dispara ya al final de la primera temporada el personaje de Sergio Hernández, brazo derecho de Lazcano.

Sergio Hernández

Pero poder es también arrancar vidas sin tener para ello que mancharse las manos con sangre. Es representar como persona algo tan imponente, subyugador y aterrador para otro ser humano que puedes darte el gusto de convertirlo en tu sicario para que mate por ti. Como hacen César y su esposa Mariana con Elroy, ese personaje que no es otra cosa que una vida secuestrada desde la infancia por este matrimonio con el objetivo de convertirlo en el ejecutor de aquellas acciones que el poder criminal necesita llevar a cabo para seguir existiendo.

“Yo escribo de lo que me molesta, no escribo de lo que me gusta (…) Una de las cosas que me tiene enfermo hace mucho tiempo son estos nuevos villanos, que son hombres heterosexuales, blancos, que siempre se salen con la suya, que son miembros de la elite, y que se mueven en círculos muy particulares y en un nivel de impunidad feroz”, le dijo José Ignacio Valenzuela a ADN Radio a fines de marzo pasado.

De ahí que tenga sentido pensar que en ¿Quién mató a Sara? hay también un trozo de esa élite chilena que se sube a un jeep después de tomar alcohol, acelera, arrolla a un peatón a mitad de la noche, lo deja tirado y corre a los brazos del padre todopoderoso para que lo salve de ir a la cárcel; amenazando, culpando a otro, pagando por silencio, coimeando a médicos y jueces, marcando el número de un ministro. Da lo mismo el cómo, lo importante es el quién.

Porque la cárcel es y seguirá siendo un segundo hogar solo para pobres y carentes de privilegios, sean estos culpables o no. Porque las culpas de la élite se pagan con rezos y autoflagelación. Se pagan realizando por la TV pomposas donaciones para personas con discapacidad. Se pagan yendo a misa en Rocas de Santo Domingo mientras a un par de kilómetros tus subalternos torturan a una menor de edad al interior de un regimiento.

Finalmente, ¿Quién mató a Sara? es un espejo donde mirarnos, una oportunidad para comprender que vivimos en una realidad que ha superado en demasiadas ocasiones a la ficción y que es por ello que aún continuamos preguntándonos quién mató a Reinalda, a Marielle, a Joane, a Berta, a Macarena.

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